Más allá del instante decisivo

La manipulación de imágenes fotográficas, facilitada por las técnicas digitales, muchas veces se realiza con fines que nada tienen que ver con la belleza

Autor:

Amaury E. del Valle

Un presidente europeo que es adelgazado mientras viaja en una canoa, la prueba de un misil que es multiplicado por varios para exacerbar ánimos guerreristas, una famosa modelo a la cual le quitan el ombligo en una publicidad…

Estos son apenas algunos ejemplos de la manipulación fotográfica, un mal que si bien para algunos es arte, para otros se ha convertido en una forma de distorsionar con múltiples fines la realidad.

Según recoge la historia, fue el fotógrafo inglés Henry Peach Robinson (1830–1901), el primero en realizar un fotomontaje en 1857.

Ese mismo año el sueco Oscar Gustave Rejlander, con su obra Two Ways of Life (Los dos caminos de la vida), conmocionó a la opinión pública por la polémica que desató al exponerla en Manchester, Reino Unido.

En el montaje combinó una treintena de negativos diferentes de fotografías de grupos, que luego fue montando y revelando conjuntamente para crear una imagen totalmente nueva.

Las técnicas del fotomontaje y la manipulación posterior de las imágenes, que pronto se hicieron famosas en todo el mundo, y que contribuyeron de cierta forma a elevar a la fotografía a manifestación del arte, llegaron incluso a utilizarse por muchos plásticos del Movimiento Dada, como George Grosz en 1915, John Heartfield, Hannah Höch, Kurt Schwitters, Raoul Hausmann y Johannes Baader, entre muchos otros.

Pero de ahí a usarla para distorsionar la realidad con fines mucho más comerciales y hasta políticos iría un gran trecho, que hoy se ha ido acortando mucho más con las facilidades que ofrecen la fotografía digital y los múltiples programas informáticos de procesamiento de imágenes.

Estética y también ética

La «clonación» totalmente chapucera de varios misiles durante unas pruebas armamentísticas en suelo iraní, aparecida recientemente en varios diarios europeos; los cambios de posición de George Bush (padre) y Margaret Thatcher en una foto «oficial» para componer una imagen más acorde con  los intereses estadounidenses; o la recreación exagerada de la explosión provocada por el ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, son algunos ejemplos de la manipulación fotográfica en la prensa mundial.

Casos famosos, llamativos y hasta burdos de manipulación fotográfica en los medios, como las del encuentro entre Francisco Franco y Adolf Hitler en 1940 en la que el dictador español aparecía originalmente con los ojos cerrados y la boca abierta, demuestran que el fenómeno no es nuevo ni propio de la era digital.

No obstante, si bien la manipulación ha sido más aceptada en la fotografía comercial, con fines especialmente publicitarios, en los últimos tiempos se ha convertido en un instrumento maleable en manos del poder de los grandes medios, que no solo llegan a extremos tales como trucar imágenes, sino que a veces con «ediciones» intencionadas realzan un plano o sacan a destaque un detalle que caracteriza o descaracteriza un personaje o hecho noticioso.

Como afirman los investigadores Diego Caballo Ardila y su hijo Daniel Caballo Méndez, ambos periodistas y profesores universitarios españoles, muchas veces la manipulación como tal es desatada «por presiones del medio, ya sean por algo político, ideológico o económico», mientras que cuando el verdadero fotógrafo retoca una imagen «suele ser por una cuestión estética».

Así los expertos diferencian manipulación del retoque de una imagen para restaurarla, enfatizar los colores, temperatura, claroscuros o simplemente para darle un «corte» que la realce, como sucedió con la emblemática imagen del Che tomada por Korda.

Mucho ruido, poca originalidad

Un equipo de informáticos de la Universidad de Albany, en Nueva York, Estados Unidos, desarrolló recientemente un nuevo método que permite identificar los fotomontajes más precisos, midiendo las cantidades de «ruido» desiguales, y descartando de este las provocadas por el sensor de la cámara o el proceso de posprocesamiento.

El ruido, equivalente digital al grano de la película fotográfica, generalmente es invisible al ojo humano, y puede estar provocado por la temperatura y condiciones térmicas en el momento de tomar la imagen, la saturación del sensor, la cuantificación, compresión y transmisión de los datos, entre otros múltiples factores.

Por ello, los investigadores se propusieron detectar la parte acoplada a la composición a través de las inconsistencias en las variaciones del ruido, pues siempre que se manipula una foto digitalmente, se alteran las características propias de los píxeles, con resultado antinatural.

Según explicó a la prensa el informático Siwei Lyu, coordinador del trabajo, «aunque puede que el ojo humano no sea capaz de apreciar cambios tan sutiles, se pueden recoger fácilmente con algoritmos computacionales».

Lo más interesante del nuevo programa, que pronto podría ser comercializado, es que logra discernir entre la toma natural de una fotografía, donde las variaciones de ruido en las diferentes zonas suele diferir solo un poco, de la inconsistencia en las variaciones del ruido que se convierte en evidencia inequívoca de la manipulación cuando se llevan a cabo montajes.

Con Shrek y también Shakira

Muchos son los que creen que poseer un equipo de fotografía, máxime si es digital, los convierte de hecho en artistas de la imagen, e incluso se consideran ellos mismos en esa categoría cuando aprenden algunas herramientas básicas de edición digital.

No se trata solo de programas sofisticados y muy completos como Photoshop o Gimp, este último un software libre, y ambos muy apreciados por su profesionalidad.

Incluso en Internet existen múltiples sitios que ofrecen opciones accesibles para hacer «editores» a los aficionados, convirtiendo en un negocio el anhelo de muchos de retocar sus fotos o las de familia y amigos, o el de darles una presentación más artística y a veces hasta atractiva.

Pero lo que para algunos es afición o deseos de aprender algo nuevo, para otros es también un negocio que, en no pocas ocasiones, descansa en el desconocimiento y hasta la cursilería predominante en muchas manipulaciones de imágenes.

Montajes de niños al lado de conocidos dibujos animados, de quinceañeras con artistas famosos, y hasta «retoques» de caras para eliminar el acné, de barrigas demasiado sobresalientes o el agrandamiento de bustos que aún no han desarrollado, se han convertido en carta de presentación de muchos fotógrafos, que confían más en los retoques que en la originalidad artística de una imagen.

Los hay que ofrecen fotomontajes que incluyen presentaciones en forma de revistas o libros, y hasta quienes incluyen paisajes en ciudades ajenas o vestimenta que en realidad nunca llevaron los protagonistas de la imagen.

La manipulación, que pasa del necesario y hasta disculpable embellecimiento de una imagen o persona, en aras de que esta quede lo mejor posible para la posteridad, ha tomado límites insospechables, y lo más preocupante es que se ha convertido en una especie de «moda».

Esta repetición de esquemas y clichés, donde parecen engancharse por igual fotógrafos y fotografiados, puede hacer que muchos distorsionen el verdadero sentido de la fotografía, perdiéndose en el camino la originalidad.

Y es que pocos son los que todavía descansan sus ofertas y demandas en el verdadero oficio de captar lo que Cartier Bresson, uno de los padres de la fotografía contemporánea, llamó el «instante decisivo».

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