Modelos de pareja

Nada apunta hacia la desaparición de la pareja humana; más bien se habla de ruptura y distanciamiento con modelos que ya no se perciben como funcionales ni para los individuos ni para la sociedad

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Víctor Manuel Velázquez

La relación de pareja constituye el vínculo interpersonal más complejo del ser humano. Al decir de la doctora Lourdes Fernández, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, es la más íntima de las relaciones y también la más difícil de satisfacer.

Durante siglos la familia fue ante todo célula económica para organizar la vida y criar a los hijos. Marido y mujer se necesitaban como ayudantes en esas tareas y solo después como individuos.

Al hombre y a la mujer modernos esta situación no les satisface: lo anímico funciona hoy como estrato principal de lo familiar. A la hora de formar o mantener pareja hoy pesan más la necesidad de compartir gustos, preferencias y proyectos en común, las muestras de afecto, el respeto mutuo y el establecimiento de una intimidad profunda, pero a la vez se potencia la búsqueda de una interrelación más democrática y una comunicación más funcional y afectiva, además del deseo de disfrutar plenamente el romance y lograr mayor satisfacción psicológica, algo que determina en buena medida la calidad y perspectivas del vínculo.

A pesar de esos retos nada apunta hacia la desaparición de la pareja humana; más bien se habla de ruptura y distanciamiento con modelos que ya no se perciben como funcionales ni para los individuos ni para la sociedad.

Sin ánimo de «clasificar» las uniones (cada relación es única e irrepetible) dedicaremos dos páginas de Sexo Sentido a describir estos modelos para contribuir a incrementar la cultura que sobre este tema demanda la juventud cubana actual.

Dos cuerpos, un alma

La doctora Fina Sanz asegura que las formas de vivir el amor y de relacionarnos están ciertamente condicionadas por la estructura social imperante en cada época, sus demandas y asignaciones, pero también influye nuestra subjetividad individual.

En la literatura científica sobre el tema hay consenso en cuanto a la existencia más o menos definida de tres grandes modelos de pareja, aunque con matices hacia su interior. El primero se conoce como modelo cerrado o tradicional, pareja dependiente o modelo de inclusión, y es el más arraigado aún en la sociedad moderna, pues ha sido favorecido por la cultura occidental patriarcal desde hace muchos siglos.

Generalmente se «vende» a través de la literatura y el cine como paradigma del amor romántico ideal. Los límites psicológicos a lo interno de la pareja resultan difusos mientras que los límites entre la pareja y el exterior son excesivamente rígidos: una especie de fusión centrada en el «nosotros» que invade todo el espacio personal.

En este modelo autoritario ambos miembros de la pareja se pertenecen y controlan, pero uno de ellos (casi siempre la mujer) se subordina al poder del otro, acata prohibiciones y asume una actitud pasiva y sumisa. Cualquier infidelidad (sexual o psicológica) se vivencia como un conflicto que puede llevar a la ruptura de la relación.

En este modelo suele faltar sentido de la identidad personal: se dificulta saber «quién soy», «qué quiero» y «qué me gusta», porque ambos tienden a definirse en relación a la pareja a la que pertenecen. Sus defensores creen que las relaciones sexuales resuelven todos los problemas, y ven el empleo de tiempo libre en proyectos o aficiones personales como señal de rechazo o apatía. Para colmo, los roles de género se complementan rígidamente (ella en la casa, él en la calle), y a veces se polarizan al extremo de creer que la maternidad exime a la mujer de los cuidados personales tanto como la carrera del esposo lo libera de ciertas obligaciones paternales.

¿Qué ofrece, en apariencia, este modelo tan acatado? Seguridad afectiva, comodidad, felicidad… y aunque no siempre se garantizan, si ambos están de acuerdo con su forma y dinámica, el modelo puede funcionar.

La crisis sobreviene cuando las reglas hermetizan el vínculo y no dan cabida al cambio (ni en la pareja ni en el entorno), lo cual genera frustración, hostilidad, monotonía y sensación de estar atrapados. Si uno de los miembros no acepta este malestar y pretende reivindicar su espacio, se desencadena el conflicto.

La otra cara de la luna

Como es lógico, muchas mujeres modernas no están conformes con el papel sumiso que ese modelo reserva para ellas. Al participar más activamente en la sociedad y ser capaces de valerse por sí mismas, ellas reclaman igualdad de derechos y defienden un mayor espacio de crecimiento personal.

Así surge sobre los años 70 del pasado siglo el modelo abierto. Totalmente opuesto al anterior, este promueve una ruptura radical de los viejos estereotipos y enarbola como valores esenciales el respeto a la privacidad e intimidad del otro, la tolerancia hacia las diferencias individuales, la igualdad, la independencia y la autonomía.

Este convenio exige poco compromiso en la conformación del vínculo afectivo (está bien tener amistades y diversión fuera de casa), defiende distintos puntos de vista y asume que no todas las necesidades se satisfacen exclusivamente dentro del marco de la pareja.

Al no quedar definido el espacio interpersonal, tampoco hay relaciones de poder: ambos son libres de tomar decisiones (sin importar cómo repercuten en el otro) y para colmo el grado de intimidad es muy pobre entre ellos, aunque a veces resulta excesivo con terceras personas.

Este suele ser el modelo asumido por quienes prefieren aparentar no tener pareja o quieren vivir solos. Suele también establecerse tras una ruptura amorosa difícil y es el ideal para contactos eventuales, con pocos objetivos comunes y derecho a separación inmediata sin cargo de conciencia.

Aún con todas esas «bondades», el modelo abierto no parece ser la alternativa más satisfactoria para la pareja joven cubana.

Un proyecto así evidencia temor a la entrega, sus participantes eluden todo lo que huela a compromiso y de algún modo ponen de manifiesto ciertos sentimientos de inseguridad. Cuando existen hijos, estos crecen sin un claro modelo de identidad y no logran explicarse en definitiva qué une —o separa— a sus progenitores.

Según comentan varios autores, es interesante el modo en que mucha gente joven se sorprende al poco tiempo deseando cerrar la pareja para no compartirla con nadie y construye espacios afectivos en común para asegurar la continuidad del vínculo (en lo cual tiene mucho que ver también la actual epidemia del VIH).

La doctora Patricia Arés, de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, comenta al respecto: el costo psicológico de esta propuesta es que el matrimonio abierto genera miedo a la intimidad e impide a muchos entrar en una auténtica relación de pareja por temor a la fusión, a la anulación de las fronteras del yo. Sin embargo, la tendencia a distribuir en sí todas las emociones del amor conduce al vacío interior, a la resignación profunda y al sentimiento de falta de sentido en la propia vida.

¿Qué va quedando entonces? Una postura intermedia matizada con rasgos de ambos extremos y construida a imagen y semejanza de las expectativas de muchas parejas actuales, entre quienes predominan la cohesión emocional, el sentido de pertenencia y la democracia al interior de la relación. De ese modelo, llamado intermedio o transicional, hablaremos la próxima semana.

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