El bombero

Autor:

José Antonio Fulgueiras

A Isidro Pérez lo apodé el Bombero de Dobarganes, porque era el clásico pitcher al que siempre traían cuando el estadio estaba ardiendo y el equipo naranja a punto de ser achicharrado.

Isidro calentaba poco o nada, si acaso dos o tres lanzamientos y decía: «¡Ya estoy en talla!». Al final de su carrera dependía más de su maña que de su velocidad, con bolitas muertas y habilidosas como las que poncharon a Lázaro Junco en el Sandino con las bases llenas. El único contratiempo fue que en la próxima vez al bate el yumurino le dio un batazo sideral y todavía están buscando la pelota.

De él hay una anécdota muy ocurrente. La primera vez en que Isidro fue a pitchear a La Habana, el equipo de Villa Clara se alojó en el Latino para jugar contra Industriales. Llegaron un viernes y como la subserie comenzaba el sábado tenían una noche libre. El Bombero aprovechó para visitar a una familia que tenía por el reparto Mantilla. Preguntó cuál era la guagua que iba hacia ese rumbo y la abordó. Al regreso, frisando las 12 de la noche, observó desde una parada que se acercaba un ómnibus. Miró el cartel que tenía encima del parabrisas y se montó sonriente. En la guagua solo viajaban cuatro o cinco personas. Isidro se acomodó en un asiento cerca de la puerta trasera. Él miraba incesantemente por la ventanilla y se decía: «Nada más que vea las gradas del estadio ahí mismo me bajo, pues no voy a preguntar para no hacer el papel de guajiro». Pero pasaban minutos y minutos, y nada de gradas, ni de estadio. El chofer, un negro de espejuelos y gorra de guagüero, llegó al final del recorrido y, al ver que Isidro no se apeaba, le dijo:

—Oye, compadre, tú no eres Eusebio Leal para andar La Habana. Anda, bájate, esta es la última parada.

—¿La última parada?

—Sí, ya se acabó el paseo. ¿Y para dónde tú ibas?

—Yo, para el estadio.

—Pero esta ruta no pasa por el estadio.

—No me digas, tú crees que yo no sé leer. Mira ahí en el parabrisas como dice clarito: Palatino.

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