Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Los hombres de Frank País y Celia Sánchez

Testimonio de Felipe Guerra Matos, uno de los participantes en el primer grupo de combatientes que hace cincuenta años arribó a la Sierra

Autor:

Amado de la Rosa Labrada

Aparece agachado Guillermo Domínguez (fotógrafo), acompañado por Raúl Castro Mercader, Orlando Pupo, Raúl Barrera, Luis Alfonso Zayas, entre otros.

Fotos: Guillermo Domínguez*

Manzanillo.— Aparentaba calma y en casa de Felipe Guerra Matos se cantaba por quinta vez, en esa primera semana de marzo, el happy birthday a su primogénito, siempre con invitados diferentes.

«Recibíamos en mi casa, ubicada a la entrada de la ciudad, a una buena parte de los compañeros enviados por Frank País para integrarse a la fuerza rebelde en la Sierra Maestra y aprovechábamos cuantas cosas pudieran ayudarnos a burlar la persecución desatada por la tiranía batistiana».

Felipe sonríe. En su mirada se mezclan el recuerdo épico y la picardía criolla, la inventiva que hizo de la diversión un pretexto para burlar al enemigo. «A mi hijo, que paradójicamente nació un 29 de febrero, le celebramos su cumpleaños varias veces en aquellos días difíciles. Cada vez que llegaba un grupo de combatientes, buscábamos un cake y a cantarle al muchacho.

«Fueron muchos los momentos inolvidables para quienes trabajábamos, junto a Celia Sánchez, en la subida a la Sierra del contingente de 52 revolucionarios orientales (muchos de ellos destacados combatientes del 30 de Noviembre), que integraron aquel gran refuerzo del Ejército Rebelde. Imagínese, durante 15 o 20 días hubo que ocultarlos en un improvisado campamento a las puertas mismas de Manzanillo».

CAMPAMENTO DEL MARABUZAL

Eloy Rodríguez, Reinerio Jiménez Lage, Pepín Lupiañez y Abelardo Colomé Ibarra junto a una ametralladora.

El 17 de febrero de 1957, la finca de Epifanio Díaz, en la ladera norte de la serranía fue el escenario de la entrevista del periodista norteamericano Herbert Matthews y Fidel, y de la reunión del máximo líder de la Revolución con Frank, Celia, Armando Hart, Faustino Pérez, Haydée Santamaría y Vilma Espín, miembros de la dirección del Movimiento 26 de Julio, en la cual se acordó la incorporación de luchadores del llano.

«Este refuerzo de combatientes y armas, Frank lo preparó de inmediato y orientó repartirlo en unas 20 o 30 casas de Manzanillo; Celia quedaría encargada de organizar el recibimiento, ocultamiento y posterior envío a la montaña. El 24 de febrero se inicia la llegada a esta ciudad de los combatientes, el primero fue Jorge Sotús (después traicionó a la Revolución), que sería el jefe del grupo.

«Vino acompañado por Alberto Vázquez (coronel activo de las FAR) y, al parecer, alguien del SIM (Servicio de Inteligencia Militar del régimen batistiano) me vio con ellos y le resultaron sospechosos estos desconocidos, pero por suerte se enteró Rafael Sierra (ya fallecido), también de la dirección del 26 de Julio en la ciudad y me lo informó.

«De inmediato le comunicamos a Celia sobre el peligro que corríamos con estos dos compañeros alojados en mi casa y ella decidió rápidamente que los lleváramos para la finca de Gutiérrez, cuyo mayoral era René, hermano de Héctor Llopiz, persona de extrema confianza de Celia. En ese lugar poco antes habíamos escondido a tres expedicionarios del Granma rescatados por la zona de Niquero.

«Ya instalados ellos en dicha finca, a Celia se le ocurrió hacer un reconocimiento del tupido marabuzal que había detrás de la casa de aquel lugar y apreció que reunía todas las condiciones para crear un campamento. Así lo acordamos y de inmediato comenzamos a llevar a todos los compañeros que llegaban por diferentes vías a mi casa en Manzanillo.

«Surge así el histórico campamento, casi en el traspatio de la cárcel de Manzanillo, pues había solo alrededor de un kilómetro en línea recta desde esa instalación hasta donde escondimos a los integrantes de aquel grupo. Fue una verdadera osadía que el enemigo no podía imaginar».

CELIA JUNTO A LOS COMBATIENTES

Con boinas, los tres americanitos: Charles, Víctor, Michael, de ellos solo el primero tomó parte en el combate del Uvero, en mayo del 57.

«Mi casa se convirtió prácticamente en centro de recepción. De ahí llevé hacia aquel campamento a más del 90 por ciento del grupo en un “pisicorre” Willy. Claro que yo podía actuar más libremente, Celia era muy perseguida y se mudó desde el 25 de febrero para la casita de la finca. Ella se mantuvo allí todo el tiempo, dirigiendo, organizando aquello, ayudando en la confección de la comida de los combatientes escondidos en el marabuzal, vacunando a los recién llegados, haciendo todo lo útil y necesario para cumplir con tan trascendental solicitud de Fidel.

