El dueño

Autor:

Luis Sexto

¡El dueño! ¿Dónde está el dueño? No lo busque, compañero: quizá para encontrarlo haya que registrar todas las notarías del país. Porque, según se observa, a cierto número de cubanos se nos ha extraviado el título y el poder de un sentimiento que debe preservar, adecentar y defender todo cuanto integra la obra de la sociedad.

Y preguntamos por el dueño, cuando, ejemplificando, vemos que muchos de los recipientes de la basura —al menos en La Habana—, si no están, están sin barriga. Usualmente, el lado frontal se aprecia tan herido que el vientre se le chorrea por un hueco trazado de arriba a abajo y de lado a lado, como con el filo de un diamante.

Recordemos que al acto de echar la basura en el pavimento, y no en el contenedor, lo tildamos de indisciplina social. Mas, cuando el recipiente pierde la tapa o las ruedas, o lo despanzurran, se precisa un término más inquietante: vandalismo.

Ahora bien, ¿dónde están los dueños? Juzgando el problema un tanto oblicuamente, dueños pudieran ser los vecinos que se benefician de la guardia sanitaria de los contenedores. A fin de cuentas, si la basura es suya, de aquel, incluso mía, nuestra debería ser también la caja plástica que la recoge. Dueños, además, son los servicios comunales y de salud, y hasta los encargados del orden público.

Ante los hechos, habrá que aceptar que el significado de la palabra dueño se ha disuelto entre la muchedumbre. Le ocurre como a las tareas «de todos»: nadie se ocupa, porque como corresponden a la colectividad, pues que las haga otro, yo ahora no puedo.

Parece indudable: somos víctimas de nuestras improvisaciones. El colectivismo extremo ha descomprometido a muchos de nosotros. Y la palabra dueño ha perdido parte de su valor social. Así, el concepto de propiedad individual, colectiva, institucional se ha extraviado en cierto empleo anónimo e irresponsable.

Incluso, en otros expedientes, se aprecia una corrupción de la palabra dueño. Un breve cuento de no ficción lo demostrará. Cierta tarde, un vecino muy joven entró en el vestíbulo de nuestro edificio y vio a un sujeto zafando la ventana que ilumina y refresca el saloncito. ¿Qué hace usted? Llevándomela; me hace falta. Pero usted no puede llevársela. Bueno, ¿tú eres el dueño? Y el vecino, cuadrándose en el arte de la defensa personal, le contestó: No, el dueño al parecer eres tú. Yo nunca he pensado en llevármela: no es mía. Y terminó el careo… El dueño entrecomillado se marchó sin la ventana… No descarto que alguno diga con tono dueño de la razón: Epa, no hay ventanas, periodista. Cierto, escasean. Sin embargo, tanto como ventanas, o más, necesitamos ciudadanos honrados que se atengan a lo suyo… ¡El dueño!, ¿dónde está el dueño?

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