El mejor premio

Autor:

Dorelys Canivell Canal

Alianys cursa el cuarto grado; da clases a las ventanas y a los muñecos; reparte papelitos por todos los departamentos, lee poemas y trabalenguas en el horario de almuerzo, y da un beso antes de partir.

Cuando en las tardes esta muchachita corretea por los pasillos del periódico pinareño Guerrillero, o ayuda a su abuela a servir el café, una es incapaz de imaginar cuán profundos pueden ser los pensamientos de los niños.

Hace unos días, sentada a la mesa del archivo y en medio de una conversación sobre cómo hacer origamis, Alianys me dijo: «Quiero ser maestra, doctora o abogada; así, en ese orden». Ante su certeza, no pude menos que quedarme estupefacta por tanta determinación.

Casi todos nosotros, en algún momento de la niñez, soñamos con ser maestros. Con el paso del tiempo muchos se deciden por otros destinos. Aunque no son pocos los que un día se sentaron a nuestro lado en las aulas y hoy están al frente educando a nuestros pequeños. Sin embargo, como ha ocurrido en la muchacha firme que me provocó estas líneas, el amor por el magisterio se funda desde temprano, cuando la persona que te recibe cada mañana en la puerta de la escuela tiende su mano y deposita un beso en tu frente.

En medio de mi torbellino de pensamientos sobre edades y decisiones, Alianys me interrumpió casi imponente para proseguir. «Sin maestros no hay médicos, ni periodistas, ni abogados… como mi mamá», estampó. Y con su fuerza me hizo confirmar la sospecha de que esta niña será una gran «profe». Tal vez será porque «enseñar puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo», pensé analizando sus modos. Y di marcha atrás al reloj del alma.

A mi mente vino Cari Cofiño, la maestra de la infancia que me sentaba en lo primero de la hilera para evitar que conversara con los demás, y lejos de la ventana para que no me distrajera con quienes desandaban el camino que bordea la escuela rural Granma. Pasaron Eulogio, Felita, Amparo, Orestes, Antero, Manuelita, Carola, Belkys, Julio… y otros tantos maestros, que también tenían sus estrategias para que yo aprendiera. A todos los recordé con cariño. Porque de su amor salieron profesionales que hoy son mis amigos.

De mis grupos de la primaria, secundaria y preuniversitario surgieron médicos, campesinos, choferes, profesores, ingenieros, obreros, economistas, cuentapropistas... y todas esas personas importantes que sostienen el país en sus desvelos diarios. Todo gracias a esos maestros que no se iban a dormir sin cambiarnos un poco por dentro.

Mirando otra vez a Alianys, pienso en mi añoranza de que las nuevas generaciones de profesores que hoy se están formando no solo enseñen a sumar, a escribir o a ordenar cronológicamente algunos hechos de la historia de Cuba. Ojalá (eso espero) enseñen a estudiar por los libros, a leer las mejores obras, a respetar a los demás y a decir «buenos días»; a entregar flores y sobrecogerse por las tristezas ajenas…

Ojalá expliquen a sus alumnos que los héroes se enamoraron una vez y caminaron las mismas calles de su ciudad; que el ser humano tiene que ser bueno, que la merienda se comparte y que no es menos quien lleve los zapatos rotos o el pan con aceite. Que sean ejemplo, que nuestros hijos quieran  parecerse a ellos. Porque el mejor premio para estos soñadores es que, como los honra Alianys, sus alumnos deseen ser maestros.

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