La pública intimidad (I)

El irrespeto a la privacidad en las redes sociales se ha vuelto un fenómeno muy preocupante

Autor:

Amaury E. del Valle

El video se esparció como pólvora entre todos los conocidos, e incluso entre quienes ni siquiera ella pensaba que podrían conocerla. El fenómeno llegó a ser tan preocupante, que pronto era una «celebridad» en la escuela debido a la dichosa grabación de la fiesta.

Esa repentina popularidad, si bien la molestaba, de cierta forma halagaba su ego de muchacha retraída y en quien pocos se fijaban, pero que ahora empezaban a mirar con cara diferente desde que las imágenes provocativas de ella bailando muy «desenvuelta» llamaran la atención.

Lo que nunca sospechó es que el video, colgado en YouTube y posteado por varios «amigos» en Facebook, llegara a ser tan popular que incluso su mamá lo viera por casualidad en el muro (espacio de interacción entre usuarios) de otro «amigo» que no sabía…

Ahora se arrepiente una y otra vez de haber ido a la fiesta diciendo una mentira, de haber bebido más de la cuenta, de desinhibirse y bailar casi hasta quedar como Eva para ganarse el favor del «público»… Pero sobre todo llora amargamente la idea de alguien de grabar todo aquello y «compartirlo» en las redes sociales, lo cual ha abierto un cisma en su familia.

Sé que sabes que yo sé

La anterior pudiera ser una historia ficticia, si bien es real. Y es posible recrearla sin nombres, ubicaciones o hechos concretos, porque se ha vuelto tan común que muchos podrán verse reflejados.

La «pública intimidad» que hoy se ha apoderado del uso que hacen no pocos usuarios de las redes sociales se ha vuelto un fenómeno tan alarmante, que han comenzado a proliferar en varios países iniciativas para ponerle coto a esa develación de detalles personales y de la propia vida en que se han convertido Facebook, YouTube, Twitter y otras redes sociales.

Útiles para comunicarse, encontrar personas, apoyar causas, movilizar, y hasta como terapia para los tímidos y retraídos, las redes sociales tienen múltiples bondades que algunos se afanan en empañar con sus actuaciones, cuando menos «poco discretas».

El fenómeno no solo es preocupante por la actuación propia de quienes exponen su vida al escrutinio público, colgando fotos, videos o compartiendo con otros su estado de ánimo, cambios de pareja y hasta lo que almorzaron o desayunaron ese día.

Hay un lado más oscuro y es el de aquellos que, sin pedir autorización a nadie, revelan actos sociales y hasta íntimos de otros.

No faltan así los que, creyéndose a veces que hacen un favor, o tomándolo como una broma —sin darse cuenta que es de muy mal gusto— te «etiquetan» en fiestas, celebraciones, comidas, espacios públicos o privados, y hasta en reuniones en las cuales se han quedado dormidos.

¿Con qué derecho lo hacen? ¿A quién piden autorización? ¿Saben el daño que pueden provocar? ¿Le preguntaron siquiera al aludido si quería que su imagen y actos fueran expuestos? ¿Han calculado las consecuencias de sus indiscreciones? Sobre todo, habría que preguntarse quién le dio derecho a ese otro de hacer pública su intimidad sin siquiera consultarlo antes.

Me exhibo luego existo

Paula Sibilia, catedrática en la Universidad Federal Fluminense en Río de Janeiro, y autora del libro La intimidad como espectáculo, aseguró en una entrevista concedida a la cadena de noticias CNN en español, que «en las últimas décadas la forma de construir la identidad cambió. En la sociedad del siglo XXI, la llamada sociedad del espectáculo, es cada vez más importante ser visto. Una persona existe en tanto la gente nos ve y sabe lo que hacemos. Por ello para muchos una parte de la vida en Internet consiste en mantener al día nuestra imagen en las redes sociales».

La investigadora señala, al analizar las influencias en este fenómeno, que el mismo se mediatiza en buena medida porque «pertenecemos a una sociedad que presiona para que nos construyamos como imágenes que posteriormente podemos vender en el mercado, como reputación, cantidad de amigos o seguidores».

Así, sugiere, muchos se crean perfiles ficticios que, en realidad, «son personajes construidos a partir de los posts que colocamos, de las fotografías y de los videos que subimos».

La cara negativa de esa construcción solo se descubre cuando la misma intimidad que ha ido revelando y construyendo la persona como si fuera su verdadero yo, comienza a volverse en contra de ella, cuando una foto o video que creyó no tendría mayores consecuencias le provoca una situación incómoda.

Algunos optan por la opción de «borrar» ese contenido incómodo, aunque este nunca desaparecerá totalmente, pues es imposible predecir cuántas personas lo han visto, copiado y reenviado antes de que nosotros creamos que lo hicimos desaparecer con un par de clics.

Otros prefieren manipular las opciones de protección de la intimidad que, presionado por el público y las autoridades, han tenido que instrumentar redes sociales como Facebook, donde nadie puede «etiquetarte» o publicar un contenido en tu muro si uno establece barreras para ello.

Pero eso no impide que otro publique en su página fotos o videos donde tú apareces sin tu consentimiento, o haga un comentario injurioso sobre ti, en cuyo caso solo nos queda la improbable acción de «denunciar» esta violación a Facebook y esperar a que actúe en consonancia, mientras las horas y días pasan.

Incluso, si tenemos en cuenta que según estudios el número promedio de «amigos» que tiene una persona en Facebook es de 120 a 200, y aun cuando tratemos de cerrar a «comentarios» y «etiquetas» nuestro muro, habría que preguntarse ¿qué tan privado puede ser algo que se publica en una página con tan pocos términos de privacidad y con acceso tan sencillo a la información de los otros?

Voyeurismo digital

Algunos sugieren que la mejor manera de proteger nuestra intimidad, sin renunciar por ello a las utilidades innegables que brindan las redes sociales, es ante todo tomar conciencia de lo que puede significar para nosotros mismos exponernos al creciente «voyeurismo digital».

Así, las recomendaciones de no indicar datos personales como dirección, trabajo o teléfono, utilizar contraseñas difíciles de adivinar o evitar exponer nuestro correo electrónico, son elementos primarios indispensables para cuidarnos en ese indiscreto mundo.

Tampoco hay que olvidar que herramientas o sugerencias aparentemente ingenuas que ofrecen sitios como Facebook, las cuales incitan a brindar información sobre gustos, aficiones o preferencias, pueden acarrearnos sufrir un bombardeo de publicidad no deseada relacionada con los datos suministrados.

Otra sugerencia es evitar brindar información sobre la situación laboral, familiar, futuros planes, viajes, lugares donde se ha estado o con quién se ha departido, mucho menos si antes no pidió el consentimiento de los involucrados, o no calculó si esto los puede afectar de una u otra forma.

Igual sucede cuando se suben fotos o videos sin restringir quiénes serán las personas que tendrán acceso a las mismas; y por supuesto que se impone verificar bien de quién se trata antes de añadir un nuevo contacto a tu lista de amigos.

En un mundo cada vez más globalizado y virtual, donde los secretos han dejado de ser secretos y sus dueños empiezan a revelarlos, a veces de forma irresponsable y sin medir consecuencias, es indispensable respetar, pero también hacer que se respete nuestra propia y la ajena intimidad.

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