«Recuerdo que entre los que viajaron desde Santiago de Cuba vinieron tres americanitos hijos de militares de la ilegal base naval yanqui de la bahía de Guantánamo —Víctor Buehlman, Michael Garvey y Charles Ryan Jr.— quienes se incorporaron voluntariamente como todos nosotros. Luego no resistieron los rigores de la vida en campaña.

«A ellos tres los teníamos escondidos en una casa de la ciudad cuando aparecieron publicadas sus fotos en el Diario de la Marina, donde los daban por desaparecidos. Aquello fue del cará, salimos corriendo con los americanitos para el marabuzal. Se estableció una férrea disciplina en aquel marabuzal, donde solo llegaban los que se quedarían allí. Hay que destacar el tremendo secreto con que se organizó aquel refuerzo. Todo eso se debió a la inteligencia, tenacidad, entereza y audacia de Frank y Celia, así como de otros compañeros entre los que sobresalen Vilma Espín y Asela de los Santos; también Armando García (asesinado posteriormente), Luis Felipe Rosell, Vivero Muñiz, y otros que escapan ahora a mis recuerdos.

«Fueron muchos los peligros burlados por estos compañeros que trasladaban a los combatientes hasta Manzanillo. A veces dieron varios viajes en el día desde Santiago de Cuba.

«Siempre existió el riesgo de que en cualquier registro que realizaban guardias y otros esbirros batistianos en distintos puntos del trayecto, pudieran descubrir a nuestros compañeros. Por eso, yo les decía: si eso pasa en la posta de Yara (una de las más peligrosas), lo primero que dicen es que son sobrinos del alcalde de Manzanillo. Ya por lo menos así demorarán en asesinarlos y veremos entonces cómo los salvamos».

FRANK EN EL MARABUZAL

Felipe Guerra Matos. Foto: Baldrich

«Entre el seis y el ocho de marzo, vino Frank con un camión cargado de naranjas y trajo debajo, escondidas, las armas, mochilas, uniformes y otras cosas. Lo acompañaban Juan José Otero y Bebo Hidalgo. Cerca de mi casa, dentro de un almacén del molino arrocero que yo administraba, descargamos las cosas para otro camión y las tapamos con paja de arroz.

«Ya de noche partimos Frank y yo hacia el marabuzal con aquel camión y al pasar por el puesto de caballitos que estaba a la salida de Manzanillo, nos pararon para registrarnos. Por suerte era un vigilante que yo conocía, lo pudimos persuadir y nos dejó seguir para “botar” la paja de arroz que llevábamos.

«En el marabuzal desmontamos felizmente esas armas. Frank se quedó allí durante tres o cuatro días organizando las escuadras y pelotones de aquella tropa, limpiando los fusiles, terminando de repartir los uniformes a todos, dándoles los toques finales a los preparativos para la subida.

«El 13 de marzo, dados los acontecimientos del asalto al Palacio Presidencial y a Radio Reloj por los combatientes del Directorio Revolucionario, la situación se hizo muy candente, por lo que precipitamos la salida hacia la Sierra Maestra y el 15 de marzo, en horas de la noche, partimos.

«Este primer refuerzo fue despedido por Armando Hart Dávalos, quien llamó a la disciplina y acometividad de todos los combatientes.

«Todos iban uniformados, con boinas, mochilas, la mayoría con fusiles. Había llovido mucho, pero partimos en dos camiones. A cada rato nos atascábamos por el exceso de peso y el mal estado del camino. Finalmente los vehículos quedaron enterrados en el fango cerca de Cayo Espino. Los combatientes tuvieron que continuar entonces a pie hasta encontrarse el día 17 con el Che, que los esperaba desde la noche anterior en la finca de Epifanio Díaz».

De ese sitio marcharían hasta encontrarse con el Comandante en Jefe Fidel Castro y su tropa, el 24 de marzo de 1957, en el lugar conocido por Caridad de Mota, en la vertiente sur de la Sierra Maestra. Para entonces, el Ejército Rebelde volvería a contar con unos 80 hombres. Más o menos la misma cantidad de combatientes que tres meses y medio atrás habían desembarcado del Granma. Comenzaba una nueva epopeya.

A 50 años de aquella gesta, para Felipe Guerra Matos, combatiente de la lucha clandestina y del Ejército Rebelde, el éxito de esa operación tiene dos nombres bien definidos: Frank País García y Celia Sánchez Manduley, «a quienes guardaré siempre en mis más profundos sentimientos por el honor de haberme permitido trabajar junto a ellos en tan inolvidable acción revolucionaria».

*Guillermo Domínguez, integrante del refuerzo que tomó algunas de estas imágenes, fue asesinado el diez de mayo de 1957, por el ejército batistiano.

Agradecemos la colaboración de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y al Archivo de Historia de Manzanillo.

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