Noches del Escambray

Autor:

Graziella Pogolotti

En su nonagésimo cumpleaños, la mirada de Fidel sigue proyectada hacia el porvenir de una humanidad que nos involucra inevitablemente. Estudiar el desarrollo de sus ideas y precisar sus puntos cardinales es compromiso ineludible para la necesaria rearticulación del pensamiento de izquierda. Muy lejos de haber realizado la investigación que habrá de ser obra de muchos, apelando tan solo a mi memoria personal, se me ocurren algunos temas útiles en el contexto de la globalización neoliberal.

En efecto, por otras vías y siguiendo otros métodos, estamos ante una recolonización que agiganta las brechas entre los poderosos del planeta y los proveedores de materias primas y de trabajadores a bajo precio. El debate económico actual implica los vínculos entre política y economía, así como las nociones de crecimiento y desarrollo. Para Fidel, el objetivo supremo se ha situado siempre en el desarrollo humano.

Por ese motivo, los brutales asesinatos de Conrado Benítez y Manuel Ascunce tienen también una connotación simbólica. Su contraparte era el farol que acompañaba a los alfabetizadores. Presente en varias zonas del país, la acción armada contrarrevolucionaria tuvo sus efectos más prolongados en el Escambray. Costó vidas, dividió familias e interfirió la producción de bienes y servicios. Al terminar la contienda, el territorio había acumulado un retraso material. Fidel se propuso concederle una atención priorizada.

Más allá de las zonas urbanas, los campesinos seguían viviendo en bohíos aislados carentes de electricidad. Sus hijos frecuentaban escuelas multígradas. Los días transcurrían uno tras otro sin acceso a la recreación, incluida la televisión. Para impulsar un cambio en lo económico y en lo social, se diseñó un plan de desarrollo ganadero intensivo con estabulación de los animales y ordeño mecánico que facilitaba la incorporación laboral de las mujeres.

El contexto epocal crea una atmósfera ideológica y espiritual que anima la convergencia de propósito de distinto origen. Mientras tanto, algunos teatristas habaneros sentían el apremio de conquistar nuevos públicos para construir un espectador participativo. Pensaron en el Escambray. Sergio Corrieri acudió a Nicolás Chao, secretario del Partido en el entonces regional Escambray. Sin encomendarse a nadie, enfrascado en la acción transformadora, Chao aceptó el desafío. Instalados en un albergue para constructores, los teatristas disponían tan solo de un camión y de un jeep Willy’s que, al cabo de tantos años de servicio, merecía estar en un museo arqueológico. Los habaneros se dispusieron a investigar. Montaron algunas obras. Al cabo lograron su primer texto original, La Vitrina, inspirada en los conflictos de los campesinos en aquella etapa de cambio. Viví junto a ellos las angustias del estreno. En la noche, los asistentes habían venido de todas partes. A cierta distancia, permanecían los caballos. Durante la representación, el silencio era envidiable y luego se desencadenó el debate apasionado.

Fidel se interesó por conocer el trabajo. Después de una primera visita, solicitó otra función para traer a algunos invitados. Con su capacidad de concentración y su prodigiosa memoria, había incorporado algunos bocadillos. Disfrutaba el espectáculo y se sentía feliz en el desempeño de su papel de cicerone. Conoció otras obras del repertorio, a veces en pleno monte con la iluminación fantasmagórica de faroles.

El pensamiento y la acción de Fidel se caracterizan por conceder preminencia al ser humano, beneficiario y gestor de los procesos emancipatorios. Su visión entrelaza educación y cultura como factores decisivos de la descolonización, la liberación nacional y de defensa de una auténtica soberanía. Un recorrido cronológico elemental ilustra en la práctica este enfoque. En el año del triunfo, era una alta noche de enero cuando Fidel y Núñez Jiménez irrumpieron en la casa de Fernando y Alicia Alonso para bosquejar el proyecto impulsor del Ballet Nacional de Cuba. No había concluido el primer semestre cuando en rápida sucesión se fundaron el Icaic y la Casa de las Américas y se promulgó la Reforma Agraria. Desde entonces, sociedad y cultura integraron los fundamentos de todo desarrollo humano. La tierra, la educación y la cultura eran derechos conculcados a los sectores más preteridos del pueblo.

De la misma manera, coinciden en el tiempo la Campaña de Alfabetización, la victoria de Girón y el pronunciamiento de las Palabras a los intelectuales, documento analizado siempre en forma sesgada en torno a la libertad de creación artística. En verdad, las palabras rebasan este aspecto. Se trata, en efecto, de dotar al pueblo de las herramientas necesarias para apropiarse de cuanto le pertenece. Será el punto de partida para alentar la extensión de la enseñanza artística, uno de los programas más exitosos de la Revolución Cubana.

El propósito democratizador de la cultura y el vínculo con la vida de la sociedad se complementan con el afianzamiento de las bases históricas e identitarias. Desde el primer momento, con impresionante continuidad, la salvaguarda del patrimonio ha sido, para Fidel, una prioridad. Respaldó el impulso a las bibliotecas, a la restauración de edificaciones y, en los momentos más duros del período especial, rescató el Museo de Bellas Artes, ampliado entonces a su segunda sede, la del antiguo Centro Asturiano. Proyectada siempre hacia el porvenir, la política cultural se ha traducido en el auspicio de la creación y la circulación del arte y la literatura, el intercambio con la América Latina y la preservación de la memoria colectiva. No resulta paradójico por ello que en los difíciles años de 1990 se produjera un intenso, productivo e íntimo diálogo crítico con los escritores y artistas. Más allá de diferencias estéticas y de trayectorias personales, la confluencia ha nacido de la voluntad común de preservar los valores de la nación, inseparable de objetivos descolonizadores, emancipatorios y humanistas.

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