Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Amores de guerra

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Julio de 1999, Holguín, motel Los Pedernales. Yo estaba en viaje de trabajo, en plena inscripción como huésped de ese hermoso lugar. Se abre la puerta del salón y entró una deslumbrante joven con un andar tan delicado como sensual, esbelta y delgada.

Era imposible ignorarla. Cuando organizaba mis ideas para decirle alguna cosa, me sorprendió preguntándome la hora. «Casi las siete de la noche», le respondí con pocas palabras. «Hora de comer», me dijo ella. «Y casi de dormir», le dije yo.

Después de muchas horas de recorrido en auto desde La Habana, el cansancio y el hambre compiten entre sí. Al llegar a mi habitación, atiné a acomodar los bultos y a salir, sin perder tiempo ni quitarme el uniforme, para el restaurante. Por el camino me la encuentro y me recuerda que, según yo, era hora de dormir. Una sonrisa maliciosa disfrazada de bondad se me escapa y la invité a desayunar.

Asombrada y atónita, indaga por qué a desayunar y no a comer, que era lo más inmediato. Entonces le expliqué que el secreto de la invitación a desayunar está en que para ello debíamos pasar la noche juntos, y eso incluía comida y otras actividades nocturnas de recreación en el motel.

Una carcajada, seguida de su incontenible risa, brotó de conjunto con la palabra «acepto». Inmediatamente me dispuse a asumir los retos de mi invitación: Comida juntos, baño independiente, conversación de reconocimiento y piscina de madrugada fueron los complementos que hasta las dos de la mañana formaron parte de la invitación a desayunar. Luego llegó el momento de to be or not to be… y decidimos to be.

Todas las ideas se expresaron en caricias, besos y abrazos. Solo el deber y el Sol hicieron que nos levantáramos cerca del amanecer y, finalmente, desayunáramos juntos. Ambos trabajamos todo el día y en la noche buscamos nuevos motivos para desayunar juntos. Gracias al calor del verano, nuestro motivo de amor iniciaba en las noches, metidos en la piscina para luego secarnos en su habitación.

Nunca supe su nombre real. Ella de mí sí supo todo lo que pude decirle en cuatro días, excepto que me enamoré como un adolescente de una joven con un trabajo enigmático de la que no volví a saber jamás. Me pasé el resto del verano tratando de localizarla, pero fue en vano. Todavía guardo la postal que me regaló la última noche. (Enviado por Yoan Manuel Sendoya)

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