Caminos del perdón

Para solicitar perdón hay un solo camino: la humildad decorosa. Quien trata de disculparse con altanería no alivia sus heridas, no cierra capítulos ni entierra lo que le mortifica

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Siempre habrá gente que te lastime, así que lo que tienes que hacer es seguir confiando y solo ser más cuidadoso en quien confías dos veces.

Gabriel García Márquez

Para el sicólogo argentino Walter Rizo perdonar es liberar a alguien, y a nosotros mismos, de una deuda sicológica. No significa olvidar (espontánea o involuntariamente) lo ocurrido, sino todo lo contrario: la memoria del hecho está intacta, y aun así tú decides hacer y hacerte ese regalo.

En el libro De regreso a casa, Rizo describe el perdón como un proceso que genera autorrecompensa y liberación. Sus beneficios van en doble sentido: alivia el resentimiento de quien perdona y la culpa o vergüenza del ser perdonado.

A ese estado se llega por dos caminos: revaluación objetiva de los hechos o amor. El primero es una revisión del pasado desde una nueva óptica para darle otra oportunidad a todos los implicados; una elección consciente, racional, que parte de entender las causas, aunque no las justifique, con el fin de encontrar una interpretación más benigna y tolerante a lo sucedido.

El segundo camino es más directo y altruista: perdonar desde el amor es un acto pleno, incondicional. No necesita razones ni intenta comprender nada. Es un indulto «porque sí, sin más motivos que el sentimiento de amar, y punto», afirma el autor de otros textos como Ama y no sufras y Para no morir de amor.

El ejemplo más obvio es el del amor filial. Si tu hijo o hija te ofende no necesitas mucho análisis para perdonarle: «Podemos jugar a estar bravos uno o dos días, pero luego, aunque intentemos que la rabia dure lo suficiente para darle un escarmiento, se nos pasa».

Por eso el experto afirma que «si hay amor, hay perdón». Si amas a tu pareja la perdonas; si te amas a ti, te perdonas... Si no logras perdonar, algo le está pasando al amor.

Limpieza interior

Se puede perdonar incluso sin que te lo pidan. Ese es un acto de indulgencia interior, una amorosa limpieza que deja ir el pasado y le abre espacio al presente en tu corazón. Lo más importante no es que la otra persona esté al tanto, pero si se lo comunicas y lo liberas de su deuda la vida se hará más ligera para ambos.

Muchas relaciones se rompen porque la gente no sabe pedir perdón y arreglar las cosas dignamente. No solo parejas: amistades, colegas, personas de tu vecindario con quien un día cruzaste dos palabras llevando el ánimo revuelto y ahora apenas se hablan.

Para solicitar perdón hay un solo camino: la humildad decorosa. Quien trata de disculparse con altanería no alivia sus heridas, no cierra capítulos ni entierra lo que le mortifica.

Perdonar y ser perdonado es un método para acercarse al amor y deshacerse de problemas. Una respuesta natural al sufrimiento humano, que es, al decir de Rizo, «el privilegio de la autoconciencia».

Si sufres por cosas que dijiste o te dijeron, por momentos amargos que te hicieron pasar, observa esa situación con calma y descubre su mensaje para ti: aprende, acepta, agradece la lección, busca la vía de perdonar, abraza tu humildad y entrégala sin condiciones.

Al mirar las cosas con honesto desapasionamiento comprendes que no sufres por lo que te han hecho, ni por tu mala suerte o peor destino: Sufres porque la realidad no encaja en tus esquemas mentales, esos catalejos inconscientes con los que el ego capta el mundo y hace saltar alarmas ante todo lo que no logra controlar.

No importa si es a través de la condescendencia o del amor incondicional: el perdón es un modo efectivo de mejorar tus ángulos y transformarte cotidianamente. ¿Te animas a probar?

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