¿Se quema mi familia?

Cuando algo tan natural se trata de ocultar, por vergüenza o desconocimiento, es más difícil alcanzar la madurez necesaria para ver el sexo como una necesidad y un derecho ajeno

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Yanela Gómez Pérez

Daba lo mismo si eran jóvenes o no; lo que hacían se burlaba de las vejeces, de la muerte. Frank Padrón, en el libro El secreto demonio de los ángeles

La puerta estaba cerrada y la adolescente no tocó antes de entrar. Los cuerpos entrelazados buscaban el placer más allá del sexo, en un diálogo mudo entre quienes se aman y saborean aún después de diez años de matrimonio.

Han transcurrido dos meses y aún es como una pesadilla que se empeña en latir en su memoria. Ella no deja de reprochar a sus padres, quienes no encuentran el camino para un diálogo de alivio y entendimiento con la muchacha.

En el difícil recorrido que implica educar, a veces hay que enfrentar el egoísmo de quienes se niegan a comprender que también sus mayores son seres sexuados, con necesidades de afecto y placer conyugal.

Sobre esta realidad dialogamos en la ciudad de Sancti Spíritus con diez jóvenes de entre 18 y 24 años. La mayoría asume que sus padres tienen una vida sexual activa y lo ven como algo positivo. Solo cinco comenzaron a cuestionarse el asunto al convertirse en personas sexualmente activas (antes veían caricias y besos, pero no pensaban en eso). Otros lo «descubrieron» cuando, tras el divorcio, sus progenitores tuvieron más hijos con nuevas parejas.

Dos estudiantes de la especialidad de Cultura Física dijeron no saber nada al respecto, a pesar de vivir en la misma casa. De hecho, no están seguros de que eso les interese… ¿Por qué tanto misterio de mamá y papá?

Un técnico de nivel medio en Contabilidad opinó al respecto: «Eso es importante para la familia porque la convivencia es mejor y ambos se sienten más felices en su vida cotidiana. Me siento bien cuando mis padres se dan muestras de cariño y conversan sobre sus emociones estando yo presente».

Sin embargo, las madres solteras corren mayor riesgo de que en casa no admitan su nueva vida sexual. «Soy hija única y siempre vi cualquier relación de mi mamá como un problema», confiesa una colega. «A los 12 años comencé a entender algo, pero no a aceptarlo de verdad. Aún hoy, con 24 años, comprendo su necesidad de pareja, de cariño, afecto, placer… pero lo sigo viendo como un robo de mi espacio».

En el diálogo afloraron criterios acerca de una supuesta inactividad sexual después de los 40 años, pero una joven insistió en que la edad no determina el deseo: desde pequeña podía percibir muestras de amor entre sus abuelos —a pesar de la artrosis de ella y las incoherencias mentales de él—, y hoy se pregunta si todavía no habrá algo de sexo.

Un estudiante de Medicina afirmó que la edad influye en el comportamiento sexual más adelante, pero no quiere decir que este desaparezca. «Mis padres se dicen que se quieren y se regalan flores. Como matrimonio tienen sus necesidades y el sexo es una forma más de cultivar la relación».

¿Antes o después?

Al parecer, la comunicación sobre sexo mejora después que las generaciones más jóvenes comienzan a vivir con sus propias parejas: «Me siento satisfecha de poder hablar con mi mamá. Le pido consejos y compartimos nuestras inquietudes», contó una estomatóloga recién graduada.

Una estudiante de quinto año de Medicina comentó: «Mis padres se divorciaron y tienen otras parejas. Yo soy el punto en común, pero es lógico que también necesiten su privacidad». Para ella, aceptar la vida sexual de su mamá es una forma de lograr que confíe en ella y le da seguridad para contarle aspectos de su propia experiencia. «Como no me oculta los sentimientos hacia su pareja, se ha creado una complicidad que nos une más», añadió.

El profesor Rafael Wert Téllez, director del Centro de Orientación para Jóvenes, Adolescentes y Familia en esta provincia (Cojaf), afirmó que el 95 por ciento de las consultas que brinda esa institución (cerca de 700 anuales) es a familias en las que hablar de sexo constituye un tabú.

«Los adultos prefieren excluir a sus jóvenes de este tópico y truncan esa necesidad primaria de escuchar, de saber que sus progenitores sí tienen relaciones sexuales. En vez de minimizarlas, deberían atribuirle la debida importancia a sus vidas sexuales en su propio hogar», aconsejó Wert.

No es de extrañar entonces que la mayoría de los casos que se atienden en la institución cuenten que se enteraron cómo son las relaciones sexuales por amistades, libros o videos, no por boca de su familia, lo cual limita sus posibilidades de conocer estilos amorosos más afines y auténticos.

Si se les ocultan las expresiones de ternura y hasta el erotismo «ingenuo» de un beso, luego reproducirán ese patrón en sus futuros vínculos afectivos. Esa falta de expresividad puede traerles problemas con sus parejas potenciales o generar dudas sobre sus emociones. Así el ciclo de la incomunicación se reproduce también.

Para que se asimile desde la infancia la conducta sexual de los mayores, el tema debe tratarse como algo normal —sin extremismos, por supuesto. Es necesario hablar de la felicidad que proviene del sexo matrimonial y mostrar cómo repercute en otras esferas de la vida hogareña.

Como psicólogo y profesor universitario, Wert advierte que en los hogares donde convive más de una generación puede que las personas se cohíban porque es difícil lograr privacidad para las relaciones sexuales, pero si hay confianza y comunicación se pueden tomar precauciones y no importunar a nadie en el ejercicio de su placer.

En cambio, cuando algo tan natural se trata de ocultar, por vergüenza o desconocimiento, es más difícil alcanzar la madurez necesaria para ver el sexo como una necesidad y un derecho ajeno. El trauma entonces no está en «sorprender», sino en descubrir que no nos prepararon antes.

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