El regreso triunfante

Autor:

Armando Hart Dávalos

Un 19 de mayo, hace 120 años, en la confluencia de los ríos Cauto y Contramaestre caía José Martí en su primer combate contra fuerzas del ejército español. Aquel acontecimiento marcó su ascenso definitivo a la inmortalidad y, como él mismo señalara de manera premonitoria la víspera de su muerte en carta inconclusa a Manuel Mercado: «Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento».

Y así fue. Aunque escamoteado o mutilado durante la república neocolonial, su pensamiento se mantuvo vivo y fue precisamente la Generación del Centenario, con Fidel a la cabeza, la que no dejó morir al Apóstol cuando se cumplían cien años de su natalicio y 58 de aquella caída en Dos Ríos.

Después de la victoria de enero de 1959, su pensamiento antiimperialista y de profundo contenido social ha sido conocido y estudiado por varias generaciones de cubanos y, desde luego, sus ideas también han sido conocidas fuera de Cuba, tal y como su prédica fructificó en la obra de la Revolución. Recordemos que hoy ese legado intelectual del Apóstol cubano es cada vez más reconocido fuera de nuestras fronteras. Los cubanos nos sentimos orgullosos de que Martí, junto a Bolívar y otros próceres latinoamericanos y caribeños, sea reconocido como uno de los iniciadores de la lucha de los pueblos por alcanzar la plena y definitiva independencia.

Sus ideas, como las que aparecen en su ensayo Nuestra América,  inspiradas por la razón y la poesía, cobran con los procesos integracionistas en marcha una vigencia impresionante. Y es que a 120 años de su caída en combate, Martí regresa triunfante, con su carga de espiritualidad y eticidad y el carácter visionario de su pensamiento latinoamericanista y caribeño. Y es que su legado ya se ha convertido en un referente imprescindible para la consecución de ese mundo mejor al que aspiramos para las presentes y venideras generaciones.

Finalmente, se está haciendo realidad un sueño de dos siglos, y los forjadores de lo que pareció durante mucho tiempo una utopía inalcanzable se nos muestran más presentes que nunca indicando el camino hacia la Patria Grande. De ahí que sea hoy más necesario divulgar y estudiar, de la manera más eficaz, la vida y la obra de aquel hombre que vivió en el monstruo y le conoció bien las entrañas y que analizó con ojos judiciales todo lo que acontecía en aquella sociedad en los momentos en que surgía el imperialismo norteamericano. Muy particularmente corresponde a los jóvenes profundizar en su pensamiento, con el que nos ofrece una visión precisa de la época que le tocó vivir y de la historia de Estados Unidos a fines del siglo XIX, sus costumbres, su acelerado desarrollo económico, sus procesos electorales, las carencias en su vida espiritual, junto a la más nítida y fascinante descripción de las ideas modernas que se gestaban en ese país, las cuales pueden servir para el riguroso análisis científico-social de aquel tiempo histórico.

El conocimiento profundo y razonado por los niños y los jóvenes de su pensamiento, con su carga de eticidad, de radicalidad antiimperialista, de patriotismo y de amor entrañable a su Patria y a los pobres de todo el planeta con los que quiso su suerte echar, es la garantía insustituible de la continuidad de la Revolución. Esta es una tarea que se entrelaza con la necesidad de abrir cauce al pensamiento que necesita la humanidad para enfrentar los peligros que amenazan la existencia del género humano en nuestro planeta.

Por ello debernos tener muy en cuenta que coexisten dos Estados Unidos y que debemos unir fuerzas con aquellos que en su seno luchan por un mundo de paz, para cambiar el orden impuesto por el poder financiero y la maquinaria de guerra que controla el Gobierno. Así lo apreció Martí cuando afirmó: «Amamos a la Patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting», aludía a un oscuro aventurero que intentó ocupar una parte del territorio de México.

Como muestra la historia, todos los imperios, en el momento de fenecer o en el proceso final de su existencia, emprenden acciones desesperadas para tratar de detener lo inevitable. El imperio hegemónico, ansioso de perpetuar su dominación a toda costa, acude a violaciones flagrantes del derecho internacional, a la amenaza del uso de la fuerza, y no vacila en emprender agresiones en gran escala con el propósito de asegurar la explotación y el saqueo de los recursos naturales en todo el mundo, en especial de los energéticos. Las más recientes acciones contra Venezuela, poseedora de grandes reservas de petróleo en el mundo, lo confirman de manera elocuente.

