La salvedad del espíritu

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Berlín, febrero de 1945. El coronel Maxim Isaiev —el oficial alemán Stirlitz, como se le conoce entre la élite fascista— camina con paso ágil en busca de quien lo espera. Al llegar al punto de encuentro, se detiene bruscamente. Nunca imaginó encontrar a una mujer robusta, con algo plástico en la mano semejante a un bastón, vestida con saya larga, blusa de cuello amplio y sin mangas. La imagen de la fémina rompía con lo conocido. Parecía salida de otro planeta. Mientras esto pasaba, Matilde González Quesada sonreía. Solo ella sabía cómo y por qué era el encuentro.

«¿Cuál de mis enemigos la ha enviado aquí?», dijo desesperado el elegante agente al servicio de la Unión Soviética. Ella con una voz grave le respondió: «Junto a ti extraño a Sashenka, tu esposa; enfrento a Krüger, uno de tus enemigos más peligrosos; y al traidor Klaus lo odio con todas mis fuerzas».

Maxim Isaiev enmudeció. Estaba preparado para penetrar en la élite de los fascistas y así cumplir la honorable misión ordenada por el mando soviético. Pero nunca imaginó que una mujer tan distinta a las que lo rodeaban, supiera cada segundo de los últimos pasajes de su vida. Anonadado, solo atinó a titubear: «Si es así, también te considero mi amiga».

A Matilde González Quesada le bastaron solo esas palabras para cerrar el libro Diecisiete instantes de una primavera, del autor Yulián Semiónov. Y es que cada lectura le hace ser parte de la historia que se narra. Fue seducida y hechizada desde la primera vez que conoció la literatura. A partir de entonces, las páginas de los títulos la hacen olvidar la realidad.

Las descripciones de los personajes, conductas, pensamientos, amores, sufrimientos y necesidades le engrandecen el espíritu. Todo su mundo interior se crece ante cada lectura. Bien sabe cuánto se ha beneficiado y cómo ha moldeado su personalidad gracias a los tantos amigos encontrados en cada uno de los textos que ha «bebido».

Esta yayabera de 65 años no recuerda un período de su vida divorciado de los libros. Cuando ya las piernas no la acompañaron para llegarse a la Biblioteca provincial de la ciudad espirituana, buscó la alternativa y, gracias al Grupo de Extensión del centro, ahora recibe con regularidad los libros en su propia casa.

Fue entonces cuando el pequeño y humilde hogar se convirtió en punto de encuentro de amantes de la lectura. Ella funge como promotora de su comunidad en el consejo popular Jesús María, ubicado en el mismísimo corazón de la longeva villa yayabera.

Quienes la conocen, saben bien que resulta engorroso ofrecerle propuestas novedosas. Ya los volúmenes de policíacos, las novelas universales y los libros de historia han sido «devorados» por Matilde.

«Ni cuando tuve a mis cuatro hijos dejé de leer. Gracias a ese hábito sé hablar y escribir sin errores ortográficos. Conozco de todo un poco y no porque exhiba un título colgado en la pared, porque aunque lo anhelé, los contratiempos de la vida no me permitieron realizar una carrera universitaria», dice en una conversación que no parece encontrar el fin, tal y como cuando inicia la lectura de cualquier título.

Lamentablemente la salud de Matilde, en ocasiones, se quebranta. Pero no solo gracias a los medicamentos, los dolores y pesares pasan, porque ella también precisa de la savia de Mario Conde, de Andréi Bolkonsky, Phillip Marlowe o de Cayetano Brulé.

El vivir a plenitud cada lectura e intercambiar con cualquiera de los personajes le regalan la tranquilidad y la salvedad del espíritu.

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