Ñoñerías - Opinión

Ñoñerías

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Siempre vindico al «niño yuntero» del poeta español Miguel Hernández —«carne de yugo ha nacido, más humillado que bello»— cuando reafirmo que, por encima de nuestras carencias y agonías como sociedad, ningún infante cubano «trabaja, y mientras trabaja/ masculinamente serio, / se unge de lluvia y se alhaja/ de carne de cementerio/».

Aunque ya es lugar común, no agobia al oído reflexivo la reiteración de que, en un mundo donde el trabajo infantil es todavía un flagelo, ni un solo niño cubano es un precoz jornalero. En el país de no me alcanza, esos locos bajitos no nacen «como la herramienta, a los golpes destinados». Son los privilegiados de lo escaso.

Si bien esa preservación de la infancia a toda costa es un orgullo nacional, no debe obviarse que el paralizante y controlador paternalismo estatal durante décadas, el cual aún hoy hace cantar a Buena Fe: «Déjame ganármelo yo…», también tuvo un reflejo en la mirada y los patrones formativos de la familia y la sociedad cubanas hacia la niñez.

Así como el Estado se convirtió durante años en una institutriz obsesiva que hasta llegó a suplantar el rol familiar en el noble intento de resolverlo y repartirlo todo; así puertas adentro del hogar, la escuela y otras instituciones de la sociedad, una especie de indulgente condescendencia fue supliendo las fuerzas volitivas del individuo. De hecho, lo que toca a todos por igual, lo haya ganado o no este o aquel, propugna muchas veces una complaciente pasividad a la espera de lo garantizado. Lo que está seguro, no promueve el esfuerzo y el humilde emprendimiento.

El reflejo fue que el niño no pase lo que yo sufrí, y dárselo todo a pedir de boca; así como que el trabajador y el vago recibieran lo mismo, en un país con pobreza económica para mantener la justicia social. Un país de cuerpo aún endeble para sostener la cabeza portentosa, repleta de sueños.

Algún día habrá que aquilatar cuánto daño ha hecho, en la conciencia social del cubano, y en su cultura familiar, la «ñoñería» niveladora, esa filosofía de la facilitación exagerada, que puede conducir a la insensibilidad y la egoísta ignorancia acerca de cuánto cuesta todo. Y habrá también que estudiar, sin dejar de reconocer todo lo que la Revolución ha hecho por el ser humano, por qué «la culpa, la maldita culpa» es de los patrones diseñados por nuestra sociedad, aún con la mejor intención. La responsabilidad no hay que echársela toda al ciudadano, así como tampoco a los padres les nacen niños malcriados y antojadizos per se, sino que se hacen de tantos mimos.

Con ese rasero de facilitarlo todo tanto en el hogar como en la sociedad, a veces no se facilita nada y puede emerger lo peor. Así, a cucharaditas complacientes, puede premiarse la malcriadez en el hogar, y puertas afuera promoverse de grado el desinterés y la mediocridad, la inercia, el conformismo y la simulación. Así, se corre el peligro de arrebatar las cosas al mundo sin ningún esfuerzo y ni una pizca de ética y conmiseración hacia el prójimo que te ha traído hasta aquí, y que te ha mal acostumbrado preservándote y amortiguándote de los necesarios golpes y caídas que curten en la vida y te hacen mirar a tu alrededor y crecerte.

Esas «ñoñerías» se revelan más ahora que la economía y la sociedad se transforman vertiginosamente, actualizando el modelo de socialismo. Porque aún no estamos completamente preparados para valernos por nosotros mismos. Y porque aún con todas las flexibilidades y las prohibiciones que caen, prevalecen muchas trabas para que cada quien, puertas adentro o puertas afuera, avance sin andadores, ni remilgos y temores desde arriba de la familia y de la sociedad.

Necesitamos un ser humano tenaz, solidario de convicción y participativo, que no lo espere todo de brazos cruzados. Mas, también tenemos que facilitarle el espacio y las condiciones para que crezca en sí mismo, y apueste a sus fuerzas, sin tantos melindres prohibitivos. Para que yerre y tropiece. Para que se caiga y se levante.

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