Los cubanos, que luchamos por más de medio siglo contra la genocida política de bloqueo de las diez administraciones que ocuparon la Casa Blanca durante ese período, recibimos con serenidad y satisfacción el histórico acuerdo anunciado el 17 de diciembre de 2014 por nuestro Presidente Raúl Castro y el Presidente Barak Obama de restablecer las relaciones diplomáticas y avanzar en la normalización del conjunto de las relaciones entre los dos países. El cumplimiento de esos acuerdos dará inicio a una nueva etapa en el combate ideológico entre la Revolución Cubana y el imperialismo, en la que será necesario el diseño de una nueva concepción teórica acerca de nuestras ideas y su origen.

Es decir —en este tiempo nuevo—, además de una victoria contra el bloqueo tenemos ante nosotros el reto inmenso de lograr enfrentar y vencer al que ha sido nuestro mayor adversario en la lucha ideológica y cultural. Por eso exhorto a encontrar esos nuevos caminos en pos del ideal socialista, subrayando la importancia de articular el pensamiento de Marx, Engels y Lenin con las ideas de José Martí, que expresan una tradición enriquecida con todo el saber acumulado por nuestros grandes próceres y pensadores, desde el padre José Agustín Caballero, Félix Varela, Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y de las ideas y sentimientos de Antonio Maceo, lo que he llamado la cultura Maceo-Grajales.

No olvidemos que José Martí, en su medular ensayo Nuestra América se refirió al peligro que emanaba «de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales»; aquí se refería, desde luego, a la América del Norte y a nuestra América. Y en ese mismo texto apuntaba que «no se ha de suponer, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente», también llamó a «no esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental».

Interesemos a todos los que en ese país, sin excepción, estén dispuestos a entablar un diálogo constructivo que nos permita abordar con serenidad y respeto los problemas que hoy afectan, al decir de Martí, a los dos factores continentales y a la humanidad en su conjunto.

Impresiona comprobar lo acertado de sus previsiones, veedor profundo, de una intuición y capacidad de análisis y de proyección de futuro realmente sorprendentes. Hoy es más necesario que nunca antes promover los valores humanistas presentes en el pensamiento del Héroe Nacional y en la cultura cubana como escudo eficaz para defender nuestra unidad y nuestras conquistas y frustrar así cualquier intento para aislar y destruir a la Revolución.

El imperio yanqui seguirá cambiando sus maneras de intentar someter a sus designios a la nación cubana, pero, en esencia, mantendrá el mismo propósito; de ahí que se nos avecine una etapa de mayor sutileza y rigor en el combate que nuestro pueblo tiene que dar y dará por mantener lo alcanzado hasta aquí y avanzar hacia un Socialismo próspero y sostenible.

Hay que tener muy en cuenta que el momento que estamos viviendo es radicalmente diferente al de décadas anteriores y las nuevas formas revolucionarias de luchar en defensa de Cuba tomarán nuevos alcances y sutilezas; estarán cargadas de peligros, pero estamos convencidos de que en nuestro pueblo existen las fortalezas necesarias para preservar y hacer avanzar a la Revolución en una nueva época.

En estos tiempos de graves convulsiones financieras, de agresiones y focos de conflicto, de auge del terrorismo, del crecimiento de los negocios de la droga, del desorden generalizado, se impone, más que nunca antes, exaltar los valores éticos y culturales presentes en nuestra historia de más de dos siglos y llevarlos a la educación, a la política y a todos los planos de la vida nacional, consolidando la cultura jurídica y el cumplimiento estricto de la ley.

A 120 años de su heroica muerte en combate, Martí sigue vivo y actuante entre nosotros, y estamos llamados a preservar para las generaciones presentes y venideras su rico legado; tenemos que promover desde la familia, la escuela y los medios de comunicación masiva sus ideas patrióticas y antiimperialistas y darles continuidad a sus enseñanzas éticas y políticas en el relevo más joven. Solo así podremos garantizar la continuidad histórica de la Revolución y la existencia de Cuba como Estado independiente y soberano.

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