El ron infinito

Autor:

Enrique Milanés León

«Tenemos ron. Visítenos», dice el cartel de una bodega y uno, que dispone de mejores visitas para hacer, sigue su paso, pero a poco repara en que esa estampa se ha hecho bastante común en lugares de La Mancha de cuya abundancia no quiere acordarse. Vaya… que, montado en un periplo turístico en el molino del tiempo, el flaco hidalgo español podría comprobarlo: los venteros cubanos parecen inclinados a promover con privilegio un producto más propicio para provocar entuertos que para «desfacerlos».

Aunque el sufrido Quijote suela despertar carcajadas —ese sería tema para otro comentario—, este asunto tiene muy poco de fausto. Carteles como el citado hacen una publicidad perenne, gratuita, incomprensible… en disímiles bodegas del país que están ubicadas, lo sabemos tan bien como Pánfilo, en el centro de nuestras comunidades. Eso sin mencionar que, por pura chiripa urbanística, algunas de ellas colindan con escuelas. No obstante, «Hay ron», falte el café, múdense los frijoles de un mes a otro o se haya acabado el aceite.

Resulta chocante que en los lindes de una libreta que con los años se ha visto obligada a adelgazar y a adelgazarnos, este «hijo alegre» del cañaveral haga un público alarde de solvencia en tarima.

Si bien legal, el alcohol es una droga. ¿Qué apremio hay en multiplicar su consumo? Una droga blanda, clasifican los que saben; de durísimo efecto, califican los que sufren. ¿En qué ecuación daría un buen saldo esta cuenta?

Yo respeto su venta. Lo digo para aclararles a probables contendientes verbales que no, el periodista no escribe embriagado tras los efectos de un chocolate caliente o una limonada subida de ácidos. Cualquiera entiende que no está mal que el interesado tenga a mano una opción económica para un modesto trago ocasional, con la ventaja de que su factura —aunque distante de exquisiteces— reúna las garantías sanitarias de rigor. Pero de ahí a «inyectarnos» a todos un mensajazo de ron en pupila va un largo trecho.

A estas alturas, pocos ignoran cuánto deshace el alcohol por dentro y por fuera, cuánto lastima a bebedores y bebedoras, cuánto terreno le roba a la sagrada etapa de la adolescencia. Entonces, ¿lo asumimos integralmente, como un problema de nuestro tiempo, o le facilitamos las cosas? Las depresiones, problemas sociales, rupturas y desajustes familiares, la inestabilidad laboral, los gastos médicos y hasta los adioses definitivos antes de tiempo recomiendan, digo yo, reescribir o guardar esos cartelitos.

Quien anda los barrios lo sabe: en torno a estos expendios se han formado pequeños grupos de alcohólicos, especie de clubes de la amargura en parquecitos «alcohowifis» formados principalmente por ancianos que han llegado a la etapa venerable en condiciones francamente adversas y van a conectarse, sin saldo de CUC, con otra realidad, nada glamorosa, por cierto. Se les ve empinarse del ya clásico pomo plástico con tristeza, como si beber fuera deber y no elección.

Frente a tales paisajes, uno tiene que preocuparse con la promoción de marras, que parece anunciar al ron como el producto estrella de no pocos establecimientos.

A fin de cuentas, entre un ancho abanico de males, tras esta práctica la principal cirrosis hepática la sufre la familia, porque ella es el real hígado de cada núcleo doméstico en tanto debe desintoxicar, filtrar, sintetizar y procesar los dolores padecidos o causados por los suyos. Y como el órgano natural que todos llevamos en el diafragma, este «hígado» de la sociedad defiende siempre, pero a menudo se rinde frente al ataque de tanto alcohol. Y llega el colapso.

Entre otros muchos dilemas, aquí los factores comunitarios —de cuya integración cabe esperar más— tienen lo que literalmente podría definirse como «tarea para la casa».

«¿Qué harías tú si fueras el bodeguero?», me ha preguntado alguien. Supongo que vendería callado. Y si hiciera una campaña optaría, sin dudas, por la verdad: le diría al flamante cliente que acaba de comprarse un problema.

Para ser (más) sincero, también yo sueño otra bodega, una no bloqueada desde afuera y surtida con suficiencia por el trabajo eficiente de todos los cubanos; una donde, en todo caso, se promueva sin mesura la existencia liberada de la compota, la leche, el cereal delicioso, los granos por fin no exóticos, la tilapia en todas sus variantes… solo que para esperarla, o para hacerla llegar —porque ella no vendrá «por la libreta»—, será mejor que escribamos juntos el cartel de la sobriedad.

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