Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ciudad sentida

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

La Habana es una ciudad de ruidos, me susurró hace unos días Yara, una colega de Radio Sagua, y en sus ojos vi el nacimiento de una crónica sonora, que seguro versará sobre los cláxones que compiten con los pájaros en el cruce de la Avenida de los Presidentes con la populosa calle 23.

Su ocurrencia me recordó a Mileydis, mi alumna más fiel, para quien La Habana es un repiqueteo de piedras que lee a punta de bastón, la huella del polvo en la yema de sus dedos y la integridad de una vida confiada a la gentileza de sus habitantes, porque no todo el mundo es huraño en esta urbe, como suelen decir quienes se agobian con la prisa o el tumulto en millares de esquinas.

Luisa, una «gallega de Galicia», activista de muchas buenas causas, lleva en su corazón una Habana que es todo cambio y reflorecer. Embriagada de sol, se bebe por estos días la ciudad con golosa avidez, y alardea ante sus amigas de ultramar sobre ese don de pasar por nativa, con sus ademanes seguros en el transporte público y su conocimiento de la historia y las luchas cotidianas.

A casi mil kilómetros de la bahía que enamoró al experto Sebastián de Ocampo cinco siglos atrás, una amiga bayamesa de seis años dibuja una Habana de colores gastados e inventa personajes y leyendas, a la espera del día que tomará un tren «nuevecito» para refundarla desde su asombro y conocer el Coppelia «más grande del universo».

¡Hay tantas capitales atrapadas en una misma geografía! La del vendedor de periódicos es fatigosa y familiar. La de las maestras tiene cada año rostros y preguntas nuevas. La que motiva a turistas y estudiantes de otras latitudes a aventurarse en la minúscula lanchita para otear sus márgenes desde Casablanca, tiene una estampa atemporal, surrealista, asombrosamente segura a pesar del bullicio, un contraste mágico que la distingue de cualquier otra ciudad de veraneos.

Quienes la habitamos desde el primer aliento o aspiramos a cerrar los ojos con el salitre de su Malecón, de tanto verla a veces la ignoramos, y en la vorágine del diario sobrevivir olvidamos su fragilidad de dama vetusta, su capacidad de responder al amor con serena complicidad, y al desdén con derrumbes, morales o físicos.

Cuando nos movemos en ella sin sentirla, sus aceras crujen, heridas de amor propio. Pero cantan de afecto sus ventanas si la pensamos con responsable veneración, y esa canción de cuna se recuerda allende el mar con una nostalgia reverente y profunda.

El Doctor Eusebio, el más paciente y Leal novio de La Habana, la ha descrito como una ciudad donde se puede interpretar el mundo. Tal vez el privilegio de compartir sus 500 otoños sea buen pretexto para volver a recorrerla en pasos y lecturas, reinterpretando nuestro mundo interior desde los ecos de sus intimidades.

Si queremos ayudarla a relucir más allá de jardines y fachadas, necesitamos bogar por los cauces de su historia no escrita, interrogar sus monumentos intangibles y recuperar nuestra propia leyenda, desde el primer ancestro que carenó en sus orillas, hasta la nueva generación que la descubre entre pantallas, la multiplica en sus amores y escribe, sin saberlo, su ruta cotidiana hacia el milenio.

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