Más que bien por Sonando en Cuba - Opinión

Más que bien por Sonando en Cuba

Autor:

Alina Perera Robbio

Me siento feliz de haber aplaudido una obra en ciernes y de que esa defensa haya valido la pena: cuando salió al aire la primera temporada de la saga competitiva, escribí una valoración titulada Bien por Sonando en Cuba.

Entonces comenzaba expresando que así como somos de apasionados y hasta cáusticos con todo cuanto nos insatisface y mantiene inconformes, también sería bueno, por justo, fortalecer entre nosotros la costumbre del elogio hacia un logro evidente, hacia toda señal que entrañe esfuerzos, inteligencia, deseos de hacer y resultados en medio de parálisis recurrentes o amagos sin desenlaces felices.

Así afirmé inspirada por el programa musical que a pesar de presentarse con un loable despliegue de producción y múltiples buenos mensajes, no dejaba de recibir dardos como señalamientos por remedar espacios competitivos de otras latitudes. Tuve en aquel mo mento que presentar desde estas mismas páginas una interrogante: ¿Qué sería de la civilización humana si no bebiésemos —en una suerte de negación de la negación que a fin de cuentas es afirmación inteligente— de las ocurrencias que nos han precedido y que contienen ingredientes dignos de atención?

La defensa, ante la segunda temporada de Sonando en Cuba, merece ser redoblada. Si la primera vez dije que la propuesta sorprendía como un viaje que lograba llegar airoso, sin perder el equilibrio, hacia puertos emocionales, de identidad, de posibilidades alumbradas por el matrimonio infalible de la voluntad y el talento; ahora no solo debo repetirlo sino además afirmar que el programa ha llegado lejos en cuestión de méritos: se ha convertido en homenaje de excelente gusto a una parte esencial de nuestra identidad.

Sus artífices han realizado un despliegue espectacular de esfuerzos, sin hacer una sola concesión a lo ordinario o a lo feo. Ciertamente nada hubiese podido lograrse sin recursos, pero esta es la historia de cómo un financiamiento manejado con responsabilidad, inteligencia y cultura, da frutos de maravilla.

Entre las notas más altas a reverenciar está la capacidad de presentarnos las potencialidades de una juventud donde habitan el talento, las ganas de triunfar, la disciplina, el espíritu solidario, la humildad y, en resumidas cuentas, el coraje para asumir la naturaleza competitiva y difícil de la vida.

Sonando en Cuba se ha convertido en un especial escenario desde el cual hemos podido ser espectadores afortunados de ciertas realidades que millones de cubanos deseamos ver amplificadas y fortalecidas: el amor de familia o de amigos, lograr que nadie sobre (en este espacio los «perdedores» también ganan), reverenciar a los grandes (el homenaje a nuestros músicos y orquestas consagradas), el hermoso y funcional engranaje de los nuevos y los experimentados intérpretes, el amor patrio, y otros magníficos valores.

En esta segunda temporada me descubrí nuevamente dando pasillos con ritmos inolvidables, y cantando melodías. Esta vez el vórtice de Sonando en Cuba supo atraer a su centro, con crecida intensidad, a grandes y diversas figuras de la cultura nuestra; y despertó con acrecentada fuerza la admiración —así he podido constatarlo a nivel popular— de ese ser rebelde, apasionado y difícil que es el hijo de esta Isla nuestra.

Debo confesar que, cubana al final, cuando la pasión me embarga para bien no sirvo mucho para eso que llamamos hacer señalamientos críticos. Desde luego que, como toda obra humana, el espacio Sonando... es perfectible. Pero sus logros son tan contundentes —en un contexto de contingencias, carencias y múltiples mediocridades—, que apuesto por desear muy buena suerte a un programa del cual se deriva la mejor de las lecciones posibles: necesitamos romper toda inercia; sonar en Cuba desde lo propositivamente bueno; negar la nada que nada inspira y crear ya sea un pañuelo, o una casa, un verso, una canción, una saga competitiva, un camino, una buena idea que nos haga crecer y nos ponga más cerca de la felicidad.

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