De paseo por Guanabo

Autor:

Margarita Barrios

Pequeños papalotes con nuestra bandera se multiplican en el aire. Elevarlos es fácil a pesar de la breve brisa mañanera, porque están confeccionados con nailon. Al final del hilo, me place ver manitas de niños y niñas que disfrutan de sus vacaciones en Guanabo, una de las playas más concurridas de la capital cubana.

El muchacho que los vende camina por la orilla del mar pregonando su producto. Le pregunté cómo se le ocurrió hacerlos: «Encontré por la casa unas jabitas de rayas azules y blancas, tenía otras rojas y ahí me surgió la idea. Como en Los papaloteros», me dice sonriente y haciendo referencia a la conocida aventura de la televisión.

Los papalotes forman parte de la gran amalgama de colores, entre sombrillas, pequeñas casas de campaña y cuanta cosa se pueda inventar para protegerse del fuerte sol. La amplia visita a esa parte del Este de La Habana no es precisamente por la calidad de sus arenas y mar —que todavía guardan como reliquia numerosas piedras y cimientos de antiguas edificaciones— sino porque hace años los ómnibus cambiaron su ruta y bajan de la vía blanca por el intermitente, lo cual limita el acceso a otras con mejores condiciones como El Mégano, Santa María del Mar y Boca Ciega, a las cuales solo llegan quienes se aventuran a bajar —y luego ascender— una empinada loma de quizá un kilómetro de sol y pavimento caliente.

Este verano los refuerzos de las rutas de guaguas permitieron un traslado menos traumático que en otras ocasiones, hay que reconocerlo, y ahorró una buena parte del dinero que hay que gastar en «almendrones».

Guanabo, sin dudas, tiene su encanto. Pueblecito pequeño —casi todas las casas particulares con alquileres más económicos que las ofertas de los pequeños hoteles estatales como Playa Hermosa o Gran Vía—, así como una amplia red gastronómica con variedad de precios que hace la estancia más placentera.

De los estatales es de destacar los minirrestaurantes con ofertas asequibles, la heladería con dulces y amplia gama de sabores de helado con precios supermódicos, y la presencia de los anhelados refrescos de diez pesos, casi prohibitivos en otras zonas de La Habana. Mención aparte requiere la pizzería, con una oferta de baja calidad.

Sin embargo, ante el sofocante calor, la ansiedad por «algo frío» aumenta y ahí viene el problema, porque tanto los refrescos como las cervezas amanecen calientes, porque las neveras duermen vacías y se llenan en la mañana. Cambios de turno, falta de gestión, o mecanismos lastrados por la desidia... o quizá de todo un poco, provocan que el resultado negativo se lo llevan los bañistas que tienen que recurrir a la oferta de los particulares, más cara, pero eficiente.

Por su parte, las paladares van desde las económicas «completas», hasta las más sofisticadas comidas criollas o italianas, bares y cafeterías que laboran las 24 horas.

Pienso, y creo que no sería mucho pedir, que podrían regresar los tanques de agua potable donde las personas podían al menos enjuagarse los pies, y quizá —por qué no— pensar en aquellas taquillas que en mi infancia no faltaban en ninguna de las playas cubanas, donde no solo te podías dar una ducha, cambiarte de ropa y guardar pertenencias, sino que también contaban con los «extintos» baños públicos.

De las torres de los salvavidas, desde las cuales ellos tienen mayor visibilidad, solo queda una en la zona del centro comercial. Ello es lamentable porque esas personas son imprescindibles no solo para socorrer a los bañistas si ocurre un accidente, sino para prevenir, orientar ante situaciones de peligro en algún lugar de la playa o en el mar, incluso cuidar del orden.

Que la arena está sucia, pues supongo que no es noticia. Han colocado cestos de madera, pero la indisciplina social hace que muchas veces estén vacíos mientras en la arena yacen los restos de las meriendas y almuerzos, entre otros muchos desechos. Incluso, las botellas de cristal hechas añicos, que se tornan más peligrosas por los pies descalzos o en chancletas. Una carreta recorre la orilla cada mañana, sobre las diez, es decir, a la hora que hay más bañistas. Recoge lo que está en los cestos, lo otro se queda allí.

Por otra parte, la única oferta recreativa de la playa son bicicletas acuáticas y veleros, en CUC. De Guanabo se recuerda con añoranza el cine, los caballitos. Hoy el entretenimiento se reduce, prácticamente, a las pelotas y otras iniciativas que traen los propios bañistas, y a algunas cafeterías que en la noche ponen música, no siempre la mejor.

Como habanera de pura cepa disfruto cada arreglo, renovación o reapertura de instalaciones que marcan tradiciones en la capital. Creo que en ese empeño de rescates y nuevas inversiones Guanabo merece más. Quizá para las próximas vacaciones de verano se vean por allí más proyectos culturales y recreativos, asequibles y necesarios para la familia cubana.

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