Meditando a la sombra de un ala

Autor:

Alberto Faya

Se ha dicho en más de una ocasión que el pueblo que no conoce su historia termina viviendo su pasado una y otra vez. Como ciencia social, esta constituye uno de los pilares sobre los cuales deberá levantarse el conocimiento más profundo de nuestro acervo y desde ello trazar los más adecuados caminos al futuro.

En el minucioso recuento de los estudios históricos realizados en Cuba por José Antonio Rodríguez Ben: Cronología Crítica de la Enseñanza Oficial de la Historia en Cuba antes de 1959, se evidencia la orientación de estos saberes entonces. Salvo excepciones, tendían a reproducir concepciones de la enseñanza de esta disciplina atadas a un pensamiento dependiente de las metrópolis, seguidor de los cánones europeizantes que nos han llevado a una concepción de la historia universal generalizada y, a la vez, muy limitada por sus presupuestos coloniales primero y neocoloniales después.

No basta con que en su formidable ensayo Nuestra América, José Martí, una de las mentes más ilustradas del mundo de su época, señalara los peligros de la colonialidad: «Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores». Y luego en una metáfora de enorme fuerza nos alertara sobre el violento alcance del colonialismo: «El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire…. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo».

La Revolución Cubana ha constituido el «fogonazo» más impresionante y trascendental de nuestra historia patria, pero el tigre continúa vivo acercándose con sus «zarpas de terciopelo».

Como si fuera poca la fuerza de tal propuesta enfatizada por su hermosa manera de escribir, el Apóstol se torna directo, al referirse a las hermanas naciones del continente: «La colonia continuó viviendo en la república...». ¿Hemos superado del todo lo que Martí expresara hace tantos años? Lo cierto es que aún vive entre nosotros, aún no hemos matado al tigre cuyos pasos se manifiestan en múltiples expresiones públicas de nuestros medios y hasta en concepciones de la enseñanza.

El propio Martí, en el ensayo mencionado que data ya de poco más de 125 años, nos propone un lineamiento que aún no ha sido cumplido: «La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria».

No es menos cierto que numerosas publicaciones han sido realizadas con ese propósito, como los esfuerzos de Pedro Deschamps Chapeaux y Juan Pérez de la Riva, expresados en su Contribución a la Historia de la Gente sin Historia (La Habana 1974). Existen también formidables libros como El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals; el iluminador ensayo Calibán, de Roberto Fernández Retamar, y obras de otros importantes historiadores cubanos, cuya mención haría interminable la lista. Sin embargo, los programas de enseñanza de la historia no han alcanzado las necesidades que el fomento de un pensamiento anticolonial, imprescindible para el desarrollo de la Revolución Cubana, demanda.

A pesar de haber cultivado hábitos de lectura y desarrollado una impresionante feria del libro, con propósitos revolucionarios y descolonizadores, la última edición nos mostró el avance de aquello que una vez se definió como cultura de masas.

Nuestros medios de comunicación masiva como la televisión, y aun la radio, necesitan que su programación permita a nuestra gente conocer al dedillo la historia y cultura esenciales de los pueblos y más importante aún: disfrutarlas. Hemos vivido invadidos por conceptos, imágenes y sonidos de culturas dominantes (hegemónicas, diría Antonio Gramsci) y ello nos ha obstaculizado el esencial despertar que apuntaba Martí.

Sin negar el valor de las tecnologías en aras del desarrollo, creo que la creciente influencia de otros medios más contemporáneos como videos, teléfonos inteligentes e Internet, obstaculizan en ocasiones una buena orientación cultural. Globalmente responden a intereses puramente mercantiles, los cuales constantemente nos proponen modelos que no nos permiten el más adecuado conocimiento de la historia y de la cultura de los pueblos del mundo.

A la vez, estos medios contribuyen notablemente a la creación de pensamientos, gustos y preferencias, detrás de los que no hay otros propósitos que el enriquecimiento de sus productores, con las implicaciones que ello acarrea. Lo que hoy no seamos capaces de prever e inteligentemente detener, nos golpeará mañana con toda la fuerza de necesidades inducidas y generadoras de hábitos y costumbres a tono con los más espurios intereses mercantiles.

*Destacado músico cubano. Delegado al 7º Congreso del Partido.

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