La dicotomía de la carreta

Autor:

Juan Morales Agüero

Hay una anécdota de Julio Cortázar que me encanta. Dice: «Paseaba con mi padre por el campo cuando me preguntó: “Además del canto de las aves, ¿oyes algo más?” Agucé el oído y respondí: “Oigo el ruido de una carreta”. Dijo: “Sí, una carreta vacía”. Y yo: “¿Cómo sabes que está vacía si no la hemos visto?”  Y él: “Lo sé porque hace ruido. Mientras más vacía va una carreta, mayor es el ruido que hace”.

«Desde entonces, cuando veo a alguien hablar demasiado, interrumpir la plática de otros, ser inoportuno, presumir de lo que tiene o mostrar prepotencia, me parece escuchar la voz de mi padre: “Mientras más vacía va una carreta, mayor ruido hace”. La sencillez consiste en callar nuestras virtudes  y permitir a otros descubrirlas. Así se llena de sabiduría la carreta y no hará tanto ruido a su paso».

Más allá de la enseñanza que entraña para cualquier mortal la parábola del autor de Rayuela, admitamos que los malos partenaires proliferan más de lo deseado en la plática coloquial contemporánea. Cada día se hace más difícil sostener una conversación con todas las de la ley, donde una parte escuche cuando la otra hable, y viceversa.

Está tomando fuerza en ciertos sectores la tendencia de hablar a tontas y a locas sin meditar antes lo que se va a decir. Como si el lenguaje no fuera una consecuencia directa de los procesos del pensamiento. Individuos que opinan sin sonrojarse sobre los más variopintos temas a pesar de ignorar sus principios. O que, pulverizando la más primaria modestia, se venden como expertos en un asunto sin aguardar que sean otros quienes se lo reconozcan.

«Muchas personas son lo bastante educadas como para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía», comentó una vez Orson Welles, el actor y director norteamericano. Su afirmación tenía que ver con cierto cronista cinematográfico sumamente refinado en los banquetes, pero huérfano de civilidad en los diálogos.

En los tiempos que corren, la comunicación interpersonal se ha simplificado enormemente. Cierto, la tecnología nos ha puesto a todos al alcance de un click. Sin embargo, la conversación cara a cara, esa que, por su naturaleza misma, ninguna modalidad digital reemplazará jamás, nos recuerda que todavía violentamos sus más elementales catecismos.

Se aprecia mucha incontinencia verbal en ciertas personas que han adoptado la perorata como el leit motiv de su existencia. Demasiada verborrea carente de sentido y huérfana de significado. Excesiva ampulosidad al hablar, como si el diálogo sencillo y directo fuera una pasarela para lucir dotes de tribuno. Hablamos mucho y decimos poco.

La finalidad originaria de cualquier plática es compartir información y puntos de vista. Y en su contexto quienes lo protagonizan enriquecen su patrimonio existencial. Pero es común hoy encontrar gente que no admite interlocutores, solo oyentes. A quienes la contradicen, le dicen: «Ustedes están equivocados», en lugar de «yo pienso diferente».

Abundan también quienes intentan a ultranza hacerse notar, aunque para eso deban rasgarse las vestiduras. Si de una asamblea se trata, intervienen a cada momento con banalidades fuera de lugar; interrumpen a su contraparte con acotaciones superfluas; se autodefinen como paradigmas de eficiencia cuando se evalúan las malas prácticas…

La carreta vacía de la que hablaba el padre del gran escritor argentino revela su presencia desde la distancia. No hace falta que nadie venga a decirlo. Lo sabemos por su cantinela. Mientras más vacía va, mayor ruido hace.

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