Los que somos, tenemos que estar

Autor:

Roberto Conde Silverio*

La distinción entre los verbos ser y estar es uno de los problemas más complejos del español, no solo por su conjugación verbal, sino por la manera que se interpretan en el comportamiento diario de los humanos y la actitud que asumimos ante la vida.

Existen personas que por su forma de ser viven dentro un eterno conflicto. Reconocen que la naturaleza de su personalidad no les permite ganar un espacio dentro del colectivo; sin embargo, como armadura, manifiestan estar a gusto por ser como son. No siempre permiten que alguien se acerque para tratar de ayudar y la respuesta no se hace esperar: «a mí no me hace falta cambiar; yo me siento bien como soy; yo no vivo con la gente; yo soy así y no puedo cambiar; al que no le guste mi forma que no me trate».

El denominador común de estos criterios generalmente es el yo y rara vez se piensa en un nosotros. Según Aristóteles: «El hombre es por naturaleza un animal social», más que social hay que decir que el ser humano es un animal político a causa de sus necesidades. Desde nuestro nacimiento nos encontramos en un medio social y eso es un hecho irreversible.

Desde edades tempranas asumimos motivaciones, conceptos y convicciones que después se encarnan en lo que defendemos como principios. Los cubanos de por si, al nacer, abrimos los ojos en una sociedad eminentemente política. Nuestras raíces nos permiten identificarnos con orgullo por las auténticas tradiciones culturales y los miles de años de emancipación, combates y victorias librados frente a los más poderosos colonizadores.

Es difícil encontrar a un cubano que no asuma una actitud frente a la política. Unos militamos en las históricas organizaciones políticas del país, otros se reconocen como buenos revolucionarios, pero sin carné, y determinados compañeros prefieren no asumir alguna posición que los comprometa. Los tiempos que corren son tiempos de definiciones, de afiliación, de compromiso y de unidad.

La militancia de los cubanos ha sido siempre y es hoy en primer lugar con la humanidad y con la vida, con esa verdad hemos defendido durante casi 60 años la Revolución. En el centro de nuestra obra, como protagonista de la justicia social, la soberanía y la independencia de la Patria ha estado nuestro pueblo, militante o no.

En sus entrañas vivimos nosotros, los que decidimos militar en las filas del Partido Comunista de Cuba o de la Unión de Jóvenes Comunistas y contribuir desde el ejemplo personal al aporte consciente, a la sabiduría colectiva, a la exigencia por hacer mejor las cosas, a la crítica oportuna y al crecimiento espiritual. Es cierto que se puede ser revolucionario sin el carné de una organización política, pero también se debe reconocer que desde una realidad «individual» encerrada en sí misma, es más difícil alcanzar el bien de todos.

Se trata de una relación en la que actuamos sobre otros, y ellos sobre nosotros. De ahí que sea una relación mutua y de reciprocidad. En el marco de esa compleja red de relaciones y acciones sociales estamos los que tenemos el carné: fieles, firmes, constantes, dispuestos a vivir con intensidad la Revolución, comprometidos con la unidad, constructores de un proyecto de prosperidad, definidos por el ser y encontrados allí, donde todos cuidamos lo que somos.

Es cierto que podemos ser sin sentir la necesidad de estar, pero precisamente hoy, cuando toda Cuba celebra los 55 abriles de la UJC, recuerdo aquella frase de Jorge Luis, mi nuevo amigo de Calimete: «los que somos, tenemos que estar».

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