Ingratitud

Autor:

Herminio Camacho Eiranova

Hay quienes agobiados por las dificultades que creen tener o por las reales, que a veces sobredimensionan involuntariamente o por conveniencia, se encierran en un mundo no mayor que el planeta del Principito, y empeñados en luchar contra los baobabs se olvidan de cuidar sus flores. Los intentos de mostrarles que hay otro(s) mundo(s) «fuera» que pueden ayudar a edificar, o que hay lugar para nosotros en el suyo, se despeñan en los abismos del «no puedo», del «no sé si pueda» o del «cuando se pueda».

Los que así actúan se concentran de tal forma en sus preocupaciones, que dejan de ser quienes habían sido, de hacer lo que hacían, de sentir como sentían, se olvidan incluso de que también los demás tienen problemas, que pueden ser tan graves o más, y no por eso se transforman.

Tales personas usualmente desconocen o minimizan cuanto se hace por ellos, no se conforman y quieren más —no necesariamente cosas materiales—, como Masicas, la mujer de Loppi, el leñador de El camarón encantado, aquel cuento inolvidable de La Edad de Oro.

Olvidar o no reconocer, en un momento dado, el valor de lo que hemos recibido, es un modo de ser desagradecido, lo mismo que reconocerlo y no actuar luego en correspondencia, o aprovecharse del altruismo del prójimo.

Una conducta como la descrita es en sí misma injusta y no se justifica ni siquiera cuando las circunstancias nos impelen a ello, ya que comportarnos así es una elección consciente, aunque no nos propongamos ser ingratos.

La ingratitud puede no ser solo coyuntural, sino un rasgo de la personalidad de ciertos seres humanos. Algunos de estos actúan, en ocasiones, de una manera bien extraña: derrochan detalles en quienes no lo merecen, en busca de su atención o sus favores, y lo escatiman con aquellos que los quieren y los colman de cuidados y de mimos, a los que pueden así llegar a herir o lacerar en lo más hondo.

Hay un recurso efectivo para protegerse del efecto emocional negativo de la ingratitud: no hacer algo a la espera de que se agradezca o sea reconocido, sino procurando, ante todo, quedar bien con nosotros mismos. Sin embargo, no se trata de una fórmula infalible, y raras veces funciona con quienes realmente nos importan.

Y si de quedar bien con nosotros mismos se trata, deberíamos repasar permanentemente nuestra conducta para definir si somos siempre agradecidos con quienes nos regalan detalles y atenciones, ya sean personas a las que queremos o no. ¿Somos recíprocos con ellos?, ¿o les «pagamos» su delicadeza con promesas incumplidas, descuidos impensables u olvidos inconcebibles de lo que nos piden?

Por otra parte, ¿entregamos siempre amor a cambio del que se nos da? Podría argüirse que el amor es un sentimiento y no se otorga en gratitud, lo cual no deja de ser verdad, como también lo es que en no pocas ocasiones somos innecesariamente crueles con aquellos por los que no sentimos lo que ellos sienten por nosotros.

De cualquier forma, el agradecimiento no es una obligación, ni existe un derecho a exigir que este se exprese en una forma determinada, al estilo de Don Vito Corleone, aquel personaje a la vez siniestro y carismático de El Padrino, que ayudaba a cuantos se lo pedían para asegurarse que quedaran en deuda y reclamarles, llegada la ocasión, «pequeños» servicios a cambio. Cada cual puede mostrar su gratitud de conformidad con su modo de ser y posibilidades.

Tampoco puede decirse que quien no es en algún caso agradecido es por ello desconsiderado. Sí lo es la persona que asume el desagradecimiento como una actitud ante la vida. Y es que la ingratitud y la desconsideración tienen sus raíces más profundas en la exaltación del «yo», en la creencia de que nuestros deseos, preocupaciones e intereses son más importantes que los de los demás —o son los únicos que importan—, y en que merecemos sin la obligación de dar en igual proporción, ya sea en las relaciones personales o en el plano social.

La ingratitud puede tener, además, consecuencias indeseables. Es posible que a aquel con el que no fuimos agradecidos, o de cuya generosidad nos aprovechamos, le ocurra lo que al camarón encantado del cuento, que se canse de ser con nosotros como hasta ese momento había sido.

Por fortuna, aunque no escasean los ingratos, en nuestra sociedad, formada en un espíritu solidario, no faltan los que cuando lo necesitamos nos tienden desinteresadamente la mano, y eso alienta a seguir «entregando» aun sin haber antes «recibido» y sin esperar agradecimiento por hacerlo.

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