La desventaja tiene rostro

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La historia tiene movimientos pendulares, de paradojas: en 1985, escuché a un padre de dos niños protegidos por aquella dadivosa Asistencia Social, decir sin pudor, en medio de estrecheces materiales, que no le trabajaba al Estado socialista. Y en 2013, la misma persona, desde una holgura exitosa, confesó: aquí se acabó el querer; cada quien, que se salve como pueda, y el que no pueda, es su maletín…

La única verticalidad del personaje en el tiempo es su consecuencia con el egoísmo y la mezquindad social. Pero si analizamos ambas actitudes en su contexto histórico, concluiremos que son, en dimensión exagerada, expresión de realidades vividas, y de percepciones resultantes.

Tan poco objetivo sería obviar el vuelco humanista, de justicia social y equidad que representó la Revolución, por primera vez en la Historia de Cuba, como esconder que el propio diseño socioeconómico resultante de ella derivó, durante años, en un protectorado excesivamente paternalista y estatista al ciento por ciento, que inhabilitó al ciudadano, al extremo de esperarlo todo de arriba, masticadito. Sin iniciativa ni proyectos muy particulares. Por eso, el ingrato personaje de la historia podía vivir sin trabajarle al Estado, porque sus hijos cada día, aun humildemente, se alimentaban, crecían sanos y atendidos y estudiaban.

La contradicción que se fue incubando en nuestro socialismo era el proyecto de grandes realizaciones y ventajas sociales que crecían en cantidad y calidad, sin el imprescindible basamento de una economía eficiente y eficaz que las sustentara. Una movilización extensiva de recursos para sostener la equidad, que no dejaba ver en medio de aquella integración socialista al CAME, las vulnerabilidades económicas del modelo.

La caída del socialismo europeo en los 90 y la crisis resultante lo estremecieron todo. Por vez primera Cuba se quedó a solas, y en los primeros años del período especial, la fórmula de supervivencia fue repartir la crisis con equidad. Pero las lecciones extraídas del cisma, y las adecuaciones del socialismo cubano al mundo de hoy, nos condujeron a despertar de los espejismos: sin una economía próspera, el socialismo no tendrá suficientes beneficios que repartir.

Con los cambios que supone la actualización del modelo cubano, por primera vez la ejecutoria en lo social se sustenta en los resultados económicos. Son transformaciones sistémicas de rediseñar un país. Es el vuelco de los vuelcos, con un sentido mucho más realista.

La economía busca racionalidad y reduce empleos, aunque abre la compuerta de la gestión y propiedad no estatales. Un énfasis en que el país, la empresa, la familia y el individuo prosperen de acuerdo con sus propios resultados. La libreta de productos racionados va languideciendo gradualmente, se eliminan gratuidades, y los precios no bajan en el mercado. Una concepción más estricta y rigurosa en la concesión de la asistencia social… Esos y otros factores, en medio de la desvalorización del salario estatal, una dualidad monetaria excluyente, y un proceso de envejecimiento vertiginoso, han abierto brechas en la tradicional equidad de la sociedad cubana.

El reconocimiento sincero de que se han incrementado áreas de vulnerabilidad en ciertos sectores de la población más desprotegidos, es el mejor antídoto para comenzar a buscarle salidas a los nuevos problemas que crean los cambios para un socialismo mejor y más pleno, que no precisamente darán sus frutos de inmediato.

La filosofía imperante, a partir de los Lineamientos Económicos y Sociales del Partido y la Revolución, es subsidiar a las personas vulnerables y no a los productos indiscriminadamente. Y la dirección de la Revolución ha proclamado que ningún ciudadano quedará desamparado.

Pero la economía y la vida van más rápido que la propia voluntad y los propósitos del sujeto histórico. Y los cambios por fructificar en el socialismo cubano no son meramente macroeconómicos, ni recetas tecnocráticas de equilibrio. Precisamente el país modifica sus métodos de gestión, diversifica su abanico de agentes económicos, descentraliza y democratiza la economía para alcanzar la prosperidad para todos, sustentable económicamente.

Esta transición del modelo socialista es bien tensa. Mientras tanto, habrá que redoblar la vigilancia de los puntos rojos en materia de beneficio social, y no esperar a que se conviertan en fermento de más complicados obstáculos para avanzar. Y habrá que buscar consensos y debatir cada medida o paso que se dé.

La vulnerabilidad tiene rostro, allí en el barrio, en la vivienda apuntalada o en la soledad del camastro. Y las disposiciones que se derivan de la necesaria racionalidad económica no pueden obviar las secuelas humanas. Nada debe aplicarse a tábula rasa, sin un concienzudo examen de cada caso y una búsqueda de alternativas de solución que no siempre deben esperar a las grandes decisiones centrales. Debemos seguir promoviendo una economía solidaria y participativa, más democrática, que no deje abandonado a nadie: ni en el olvido y la necesidad, ni en el amnésico goce de la prosperidad.

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