Benny fue siempre Benny

Autor:

Guillermo Rodríguez Rivera

Un gran conocedor de ese espíritu de la sensibilidad cubana que es nuestra música popular, Odilio Urfé, hijo de músico y músico él mismo, me dijo en algún momento que Benny Moré no era el cantante más venerado por el pueblo cubano únicamente por ser el mejor cantante de la historia del país.

Lo era, ciertamente. Culminó una tradición de cantadores que tiene, antes de él, cimas como Miguel Matamoros, Pablo Quevedo, Abelardo Barroso, Miguelito Valdés, y una tradición orquestal que él supo tomar de su director y maestro, Dámaso Pérez Prado, para lograr que el jazz band creado en Norteamérica y alimentado por la percusión cubana —mezcla ya hecha por Chano Pozo y Dizzy Gillespie— fuera capaz de interpretar todos los géneros de nuestra música popular.

Era un campesino pobre que cortaba caña en los centrales azucareros de Camagüey. Llegó a La Habana y empezó a cantar por los bares de la capital, donde un día lo encontró Miguel Matamoros y le ofreció un puesto de cantante en su conjunto. Fue a México con Miguel, y allí cantó con las orquestas de Rafael de Paz y, sobre todo, con la de Pérez Prado (…). México era entonces el gran centro de difusión musical en Hispanoamérica. Después de su rica experiencia, Benny volvió a Cuba, formó su propia orquesta —la «tribu», la llamaba, reforzando ese sentido gregario que el negro africano insufló al cubano—, y dominó el panorama de la música popular del país hasta su temprana muerte, ocurrida en 1963.

Benny fue siempre Benny. Siendo el mejor cantante del país y artista exclusivo de la RCA Victor —entonces la mayor disquera norteamericana— nunca tuvo mucho dinero. Construyó su casa, que era el ideal del cubano popular que siempre fue. Nada de salones para imitar los de las mansiones de las clases ricas, nada de lujos que solo se exhibían para competir con los de los blancos «de plata». La casa del artista era un pequeño chalé en un reparto de La Habana, y tenía un platanal en el jardín, acaso como recuerdo del guajirito pobre y negro de Santa Isabel de las Lajas (…).

Como tenía la mejor orquesta y era el mejor cantante del país, los contratos le llovían, ya que todo baile donde tocara el Benny tenía el éxito asegurado: los cubanos son pavorosamente fieles a quien los hace bailar, al que les anima esa circunstancia casi sagrada que es la fiesta (…).

En una ocasión, en Caracas, un empresario eludió pagar el contrato ya cumplido, y aunque Benny fue a verlo en varias oportunidades más, el sujeto le dijo que no podía pagar, que no iba a pagar. Para su sorpresa, Benny desenvolvió un diario que llevaba bajo el brazo y extrajo de él una cabilla. Encaró al empresario blandiendo el trozo de hierro: «Lo mío te lo regalo, pero el dinero de los muchachos me lo tienes que pagar». El empresario caraqueño lo pagó todo.

Otra vez llegó a un baile organizado para asistentes ricos y blancos, pero una multitud de cubanos pobres, blancos, negros y mestizos, estaba en la calle para oír desde allí a su músico. En un momento de la fiesta, ante los airados patrocinadores, Benny salió a cantar y a tocar para el público que no podía pagar o no dejaban entrar al salón.

Una noche, en el aristocrático teatro América, en el centro de La Habana, cantó un bolero. Al terminar, dijo: «Este bolero me quedó desafinado, porque hoy me estrené unos dientes postizos. Y a mí me dicen el Bárbaro del Ritmo porque no desafino nunca. Con permiso». En la propia escena, de frente al atónito y refinado público, se sacó la prótesis dental. Claro que, al minuto de volver a cantar, ya nadie se preocupaba por el incidente.

Al Benny lo contrataban siempre porque, hiciera lo que hiciera, era el mejor (…).

Benny era eso que los yanquis llaman un self-made man, muy inteligente y con intuición de sobra, aunque sin educación musical que no fuera la empírica, y muy escasa instrucción general. Pero ahora que lo escribo, reparo en que no era exactamente así. Nadie se hace totalmente a sí mismo y mucho menos puede representar los valores de una importantísima zona de la sociedad solo a través de sí mismo. Esa desaforada visión individualista ignora que el hombre (mucho más el artista) se hace de la tradición, de los valores acarreados consigo, de lo que su entorno y, por supuesto, su percepción de ese entorno le comunican como valores moldeados y modificados por su talento (…).

Simpatizó con la Revolución que ya era declaradamente socialista desde dos años antes de él morir. Teniendo todas las posibilidades para ello, nunca abandonó Cuba. Pero lo recuerdo «choteando» al mexicano Alfonso Arau —luego exitoso director de cine en Hollywood por su versión de Como agua para chocolate (la novela de Laura Esquivel), pero entonces director y presentador en la televisión cubana— al ofrecerle, al estilo soviético, un ramo de flores en un programa, cuando en Cuba las flores solo se regalaban a las mujeres. «Aquí lo han cambiado todo», le dijo el Benny entre risas y ante el embarazo de Arau. O en los tiempos en que era más recalcitrante la propaganda atea en Cuba, anunciar que la siguiente canción era para un amigo suyo y, enseguida, mirar con todo respeto hacia el cielo, y decir: «Camilo, allá va eso». El bolero era una ofrenda religiosa al desaparecido comandante Camilo Cienfuegos, quien fue su amigo personal. Benny, claro, estaba hablando con el alma inmortal del amigo muerto. (…)

Benny, el guajiro pobre y negro, que ascendió por su talento hasta ser el mejor cantante de la historia de un país de cantantes, y que respetó siempre sus valores de origen, resultó por ello entre nosotros un héroe popular. Representó como nadie el alma de la fiesta cubana, pero fue también buen amigo, buen hijo, buen padre y mujeriego: una síntesis de lo que el cubano del pueblo querría ser y podía llegar a ser.

*Fragmentos del libro Por el camino de la mar o NOSOTROS, LOS CUBANOS

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