Las «cosas» y los símbolos

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Hay cosas que tienen su «cosa», dicen los guajiros cubanos con su instinto ancestral. Y la idea me da vueltas cuando imagino a los berlineses, o a los turistas, sobrevolando la capital germana, mientras allá abajo un sugerente muro de luces les despierta quién sabe qué recuerdos, instintos e ideas de la caída de un muro hace ya más de 25 años.

Los pasajeros de esos vuelos especiales pudieron contemplar, a una altura de unos mil metros, los 15 kilómetros de lo que se nombró como la «frontera de luz», compuesta de 8 000 globos luminosos que iluminaron desde el 7 al 9 de noviembre una parte del antiguo trazado de la muralla.

Mientras uno se sumerge en el singular paseo, siente la certeza de que la contienda más grande y riesgosa de la modernidad se escenifica en el turbio y movedizo significado de los símbolos. Quienes aducen que la usurpación mayor que se pretende es de tierras, petróleo y agua, están equivocados. La mayor expoliación, el más grave despojo que se pretende es el de los símbolos. Una vez saqueados se perdería todo.

Lo contradictorio es que no más apagarse el resplandor de aquellas luminiscencias berlinesas —lógicas en un país que emergió del desmerengamiento con su reunificación—, cualquiera con un mínimo de «vuelos» por los azares de este mundo sabría que, 25 años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo y sus entusiastas tendrían muy poco que celebrar, a no ser su enorme capacidad de producción y reproducción material y simbólica.

De aquel entusiasmo por el derrumbe soviético y del este europeo solo va quedando el ridículo del enfebrecido y entusiasta del apocalipsis socialista, con nombre de Francis Fukujama, el anunciador del «fin de la historia».

Fuera de toda la pirotecnia berlinesa, la pregunta razonable es otra en realidad: ¿por qué el capitalismo no ha triunfado? La interrogante se la hizo hasta una plataforma mediática defensora de los valores del sistema, aunque con equilibrio y sensatez, como BBC Mundo, cuando publicó un interesante artículo bajo esa pregunta, por la misma fecha en que estos 25 años devolvían la picazón del delirio.

En el texto, el filósofo político John Gray lanzaba sus cubos de agua helada a los teóricos de la eternización del capitalismo y de cualquier otra eternización. En los próximos años, apuntó, la creencia de que las sociedades están evolucionando hacia el capitalismo de mercado podría ser puesta a prueba.

«Hemos visto en Rusia —fundamentó— cómo un líder decidido y aparentemente popular puede revertir el avance de las fuerzas globales del mercado. La Rusia de Putin no ha vuelto a la planificación central, pero está cambiando y tratando de reducir su dependencia de mercados mundiales». Agregó que algo similar podría ocurrir en China, donde durante el experimento económico el Estado nunca ha entregado el control de mando.

«El capitalismo ha sobrevivido la crisis financiera iniciada en 2007, y no hay razón para pensar que se enfrenta a una perspectiva inminente de colapso global —indicó—, pero tampoco hay razón para suponer que el capitalismo reanudará su avance». En su opinión, el resultado más probable es que el futuro será como el pasado, con una variedad de sistemas económicos.

Ni siquiera tras la derribada «cortina de hierro» hay demasiadas razones como para llenar los cielos de otros vuelos panorámicos, porque los globos no serían precisamente de luz.

Un informe de la ONU en 2011 reconoció las graves consecuencias sociales del cambio al capitalismo en la ex URSS y los países de Europa del Este. Reproducido por un columnista de la revista Libre de Pensamiento, el material apuntó que esa restauración significó un retroceso para todas esas naciones, tanto en el plano económico como en el social.

Según Naciones Unidas, el paso de una economía planificada a la de mercado se acompañó de grandes cambios en la repartición de la riqueza nacional y del bienestar, y las cifras muestran que es la mutación más rápida jamás registrada en su campo. «Esto es dramático y ha acarreado un costo humano elevado».

El documento especificó que por vez primera desde hace 50 años el analfabetismo reapareció, la tuberculosis está de nuevo casi tan expandida como en el Tercer Mundo y crecieron sustancialmente los casos de sífilis.

Todo ese panorama, reveló el informe, hace que la población oscile entre la decepción, la resignación y la indignación. Ni siquiera Polonia, que salió más indemne de la transición, escapa de ese estado. En ese país, donde el socialismo nunca tuvo una existencia placentera, el 44 por ciento de los habitantes juzgaban en 2011 al período del bloque del Este como positivo, mientras el 47 por ciento estimaba que el socialismo es una buena doctrina, que «ha sido mal aplicada». Para entonces el 76 por ciento de los alemanes coincidían con los polacos en ese parecer, y solo uno de tres estaba satisfecho con la forma en que funciona ahora su nación.

Quienes llenaron los cielos de fuegos artificiales, y páginas y páginas de celebraciones que no lo son menos, olvidaron apuntar que lo que está ocurriendo un cuarto de siglo después de aquella estrepitosa caída es un renacer del socialismo. Un socialismo, incluso, que busca deshacerse de las petulancias, almidonamientos, ortodoxias y sacralizaciones absurdas, y que parece haber aprendido del peor error del siglo XX, cuando se creyó que alguien sabía cómo construirlo.

Hasta el mismísimo Herald de Miami se refería en días recientes a la «Ostalgia», una palabra acuñada en Alemania para designar la nostalgia por los productos y el modo de vida en la antigua Alemania Oriental, que se ha extendido por los países que integraron lo que una vez fue el llamado bloque socialista, incluida Cuba.

Así que, como ya alerté aquí, deberíamos advertirnos contra cierto pragmatismo rudimentario que crece entre nosotros, pese a su lógica por las circunstancias y las carencias que lo alimentan.

La Revolución Cubana, inspiración de tantos idealismos, fundadora de una renovada era de esperanzas —cuando se agotaban sus yacimientos entre la pereza de la burocracia soviética y europea del este—, convive también con espinas que aguijonean el entusiasmo de sus sueños.

Por ello es tan importante lo que señalaba en fecha reciente el hacedor y estadista revolucionario Armando Hart Dávalos, en el sentido de que los cubanos estamos interesados cada vez más en conocer los nexos principales de la milenaria historia universal, y en promover una cultura sin esquemas ni doctrinas ideologizantes.

Esa cultura que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar, y tan necesitada del acento utópico de los pueblos de raíz latina.

Solo así actualizaríamos también esencialmente nuestros simbolismos, y las cosas, entre nosotros, definitivamente tendrían «su cosa».

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