Cerrojos a destiempo

Autor:

Nelson García Santos

Bien se le puede hacer un monumento a determinado comercio por su puntualidad al abrir y cerrar, estrictamente, como anuncia el horario. Para que algún exaltado o cazador de desaguisados no diga, en do mayor: ¡Mentiraaaaa!, hago la salvedad: de su tipo resultan ahorita la excepción.

Entonces vale un acercamiento a cómo logran hacerlo, en medio de añejísimas arbitrariedades en las aperturas y pasar los cerrojos en muchísimos centros de prestación de servicios.

Dejemos sentado que en lo que sí son campeones olímpicos la casi totalidad de estos últimos, es en decretar el cierre, casi siempre antes de la hora que les corresponde, según anuncian en la propia puerta.

Tal parece que los horarios pintados en la pared o colgados en una pancarta están allí más como un elemento de adorno que para expresar ese compromiso público que deshonran con proverbial levedad. Y esta, sin la menor duda, es la primera falta de respeto que se comete con el atribulado consumidor que, ante la falta, no tiene para dónde virarse.

Luego este comportamiento cimenta en las personas la creencia, con mucha razón, de que sencillamente resultan unos mentirosos y desacredita a las administraciones, sin faltar las suspicacias de que todos andan en contubernio.

Siempre poseen una excusa debajo de la manga para justificar el motivo de la tardanza. Que si esto, que si lo otro, en fin, charlatanerías que ni ellos mismos se creen y, lógicamente, muchísimo menos los consumidores que aguantan estoicamente los cuentos irreverentes, aunque algunos suelen cantarles las cuarenta.

Uno se lleva la impresión de que las administraciones están tan ensimismadas en el papeleo y en cuadrar la caja que se les nublan los sentidos, de tal manera que el dislate reiterativo, frente a sus narices, se les esfuma sin decir nada, ¡nadita!

¿O acaso los horarios funcionan más al libre antojo de los trabajadores de la unidad que en función de lo normado por la dirección de esta? Parece que sí. En el acatamiento de horarios ha temblado y tiembla el brazo administrativo.

Pero hay un ejemplo, ese que digo merece un monumento (¿estaré apretando?), de fiel cumplidor para abrir y cerrar: las modestas bodegas, esas donde buscamos el pan nuestro de cada día.

Y, fíjense bien, empiezan temprano en la mañana, a una hora incómoda en comparación con otros establecimientos que, a pesar de comenzar más tarde, quebrantan.

Las bodegas, casi en su totalidad, abren las puertas de par en par, prácticamente en el prólogo de la mañana y, después del cierre planificado del mediodía, las trancan en la despedida de la tarde, justamente a las siete de la noche.

Se trata de una costumbre enraizada en el acatamiento del horario y, claro, de la exigencia. Entonces, por qué esas arbitrariedades en muchísimos otros comercios. Aquí tampoco vale lo de tiempo al tiempo.

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