Los jueces del mundo

Autor:

Lázaro Fariñas

¿Es posible que un país se pueda destruir solamente por las acciones de un grupo reducido de personas que se lancen a las calles a crear el caos, destruyendo edificios gubernamentales, quemando instituciones estatales, enfrentándose violentamente a las autoridades con cualquier tipo de armas y exigiendo la renuncia de los gobernantes que han sido elegidos por la mayoría, en elecciones limpias y democráticas? ¿Existe algún país del llamado mundo occidental que acepte el desorden, la barbarie, la intimidación y se rinda ante ellas? 

Solamente hay que ver las imágenes televisivas, que durante años han salido a la luz pública, de manifestaciones que se han transformado en violentas en distintas naciones, para darse cuenta de que los órganos represivos de diferentes gobiernos han salido a enfrentarlas para imponer el orden.

Lo hemos visto en Estados Unidos decenas de veces; también en España, Alemania, Inglaterra, Francia, esas naciones que componen lo que se ha dado a llamar como el mundo occidental. Solo un ejemplo: en agosto de 1965 más de 30 000 ciudadanos de la raza negra salieron a protestar violentamente a las calles del barrio Watts, en Los Ángeles, California. En solo seis días hubo 34 muertos, centenares de heridos y centenares de presos. Son estos los que se autotitulan democráticos, y por lo tanto,  se pasan la vida dando lecciones de democracia a cuanto país de este mundo que no les sea afín a sus propósitos, como es el caso de Venezuela y ahora Nicaragua.

A Venezuela no se cansan de criticarla y sancionarla. Ahora piden que la expulsen de la OEA —una institución de la cual el país bolivariano presentó su retiro— y dicen que no reconocen los resultados de las últimas elecciones.

Cada vez que los opositores del gobierno chavista han salido a las calles a crear el caos, los gobernantes de ese famoso mundo occidental y sus medios de comunicación los han aplaudido y han condenado a las autoridades por haber utilizado las mismas fuerzas que ellos han empleado con anterioridad, para imponer el orden callejero.

Ahora le ha tocado a Nicaragua, nación que celebró a finales de 2016 unas elecciones democráticas, en la que participaron seis candidatos y en la que su presidente, Daniel Ortega, salió victorioso, con más del 70 por ciento de los que acudieron a las urnas.  

En esos comicios no quedó margen de error. Ortega ganó ampliamente.  ¡Ah!, pero la oposición no ha podido aceptar esa victoria de los sandinistas y ahora han salido a las calles con una tremenda violencia a exigir la renuncia del Presidente, es decir que, lo que no consiguieron en las urnas, ahora lo exigen con el caos en las calles.  

¿Y qué hacen los gobiernos y los medios de comunicación del mundo occidental? Nada, lo de siempre, lo mismo que hicieron en el caso de Venezuela, apoyar a los revoltosos y condenar a las autoridades. ¿Hipocresía? ¿Haz lo que yo digo, no lo que yo hago?

El presidente Daniel Ortega ha llamado al diálogo nacional, pero a estos elementos de la oposición no les interesa para nada algo que no sea el derrocamiento del gobierno. La derecha de Nicaragua nunca les ha podido perdonar a los sandinistas que estos hayan salido victoriosos en la guerra contra la dictadura de los Somoza, allá en el 1979. Ellos tampoco han podido aceptar las victorias electorales del sandinismo. Siempre salen con la misma cantaleta que utiliza la oposición venezolana, acusando a las elecciones de fraudulentas. Ahora, esa oposición, al igual que la de Venezuela, pide sanciones contra su país y también exige que sea expulsada de la OEA.  

Hace unos días, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, en el mismo recinto de esa institución, condenó al gobierno de Ortega y aplaudió a los creadores de los desórdenes.  Dicen que siempre que pasa lo mismo, sucede igual, por lo tanto, no hay nada que nos pueda asombrar de que el Secretario de Estado actúe de esa forma.

El problema es que las llamadas potencias occidentales se han arrogado el derecho de juzgar al resto del mundo y de imponer sanciones cada vez que les ha dado la gana. ¿Por años no estuvieron los europeos colonizando y esclavizando a los territorios africanos? ¿No tienen los norteamericanos cientos de bases militares alrededor del mundo, algunas como la base naval de Guantánamo, enclavada en territorio cubano y está aquí en contra de la voluntad del pueblo de la Isla? ¿Qué poder divino les ha otorgado a estos países el derecho a ser los jueces del mundo?

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