Un mal día para recetas

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

No utilizó el 20 de mayo, como acostumbraron muchos de sus antecesores, para pedir que la «libertad» y la «democracia» llegaran al pueblo cubano, mientras evocaban su nostalgia por una república que vivió atada a los designios yanquis durante casi seis décadas de política genuflexa.

Y aunque dejó un ridículo comunicado en el supuesto Día de la independencia, Donald Trump prefirió escoger otra fecha para su discurso sobre la Isla. Tal vez porque su primera gira internacional se le antojaba impostergable en medio de un enorme descrédito, o porque para completar su revisión del tema Cuba le faltaba escuchar más consejos de Marco Rubio o de otros que también lo acompañaron en el circo que finalmente montó este viernes en Miami.

Pero lo que probablemente desconozca el presidente norteamericano, quien se presentó como el mensajero de la democracia ante anexionistas mercenarios, políticos oportunistas e infelices aduladores, es que un 16 de junio, pero de 1900, los cubanos vieron sus derechos mutilados, cuando bajo el gobierno interventor de Leonardo Wood se celebraron entonces las primeras elecciones municipales en el país.

Si se estudian aquellos comicios se tiene una idea de lo que Trump, más de un siglo después, está proponiéndole a la nación cubana, que no es otra cosa que el regreso a un pasado ignominioso.

Concebido desde Estados Unidos, a partir de la orden militar No. 164 —que firmó el brigadier general y jefe del Estado Mayor, Adna R. Chafee— en aquel proceso electoral se hizo todo lo posible por evitar que el pueblo acudiera a las urnas.

En una sociedad analfabeta y con muchos habitantes en la pobreza, solo podían ejercer el derecho al sufragio los mayores de 21 años que supieran leer y escribir y pudieran demostrar, además, bienes superiores a los 250 pesos. Las mujeres tampoco podían votar.

Para quienes habían servido en el Ejército Libertador se exigía presentar el aval de licenciamiento y sin notas desfavorables. Tal era la forma «civilizada» con la que el interventor yanqui tomaba las riendas en la Isla que el propio Wood llegó a decir: «Todo aquel que al lograr los 21 años no haya tenido la laboriosidad suficiente para reunir 250 pesos, o no haya ido a defender la patria estando en guerra, es un elemento social que no merece se cuente con él para fines colectivos. ¡Que no vote!».

Al final, de una población de poco más de un millón y medio de habitantes, solo pudo votar el siete por ciento. Así fue el «respaldo popular», al estilo USA, que tuvieron los primeros alcaldes, tesoreros y jueces que salieron de esos «transparentes» comicios.

Apenas un año más tarde, la Enmienda Platt quedaría clavada como un aguijón en el corazón de la patria.

¿Acaso es ese el paradigma de libertad verdadera que el magnate millonario pretende regrese a nuestra nación? Pero si la memoria histórica de Trump no alcanza para entender los acontecimientos de inicios del siglo XX, debería recordar otro 16 de junio, más cercano. Fue en 2002. Ese día millones de compatriotas expresaron su más contundente apoyo al proyecto de reforma constitucional que proclamaba que el socialismo en Cuba y el sistema político y social contenido en la Carta Magna, resultaban irrevocables. Esa decisión de pueblo mostró la fortaleza de los principios de la Revolución frente a los enemigos externos e internos.

Y si aun así continúa la amnesia del mandatario estadounidense, debería entender las razones por las que solo horas antes de su diatriba en Miami, Cuba convocó a elecciones generales, como estaba previsto. Lo hizo en el ejercicio pleno de su soberanía y de su genuina democracia, en un país que no acepta injerencias ni nuevos interventores.

Realmente, Trump escogió un mal día —y el peor escenario— para sus recetas.

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