Beatles para siempre

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Yo también quise estrechar la mano de aquellos melenudos transgresores cuando, con 11 años, escuché por primera vez I want to hold your hand, y algo se revolvió para siempre en el alma virginal de aquel niño que abría los ojos a una precoz adolescencia.

Fue en la fiesta de quince de una amiga de mi hermana, en  una fría noche del pueblo de Colón, y a solo unos metros de la muchachada que daba vueltas al parque buscando lo imposible, entre miradas furtivas y cómplices que hoy son patrimonio intangible de la nostalgia. Todo era apacible en aquella fiesta. Los niños corríamos ajenos a la discreta displicencia de las parejas de baile, que se fundían sin llegar al punto de ignición, al ritmo de aquel Felicidades, Gladys, Gladys… de la orquesta Aragón, un himno a las quinceañeras que Richard Egües dedicara a su homónima hija.

Sobrevino la revelación, cuando un joven puso en el tocadiscos el long playing Meet The Beatles, algo así como un ovni en la quietud colombina. Aquellos desconocidos comenzaron a entonar I want to hold your hand, y un raro hechizo enmudeció a todos, como si intuyéramos los extraños sonidos de una nueva era, y todo fuera irreversible al ritmo de aquella electrizante dulzura.

Entonces, un adulto interrumpió el hallazgo. «Música imperialista», fue el pretexto para quitar el disco y devolverlo al intruso. Esa fue la primera censura de Los Beatles que presencié.

Luego, en la beca del preuniversitario, los escuchábamos a escondidas como frutos prohibidos, en aquellas placas que se grababan en N, entre 21 y 23, sobre los surcos de cualquier disco de nuestros padres: lo mismo la orquesta Riverside que Los Chavales de España. Y en la noche, los seguíamos furtivamente, con los radios rusos de onda corta, en la BBC de Londres.

Fue Raúl Ruso, un respetable ingeniero electrónico que ha permanecido décadas laborando en el Instituto Central de Investigaciones Digitales (ICID) y hoy abuelo de familia, quien me inició en los misterios de los genios de Liverpool, con la característica excitación adolescente de primar sobre los demás. Ruso, entonces un adelantado de la transgresión musical, guardaba como un tesoro una libreta escolar con las letras en inglés de aquellas canciones memorables: desde la nostalgia de Yesterday hasta la percutiente Taxman.

Ya estudiando Periodismo en la Universidad de La Habana, a principios de los setenta, en un saloncito de estar de la residencia estudiantil de becarios de F y Tercera, solo a unos metros de la libertaria Casa de las Américas de Haydée Santamaría, acompañaban nuestros sueños aquellos muchachos de Liverpool, a contrapelo del extremismo y la cerrazón de ciertos administradores del pensamiento y la fantasía.

En las noches, junto a las descargas a piano del inefable Tomás, el Sargento Pimienta resonaba en un viejo tocadiscos. Con una pequeña ayuda de mis amigos acompañé a Lucy en el cielo con diamantes, junto al Sargento Pimienta y su banda. Me entristecía la muchacha que, incomprendida, abandonaba su hogar, y no imaginaba, en aquella fiebre de descubrimientos, cómo sería todo cuando yo tuviera 64 años. Ya solo me faltan dos para cumplirlos.

El Sargento Pimienta un día se perdió de nuestro tocadiscos colectivo. El desconocido dueño de aquel tesoro musical, que vivía cerca de F y Tercera y lo prestaba generosamente para que pasaran de oído en oído aquellas sublimes provocaciones, nunca supo el destino de su disco.

Con los años, descubrí un día que el apoderado de aquel Sargento Pimienta era nada más y nada menos que el colega  Pablo Fariñas, de Radio Reloj. Me lo reveló una tarde reciente, entre confesiones de ambas partes, sobre aquellos años cruentos y tiernos a la vez.

Las causas, azares e ironías del destino, que no cabrían ni en el Viaje Mágico y misterioso de The Beatles,  revelaron con el tiempo que aquellas canciones prohibidas, y sobre todo la figura de John Lennon, eran más revolucionarias que ciertas tonadas consignistas, ya olvidadas con el tiempo.

El extravío del Sargento Pimienta de Pablo Fariñas fue vindicado muchos años después, por esas claves de la dialéctica, en una Cuba mas tolerante y abierta. Su propio hijo, el joven periodista Joao Fariñas, sacó la cara por el padre y toda una generación, cuando publicó hace unos meses el volumen El largo y tortuoso camino de Los Beatles, un acucioso compendio de la vida y obra del genial cuarteto que revolucionó la música.

Ahora, de la mano de Joao, su padre y tantos beatlemaníacos de entonces, podemos seguir, retrospectivamente, la historia de asombros y grandezas, de pormenores y revelaciones, que nos fue negada en nuestra adolescencia, cuando apenas escuchábamos All you need is love, sin poder verles los rostros.

A veces, me asalta la nostalgia de aquellos años difíciles, ahora cuando casi todo se ve y se oye, sin permisos ni controles. Es cuando me entran ganas de sentarme junto a Lennon, en el parque de 17 y 8, y confesarle que ellos seguirán sublimando nuestros días, para que nunca más nadie vuelva a controlarnos lo que, con palabras de Joaquín Borges Triana, soñamos por la oreja.

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