De carretilleros, guayabas y trampas

Autor:

Osviel Castro Medel

En poco tiempo, en tres puntos distintos de la ciudad, él chocó igual cantidad de veces con la misma roca.

Primero fue en una calle populosa, donde un carretillero pregonaba, a todo pulmón, malanga y tomate. El hombre quiso comprar la gustada vianda, pero el vendedor le dio un corrientazo: «Es a ocho pesos, primo».

«¿Y los precios topados?», replicó el frustrado comprador sabiendo que un decreto del Consejo de la Administración Provincial estipulaba un máximo de seis pesos. Mas el mercader dijo con el rostro a manera de estatua: «Eso no vale, no puedo bajarla de ocho porque la compro cara». Así se remató la charla.

El segundo encontronazo se produjo cerca de un hostal poco vistoso. Otro pregonero expendía distintos productos y el hombre, ¡pobre hombre! se fue ponchado detrás de una curva; es decir, de una guayaba.

Pidió dos libras de la fruta, mas el anunciador dijo: «Son a cinco, brother». El personaje de esta historia volvió a hablar de las instrucciones que supuestamente ayudan a bajar del cielo los costos de la comida cotidiana; sin embargo, el carretillero respondió con una soberana guayaba: «Eso no funciona pa’ las frutas». Lo único que le faltó a la escena fue el estribillo de Rubén Blades: «Buscando guayabas ando yo…».

El tercer fracaso sobrevino cerca de un mercado agropecuario. Un expendedor, a diferencia de los otros, traía una pizarra anunciadora de las mercancías, y el usuario, ya curtido de desengaños, se acercó cauteloso. Vio, a la sazón, en medio de la carretilla, unas apetecibles malangas. Empero, el importe de estas no estaba en la tablilla.

«¿A cómo son?», se atrevió a preguntar. «¿A cómo van a ser?, a ocho», le sopló el comerciante. Entonces el ciudadano no acudió a los topes ni a las disposiciones, sino a otro componente de este entramado: «¿Y si te cogen los inspectores?», algo que no pareció importarle al vendedor.

El ciudadano se marchó como en las anteriores ocasiones, aunque ahogado en un mar de pensamientos, que de seguro han cruzado otros en estos tiempos. Pensó, por ejemplo, en que esos tres negociantes con residencia en Bayamo no son los únicos que, a lo largo de toda Cuba, acuden al «tape» y a la trampa para burlarse de los precios dispuestos por algún Consejo después de incontables quejas del pueblo.

Y remarcó que no solo entre carretilleros le toman el pelo a los decretos, porque bien se conoce que más de un «transportista» y de un vendedor de pan de la llamada Cadena quebranta topes y ordenanzas.

Caviló no solo sobre los topes de precios que se violan, sino en la entraña de algunos desalmados, quienes, cubiertos por la llamada oferta y demanda, no vacilan en cobrar un ojo de la cara por cualquier servicio o mercancía.

Tal vez no sean todos, pero en muchos de los que debieron bajar tarifas hay cierto aire de impunidad, se dijo el individuo. Y eso es lo peor, pues cuando un grupo se cree por encima de la ley puede empezar a destrozar cosechas ligadas a la solidaridad, a las conquistas populares e, incluso, al alma de un sistema social.

¿Hace falta una mano institucional más dura que «entre en cintura» a los tres carretilleros de la historia y a otros más?, se interrogó. Probablemente sí. Muchas veces, luego de la persuasión malograda, de las multas y los llamados de atención, es preciso implantar medidas radicales.

Y concluyó que no se debe jugar con nada vinculado aunque sea a un mínimo frijol para el pueblo o a sus deseos de vivir sin abusos, sin trampas y sin guayabas celestiales.

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