Escribo para todos aquellos que aún juegan - Poesía

Escribo para todos aquellos que aún juegan

Celia nuestra y de las flores, que mereció en 1983 el Premio La Edad de Oro, otorgado por la editorial Gente Nueva, fue la primera de las creaciones de este intelectual que descuella también como promotor cultural

Autor:

Madeleine Sautié Rodríguez

El escritor espirituano Julio Miguel Llanes, quien arriba a 65 años de fecunda existencia, publicó su primera obra casi al final de su tercera década; pero no por haber concebido con cierta morosidad aquella entrega literaria, ha sido escasa su labor creativa. Celia nuestra y de las flores que mereció en 1983 el Premio La Edad de Oro, otorgado por la editorial Gente Nueva, fue la primera de las creaciones de este intelectual que descuella también como promotor cultural, con una ininterrumpida labor al frente de esos espacios de diálogo que han sido los Encuentros de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil y Juvenil, que por más de dos décadas ha organizado y dirigido en su provincia.

La semilla que sembraron en él las circunstancias de su adolescencia, cuando con apenas 11 años abandonó el hogar materno para marchar a las lomas a alfabetizar, germinó más tarde al estudiar Pedagogía y continuar hasta hoy ejerciéndola, a la par de sus responsabilidades como la presidencia de la Uneac de la provincia, durante 20 años. Tal vez por esa vocación sus mensajes llegan siempre matizados con ese bálsamo didáctico que los caracteriza.

—Por sus obras puede inferirse cuánto ama a su pueblo y a Sancti Spíritus. ¿Puede decirse que salda alguna deuda al evocarlos en su literatura? ¿Sucede así también con los personajes históricos cuyas biografías o pasajes particulares de sus vidas recrea usted?

—Amo a mi pequeño pueblo natal de Yaguajay y a la hermosa ciudad colonial de Sancti Spíritus. Sus habitantes también me han reciprocado con gestos y encuentros fraternales y sus autoridades con la condición de Hijo Ilustre y el Escudo de la Ciudad, respectivamente. Al evocarlos, más que saldar una deuda, trato de revivir un momento esencial de sus historias, siempre en consonancia con el presente. La historia me sirve para iluminar el presente. Por ejemplo, cuando escribí Canción para una sonrisa reconstruí la batalla de Yaguajay en dos tiempos que interaccionan (el real escenificado por Camilo y sus combatientes, y el de ficción representado por los adolescentes que realizan la toma simbólica del cuartel). Al hacer mi novela Paquelé mezclé personajes reales y de ficción en un momento crucial de esclavitud y formación de la nacionalidad, encuentros con las raíces del racismo y de la identidad que nos ayuda a comprender mejor el presente. Abordar a personajes históricos o culturales es un riesgo, pero también una necesidad. La vida precisa de símbolos; sin embargo, trato de pintarlos con todos los colores, de no idealizarlos, para que le sean más entrañablemente humanos al lector.

—¿Cómo nació Paquelé?

—La obra nació como respuesta a una situación creada dentro y fuera de nuestro país: me molestaba cómo en muchas novelas y telenovelas los personajes negros eran dibujados como seres sin pensamiento propio, sin una sicología y una sensibilidad. Paquelé es un adolescente negro criollo, esclavo doméstico, luego calesero, que en un difícil aprendizaje comienza a ser cubano, construyendo sus primeras identidades, amando a Sancti Spíritus hasta en sueños. El libro nació a partir de una investigación de varios años en los archivos históricos de esta ciudad colonial, de los contextos históricos, sociales, arquitectónicos y culturales de esa época. Su génesis coincidió también con un momento difícil de Cuba y del mundo: la caída del socialismo en los países de Europa del Este y el período especial en Cuba.  Paquelé fue mi búsqueda personal. Mi asidero a las raíces para poder comprender la realidad del momento.

—¿Qué opina sobre la visión de la historia por medio de la literatura?

—Desde los tiempos de Herodoto, reconocido como Padre de la Historia, narrativa e historia vivieron en magnífica armonía. Incluso a la historia se le pedía que fuera expresada con belleza literaria. Después la vida las divorció. Y la historia se convirtió, en la mayoría de los casos, en un aluvión de fechas y datos carentes de emotividad, generalmente poco amenos.

«Hay en estos momentos una especie de boom universal de las narraciones históricas. Con el surgimiento de una disciplina de la Historia Social denominada microhistoria, que favorece el reencuentro de la novela y la historia. Soy un enamorado de la historia, pero también un ferviente convencido de la necesidad de contarla de una manera más vívida. Eso quizá explique mi reincidencia en la escritura de obras como Paquelé, Sueños y cuentos de la niña mala y Las palomas de Guillén.

—¿Se explota lo suficiente en las enseñanzas la literatura para apoyar el aprendizaje de la historia?

—La literatura, usada de una manera creadora, puede aportar un aprendizaje más entrañable por la vía de emociones y sentimientos. Creo que todavía no son utilizadas en las escuelas sus potencialidades en este sentido; sin embargo, en los últimos tiempos se notan ciertos avances: Paquelé y Sueños y cuentos de la niña mala, por ejemplo, fueron solicitadas por el Ministerio de Educación, y Pueblo y Educación las editó masivamente para las bibliotecas escolares del país.

—En el proceso de creación, ¿cuándo se unen el maestro y el escritor?

—En mi vida el maestro y el escritor siempre están unidos. La escritura es también una forma esencial del magisterio. Si la didáctica es importante en todo conocimiento humano, el exceso de didactismo lastra la pedagogía, empobrece la vida, mata la literatura. Me gusta enseñar sin moralina, hacer pensar sin poses de consejero.

—¿Para quién escribe usted?

—¿Para quién escribo? Fue una interrogante que me hicieron una vez como parte de un panel de escritores. Cada uno de nosotros dio una visión diferente; sin embargo, con el transcurrir del tiempo me he dado cuenta de que textos míos son disfrutados por niños y adultos que nacieron en Cuba, Finlandia o el desierto de Atacama, hace muchos años, ayer y hoy mismo. Quizá por eso puedo decir: Definitivamente, escribo para todos aquellos que aún juegan y también para los que no han perdido la capacidad de ensoñación. Para un niño universal, de cualquier edad, que necesariamente se transforma con el tiempo, para ese niño que necesitamos y llevamos dentro.

—Usted hablaba de lo importante que es tener un proyecto. ¿Cuáles son sus proyectos actuales?

—Un proyecto da sentido a la vida. Puede tener nombres variados: amor, familia, patria, trabajo, amistad, escritura…. Trabajo en una novela sobre Trinidad en el siglo XIX. Esa ciudad es un testimonio de patrimonio e identidad. Mirarla con una lupa es como observar a Cuba de pies a cabeza. Llevo seis años investigando. Ahora escribo. Me resulta bastante compleja. Para darme impulso y continuar he leído en dos ocasiones textos de ella al público trinitario. Algún día la terminaré junto con los fantasmas que me circundan. No digo más. Hay otros textos paralelos, más sencillos, que creo puedo ir escribiendo.

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