Un cuento de escritores

Autor:

Eric Caraballoso Díaz

Joaquín quiere ser escritor. Lleva años intentándolo pero no lo consigue todavía. Ha pasado talleres, cursos especializados, les ha preguntado sus secretos a novelistas reconocidos, sin resultado alguno. Siempre que se sienta a escribir las palabras lo esquivan, se le escabullen. A pesar de su empeño, la hoja permanece tan vacía como su mente.

Un día amanece inspirado y teclea en su computadora: «no tengo nada que decir». Le gusta la frase. Es la primera que logra en meses y siente que lo refleja con profundidad. La repite. La vuelve a escribir. Llena una cuartilla, dos, tres, así hasta que le parece suficiente. Para no parecer repetitivo cambia el tamaño de las letras, la tipografía, el color del fondo. Emplea azarosamente las mayúsculas. Escribe la frase en otros idiomas: I’ve nothing to say, j’ain rien à dire. Cada cierto tiempo relee lo escrito, le hace correcciones.

Luego de varios meses de trabajo, Joaquín se siente satisfecho con su obra, casi feliz. Decide entonces enseñarla a varios amigos, también escritores, que le prodigan palabras de elogio y beben junto a él tragos de ron y de café. Además, le hacen algunas sugerencias que luego él aplica como mejor entiende. O que no aplica. Al marcharse de sus casas le dan palmaditas en los hombros, literalmente.

Días más tarde, Joaquín lee la convocatoria del concurso literario más importante del país. Duda un momento, pero al final se anima y envía su obra. Vence por unanimidad. En el acta final, el jurado lo declara ganador por «su voluntad de experimentación formal que realza los diferentes niveles de significación del contenido» y «por captar con maestría y sencillez los complejos estratos de la creación». Joaquín recibe el premio con su más fotogénica sonrisa.

Pronto lo incluyen en una gira por varias provincias y comparte con otros jóvenes valores y prestigiosas figuras de las letras nacionales. También actúa como jurado en concursos estudiantiles y le solicitan trabajos en varias publicaciones. Después de tanto esfuerzo, siente que flota en una burbuja de felicidad.

Al cabo de un año, su libro es finalmente publicado. En la contraportada se anuncia como una de las obras más renovadoras de la literatura contemporánea, mientras la solapa muestra un retrato suyo con el rostro sin afeitar. Periódicos y revistas acumulan reseñas que hablan de su «estilo depurado» y su «alto valor simbólico». Un crítico muy entendido escribe un ensayo donde lo califica como «la voz más auténtica de una época telúrica e iconoclasta». Llueven los aplausos.

Durante una feria, el libro se presenta en diferentes ciudades y en todas se termina con rapidez. Se decide hacer una reimpresión que igualmente se agota. La obra se convierte en un indiscutible suceso cultural, y Joaquín es entrevistado por corresponsales extranjeros y hermosas estudiantes de Periodismo. En medio de la efervescencia sale incluso por la televisión.

Algunas editoriales se disputan publicar el libro fuera del país, y Anagrama obtiene finalmente los derechos. Joaquín viaja a Europa, participa en un Congreso de Técnicas Narrativas, se toma fotos en la Torre Eiffel y frente al Coliseo. La Universidad de Murcia lo invita a dar un curso sobre Literatura Latinoamericana y en Leipzig diserta sobre el minimalismo y la fusión genérica. Medios alternativos y reputadas páginas del ámbito literario le dedican críticas mayormente favorables. Mientras, su libro escala posiciones en las listas de venta. Así transcurren varios meses.

Sin embargo, ha perdido nuevamente la inspiración. En una conferencia en la Biblioteca Real de Londres, y tras las fotografías correspondientes, un estudiante le pregunta por sus nuevas creaciones. Tomado por sorpresa, Joaquín responde con evasivas. A partir de entonces la prensa se muestra preocupada por este vacío. Comienzan a circular diversos rumores en los corrillos literarios. Para colmo, en Europa se impone la moda de la literatura congolesa y los lectores pierden el interés en su libro. Confundido, decide regresar al país.

En el aeropuerto lo reciben algunos amigos, los no escritores, y algún funcionario menor de la Dirección de Cultura. Este último le estrecha las manos y se marcha rápidamente luego de un pequeño coctel. Tampoco parece haber periodistas.

