El amor es quien ve

Con sus conceptos, Martí nos hace ver que el puerto seguro donde recalar nuestras naves en tiempos de tormenta, es el hogar construido con amor, y que la relación de pareja debe cultivarse desde la más clara sinceridad para hacer de la unión de dos seres algo tierno y valioso

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Jorge Sánchez

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Cintio Vitier

No existe un campo de la vida humana que ese cubano enorme, nuestro José Martí, no explorase. Junto a su pasión por la libertad de Cuba y la emancipación de su pueblo, hubo otros amores muy bien cultivados desde su corazón, que marcharon de forma paralela en su corta, pero fructífera vida, porque «el sufrimiento es menos para las almas que el amor posee».

En diversos momentos lo calificó de ley, verdad, camino, consuelo, moda, sol, bien eterno…, incluso llegó a decir que era una rosa al revés, porque llevaba las espinas por dentro, pero su más bella definición la desgrana en su drama Adúltera, escrito en 1872 con apenas 19 años:

«¡Amor es que dos espíritus se conozcan, se acaricien, se confundan, se ayuden a levantarse de la tierra y se eleven de ella en un solo y único ser;—nace en dos con el regocijo de mirarse;—alienta con la necesidad de verse.— Concluye con la imposibilidad de desunirse!—No es torrente; es arroyo; no es hoguera, es llama; no es ímpetu, es paz».

Martí fue todo amor, y de esa manera insoslayable se entregó a la Patria. No fue diferente con sus seres cercanos: padres, hermanas, amistades…, pero también esa faceta de amante inmenso estuvo entre sus prioridades.

Aunque tuvo una vida realmente azarosa de amores y desamores, lo experimentó con tanta fuerza como sus propias palabras fueron capaces de testificar en un artículo para el periódico Sun, en 1880: «En todas partes, un alma de mujer ha venido a bendecir y endulzar mi vida exhausta».

Para él, estar enamorado es un estado natural y necesario del ser. «Sin pan se vive, sin amor ¡no! porque el amor palpita en cuanto vive y es el lazo que une a los hombres, el modo de enseñar y el centro del mundo», dijo. Y en 1892 recomienda: «Que se marque al que no ame, para que la pena lo convierta».

Puerto seguro

Con sus conceptos, plenos de interés por el mejoramiento humano, Martí nos hace ver que el puerto seguro donde recalar nuestras naves en tiempos de tormenta, es el hogar construido con amor.

Ni el más duro y resistente de los ladrillos sostiene un hogar sin ese talismán: «En el amor del hombre a la mujer, la ternura infatigable y galante es la dote de esencia, que asegura al afecto sólida vida: en el amor del hombre a la libertad, la fidelidad es la condición del goce permanente de la amada».

El egoísmo, la incomprensión y la arrogancia son torturas que laceran cualquier relación, y de ambos tuvo bastante en su corta vida. El respeto por decisiones, gustos, ideales, costumbres y creencias es mejor recibido por el ser amado como vía para cultivar una relación estable y duradera.

Por eso Martí nos hace ver que la relación de pareja debe cultivarse desde la más clara sinceridad y hacer de la unión de dos seres algo tierno y valioso. La ventura de una unión formal depende del equilibrio «entre las condiciones de los cónyuges, y su mutuo conocimiento».

Abogó por el respeto a la individualidad dentro del matrimonio: «…amar es dar sin esperar nada a cambio, es vivir en el otro, sin robarle su yo». En uno de sus cuadernos de apuntes de 1881 aclara: «En el matrimonio, en cuanto empieza a faltar la identidad, ya no cabe la felicidad».

Incluso, las relaciones sexuales tienen su más elevada expresión cuando existe amor, y así se refleja en la familia creada, si es fruto de una relación responsable y una educación basada en ese bello sentimiento.

Como hombre de su época, escribió muy poco sobre erotismo, palabra que por entonces se consideraba alejada del amor y, por tanto, falta de «dignidad y fe», como definiera para una revista mexicana en 1872.

Sus alusiones a la unión carnal fueron siempre en metáforas, para resaltar el valor espiritual de ese acto. En el drama Adúltera declara: «…el ser humano no está completo en el hombre: es que la mujer lo completa…», porque al decir mujer «se adivinan ternuras, abnegaciones, divinas locuras y promesas», como acotara en 1876.

En 1883, hace esta pregunta retórica a sus lectores: «¿Qué será de los hombres el día que no puedan apoyar su cabeza en un seno caliente de mujer?», y luego en su novela Amistad funesta, escrita en 1885, critica los amoríos de ocasión por ser «miel en el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda más valiosa y más cara, la de la propia limpieza».

Milenios más o menos, la humanidad sigue siendo el experimento más joven y aún imperfecto de nuestro planeta. La cultura tecnológica ha variado hábitos y deshecho límites de espacio y tiempo a pasos agigantados, pero en todas las civilizaciones ha pervivido esa «necesidad de la creencia» con que Martí identificaba al amor como valor universal, porque «hay una fuerza secreta que anhela siempre algo que respetar y en qué creer», como escribió en México en 1875.

Esa necesidad no debería engatusarnos con apariencias fantásticas ni irrespetar los ciclos naturales de las grandes verdades. En ocasiones deseamos cosas de nuestra pareja para las que aún no está preparada síquica, material o socialmente. Es de buen juicio hacer que todo fluya a su ritmo por un cauce de cariño y no de imposiciones, porque el amor, «como el árbol, ha de pasar de semilla a arbolillo, a flor, y a fruto», según aconseja a su hermana Amelia en carta enviada en 1883.

«¡El amor es la excusa de la vida!», dice en Flor blanca, verso publicado en 1875, y luego en Dolora griega, poema de 1880, critica a quienes lo buscan por pura conveniencia al afirmar que «amor cuerdo no es amor».

Martí ha sido calificado como uno de los más grandes visionarios de América. Tal vez su fórmula se encierre en esta reflexión, extraída de uno de sus cuadernos de apuntes de 1894, un año antes de su muerte en combate: «Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Sin amor, no se puede ver».

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