Ladrar español - Opinión

Ladrar español

Autor:

Enrique Milanés León

Supongo que fue por el Día del Idioma —el 23 de abril—, 397 años después de que Don Miguel de Cervantes callara para siempre y se fuera de este mundo.

Estaba sentado en casa, viendo un programa sobre ese misterio que es el español hablado en Cuba. El espacio, de cuyo nombre no quiero acordarme —esta vez merezco ser el dueño de la frase—, se transmitía nada menos que por el Canal Educativo.

Alguien abordaba transeúntes en la calle. Casi todos reconocían los tajazos que a diario propinamos a nuestro idioma y, para no dejar dudas, los demostraban en sus palabras, a cielo abierto, quién sabe si con honestidad o con desparpajo. Entonces tocó el turno a un niño de unos ocho o nueve años:

—¿Cómo hablamos los cubanos? —le preguntaron.

—¡Sabroso, rico, porque nosotros sí gozamos…! —respondió el muchacho con la correspondiente mímica acompañante.

Hasta ahí yo estaba apenas apesadumbrado, tranquilamente dolido mientras calculaba el trabajo que nos dará en unos pocos siglos retornar a la jungla y volver a treparnos en los árboles, considerando que, pese al notorio interés que mostramos para hacerlo, desaparece la jungla y hay cada vez menos árboles, porque si nos rehusamos a articular, ¿cómo vamos a querer sembrar?

Hasta allí fui un duelista controlado, púgil en esquina blanca, soldado lejos del frente, pero cuando de veras quise ir a Lepanto, rescatar el arcabuz que hirió la izquierda de Cervantes y perseguir a los mismos malandrines que en La Mancha sulfuraban al Quijote, fue cuando escuché a quien hacía la encuesta televisiva —no sé a quién asaltaría para hacerse de un micrófono— declarar frente a cámara, con una sonrisa de levante a poniente:

—¡Este niño va a ser tremeeendo orador!

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