Tiempo después el silencio en torno a Joaquín continúa. Solo lo llaman para un evento municipal y un programa de radio que se suspende por dificultades técnicas. El mismo crítico que antes lo elogiara, lo nombra en un ensayo donde se refiere a «tendencias insípidas y agotadas». En espera de una reivindicación, se encierra en su casa e intenta escribir. La frustración apenas se lo permite.

Un día amanece inspirado y teclea en su computadora: «tengo mucho que decir». Le gusta la frase. Es la primera que logra en meses y siente que lo refleja con profundidad. La repite. La vuelve a escribir. Llena una cuartilla, dos, tres, siguiendo un procedimiento conocido. Cambia el tamaño de las letras, la tipografía, el color del fondo. Emplea azarosamente las mayúsculas. Escribe la frase en otros idiomas: I’ve a lot of things to say, j’ai beaucoup des choses à dire. Cada cierto tiempo relee lo escrito, le hace correcciones.

Luego de varios meses de trabajo, Joaquín se siente satisfecho con su obra. Casi feliz. Piensa que ha hecho un buen trabajo, que ha logrado un texto de mayor madurez que el anterior. Lo enseña entonces a varios amigos, no solo escritores, y acepta de buen grado las sugerencias que le hacen entre tragos de ron y de café. Incluso, varios críticos y editores se interesan extraoficialmente en el nuevo libro. Después de una época de zozobra, siente que flota nuevamente en una burbuja de felicidad.

Días más tarde, halla la nueva convocatoria del concurso literario más importante del país. No lo duda ni un momento y envía su obra. Piensa que si otros lo han ganado dos veces, él también puede hacerlo. Pierde por unanimidad. En el acta final, el jurado pondera al vencedor por «sus guiños intertextuales y la evidencia de un voluntarismo indispensable en toda producción literaria».

Joaquín, todavía incrédulo, observa desde la distancia el acto de premiación. Un escritor joven y desconocido, posiblemente graduado de algún curso literario emergente, recibe el cheque con su más fotogénica sonrisa. Decide entonces no escribir una línea más sin antes leer el texto que derrotó a su más acabada creación.

Gracias a la prensa, Joaquín conoce que el ganador es incluido en una gira por varias provincias y que comparte con otros jóvenes valores y prestigiosas figuras de las letras nacionales. Sabe que actúa como jurado en concursos estudiantiles y lee trabajos suyos en diferentes publicaciones. Herido en su vanidad, lo imagina entrevistado por corresponsales extranjeros y hermosas estudiantes de Periodismo.

Después de un año, el libro ganador aparece finalmente publicado. Joaquín asiste puntual a su presentación en una feria, y debe precipitarse sobre el mostrador para evitar que se agote antes de comprarlo. Con un poco de orgullo, desecha la firma del autor y pasa por su lado mientras este atiende a una larga fila de afortunados. De reojo, comprueba que su rostro luce mejor afeitado que en la fotografía de la solapa.

Joaquín sale de la feria con la idea de leer el libro instalado cómodamente en su casa. Pero a medida que se aleja del sitio, la ansiedad lo aprisiona. Paso a paso, su deseo se hace cada vez mayor. Finalmente, no puede contenerse y abre la primera página. Luego abre la segunda, la tercera y así, hasta que le parece suficiente. En todas, con diferentes tipografías, idiomas y colores, aparece la misma frase. Una oración que golpea dentro de su cabeza y le corta las palabras de la boca: «no tengo nada que decir, y aun así escribo».

***

El cuento que presentamos hoy a los lectores está compilado en la antología de jóvenes narradores santiagueros Hasta el fondo, publicada por Ediciones Santiago, uno de los sellos del Sistema de Ediciones Territoriales cuyo aniversario 15 estamos celebrando

Eric Caraballoso Díaz (Camagüey, 1976). Periodista, narrador y guionista de radio. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Oriente. Máster en Cultura latinoamericana por el Instituto Superior de Arte. Egresado del Centro de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso. Finalista del Concurso de minicuentos El Dinosaurio, en 2005. Textos suyos han aparecido en revistas como Sic, Caserón y La Gaceta de Cuba.

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