Oro falso

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

En medio del sol de la mañana, la mujer se veía alta y con pelo oscuro, que brillaba recogido en un moño. Cualquiera diría que ella era una invitación a convertir los segundos en horas, a no ser por ese detalle que el amigo señaló: «Mira aquello».

Pues sí, la atracción mayor no era su figura; sino lo que, a todas luces, ella quería hacer notar: no su presencia, sino la ropa. O para ser más precisos: la bandera norteamericana, convertida en un vestido que se deslizaba hasta la altura de los tobillos.

Como toque de reafirmación, en su cuello se veía una galería de collares dorados de los más diversos diseños y calibres. El aderezo final, sin embargo, no estaba ahí sino en el maletero abierto del auto rentado, que llenaba de cuanto comestible y artilugio pudiera existir en una shopping.

Ante la escena, un experto en semiótica se deleitaría ante la concreción de aquellos objetos y acciones en símbolo y su nítida carga de significados. Porque, evidentemente, para esa mujer los atributos de los cuales ella era portadora —collares, auto rentado y mercancías al por mayor— constituían un mensaje. Una verdadera emisión de señales de que yo tengo y tú no; yo puedo y tú no; yo estoy arriba y tú bien abajo.

Resulta sintomático que para ciertos sectores de la nación cubana, ya sea dentro o fuera de la patria, el estandarte norteamericano se asocie a un símbolo de estatus y poder material, lo que en buena medida es resultado de la tesis impuesta de las más diversas maneras ante los ojos y conciencias del mundo por el poder imperial que gobierna a ese país.

Más allá de las lecturas que tiene la escena de la chica embanderada, lo cierto es que ella guarda una contradicción, entre las tantas que pudiera tener, y es la de obviar algunas esencias, que no son materiales sino culturales y humanas. Para ese sector Estados Unidos se convierte en sinónimo de opulencia, tiendas repletas y todo un serial consumista, que en el gracejo criollo se identifica con una frase portadora de matices arrogantes: la Yuma.

Bajo esa perspectiva, el resultado final consiste en reducir un país a un mall. Nombres como Walt Whitman, Ernest Hemingway, Marlon Brandon, Martin Luther King o Barbra Streisand son obviados o disminuidos en su importancia al no poder contabilizarse su legado espiritual en un artículo de consumo rápido.

Si ese modo de lucir la bandera fuera una visión personal, quizá no existirían problemas mayores; pero lo que subyace detrás de esas acciones y símbolos —aun cuando los ingenuos digan lo contrario— es toda una aspiración de modelar la identidad de nuestra ciudadanía en los moldes de un pensamiento foráneo y reduccionista, que enarbola el culto al dinero y, en consecuencia, el de la arrogancia y la vanidad por encima de otros valores centrados en el humanismo.

Y así las cosas, incluso para ocultar realidades y caer en el juego de las hipocresías, propio de las autosuficiencias. Es sabido que muchos de los que ostentan ese tipo de prendas lo hacen a sabiendas de que adquieren —incluso bajo los mecanismos de la deuda— una serie de anillos y cadenas de oro falso para lucirlos en señal de un éxito material, que en verdad no tienen.

Son prendas que brillan, aunque al final manchan como todo lo ilusorio. ¿Serán así sus vidas? ¿Será así la existencia de esa muchacha vestida con una bandera que no es la suya? ¿Oro falso y hueco en sus esencias? Quién sabe, es posible; pero como pediría Descartes, al menos a ella, otorguémosle el esperanzador beneficio de la duda.

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