¿Somos cultos?

En el contexto de la Jornada de la Cultura Cubana, la doctora Graziella Pogolotti regaló a El Tintero una interesante y profunda reflexión

Autor:

Graziella Pogolotti

Ya lo dijo Descartes hace mucho tiempo: pensar es existir. Desde los orígenes de nuestra especie, el pensar creció junto a la capacidad de la mano, a través de un intercambio productivo entre ambos. De ese modo, sobre la base del trabajo, se fue construyendo la cultura.

Aprendimos a observar el entorno para aprender a sembrar en el mejor momento y a estudiar el movimiento de los astros para descubrir las claves de la noche y el día, del invierno y el verano. Advertimos el permanente renacer de la vida para interrogarnos acerca de nuestra condición efímera, de las leyes que rigen el universo y las razones de nuestro destino personal y colectivo. Nos juntamos en sociedad, enhebramos relatos, leyendas y mitos para convertir nuestra experiencia en saber transmisible a las generaciones venideras. Fijamos imágenes en los muros de las cavernas, edificamos viviendas, nos apoderamos del fuego para la cocción de los alimentos y del barro a fin de confeccionar instrumentos utilitarios.

Sin saberlo, estábamos haciendo cultura. Desarrollamos el habla y sentimos luego la necesidad de fijarla en grafías. Todos somos portadores de cultura, adquirida por vía oral, desde nuestros primeros pasos en el núcleo familiar hasta los más complejos vínculos grupales. Ella nutre una memoria hecha de rituales, celebraciones, creencias y tabúes, de valores, dominio de oficios y habilidades. De esa herencia dimana una savia resistente, perdurable a lo largo de las generaciones, que favorece los cambios o se aferra al pasado.

Desde los tiempos más remotos, junto al saber compartido existió otro, monopolio y privilegio del ejercicio del poder. Correspondió al gurú de la tribu, encargado de curar enfermos y descifrar las señales del destino. Con su aparición, la escritura estableció otras fronteras, quebrantadas en alguna medida a partir de la revolución industrial. Las jerarquías se fueron estratificando, a pesar de la aparente democratización, entre aquellos que accedían a los rudimentos indispensables para la práctica de alguna función y quienes alcanzaban los más altos niveles de la formación universitaria. En su concepto más usual y extendido, el término cultura abarca las humanidades, las artes y las letras, componentes de una visión del mundo transmitidos por las vías formales de los sistemas de educación, omnipresentes en la contemporaneidad por su vulgarización, simplificación y capacidad de modelar conductas a través de los medios masivos.

Pueblo nuevo, hecho de sucesivas oleadas de inmigrantes voluntarios e involuntarios, el cubano ha desarrollado una cultura diversa, de raigambre popular y de fuertes rasgos identitarios. El aval histórico de su creación en el orden de las artes, las letras y el pensamiento desborda con mucho las potencialidades de su corta edad, de su extensión territorial y del número de sus pobladores.

Sin embargo, no se ha producido una apropiación profunda de ese legado múltiple, indispensable para definir qué somos y hacia dónde vamos. Las causas de estas insuficiencias son numerosas. Superado como concepción filosófica, el positivismo dejó sus huellas en un modo de leer el marxismo y abrió paso, subrepticiamente, a tendencias pragmáticas y tecnocráticas. Muy difundida, la obra martiana no se ha percibido en su integralidad de aliento humanista. La expansión acelerada del sistema de enseñanza, en lo horizontal y en lo vertical, requiere sedimentarse. Leer no consiste tan solo en descifrar un alfabeto. Hay que aprender también a descubrir los secretos de la música de las palabras, a cazar matices y sugerencias. Es indispensable incentivar la capacidad de análisis, sustituir la frecuente memorización por la facultad de someter la realidad a interrogantes renovadas. Se trata, por tanto, de reformular conceptos pedagógicos, de replantear objetivos atemperados a las exigencias de nuestra sociedad en el contexto del mundo contemporáneo.

La idea de cultura no se reduce a la simple acumulación de datos. La información es necesaria, pero cobra sentido articulada a una visión del mundo sustentada en la capacidad de establecer vínculos entre fenómenos de distinta naturaleza, en tiempos y lugares diferentes. El acelerado ritmo de crecimiento de la ciencia impone, en el espacio de una generación, la rápida obsolescencia de muchos saberes. Más que nunca, como lo consideraron los primeros filósofos griegos, lo duradero se encuentra en mantener viva la curiosidad —el obsesivo por qué de los niños—, vale decir, la inocencia necesaria para cuestionar viejas y nuevas interrogantes.

La Jornada de la Cultura Cubana se asocia al instante inicial de las luchas por la independencia. Los gérmenes venían desde muy atrás, cuando los habitantes de la Isla empezaron a preguntarse acerca de los rasgos que los separaban de los conquistadores. Del reconocimiento del paisaje y de la peculiaridad manifiesta en las costumbres, la mirada se detuvo en «los horrores del mundo moral» consecuentes de la condición colonial. En medio de las contradicciones de la época, hacer cultura fue un modo de hacer patria. Las artes y las letras no fueron ornamento de una clase acomodada. Eran el preludio necesario para fundar una nación. Sus animadores sufrieron persecuciones que llegaron, en algunos casos, al cadalso. El proyecto definitivo, siempre postergado, fue obra de un poeta. Para seguir andando, para superar las dificultades, hay que proseguir desde la cultura, la práctica de repensar el mundo, amueblar el espíritu, dar libre curso a la imaginación y a la creatividad. Fuerzas vivientes de un país joven, cultura popular y letrada interactúan en el interminable proceso de delinear el cuerpo de la nación. Estudiarlas y apropiarnos de ellas en diálogo con un planeta que también nos pertenece, es el único modo de ser verdaderamente cultos.

Graziella Pogolotti nació en París, en 1931, y es una de las más prestigiosas intelectuales cubanas contemporáneas. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 2005 y entre sus libros más importantes se encuentran Experiencias de la crítica, Polémicas culturales de los 60 y El ojo de Alejo. Actualmente preside la Fundación Cultural Alejo Carpentier.

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