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Agramonte: más allá de la leyenda

En el aniversario 181 del natalicio de El Mayor, este 23 de diciembre, Juventud Rebelde se acerca a un héroe en extremo solidario, a un caballero cabal y respetuoso, a un joven enamorado, pero también a un hombre que recitaba con audacia y lozanía

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— Quien se acerque a la historia de Ignacio Agramonte, nacido un día como hoy de 1841, hallará en el hijo de Camagüey el joven enamorado, el estudiante convencido de la libertad de la patria, el caballero gentil y honesto, el amigo leal, el luchador incansable, al mambí temerario y también al padre entrañable, afectivo y cariñoso.

Así se puede apreciar en los relatos de dos mujeres únicas en su vida: su esposa, Francisca Margarita Amalia Simoni Argilagos, y su amiga, Aurelia Castillo de González, excelsa escritora y periodista cubana, quienes juntas hilvanaron los pasajes, anécdotas e historias que de él recordaban para forjar y proyectar hacia el futuro a un prócer genuino y extraordinario.

Ambas emprendieron un viaje a través de la vida privada de Ignacio. A la vuelta de más de un siglo de publicado, Ignacio Agramonte en la vida privada sigue acelerando corazones, por la belleza de los recuerdos que sobre él se narran. Sin duda, el texto lleva el estilo y la maestría de la pluma de una de las  periodistas más destacadas del siglo XIX en Cuba, Castillo de González, y relata, de forma coloquial, quién era el patriota cubano.

Ya es sabido que uno de esos amores más nobles y honestos, que no deja de asombrar a generaciones de cubanas y cubanos, fue el concebido por Amalia e Ignacio.

Aquella felicidad matrimonial se vería truncada a solo tres meses y tres días —el 4 de noviembre—, porque Agramonte se alzó en armas en el campo de la beligerancia, y su esposa días después lo seguiría, a pesar de las carencias y peligros que imponían la guerra. En ese lecho de amor nació Ernesto, el primero de sus hijos, nombrado por su padre como «mambisito».

Relata Castillo de González la odisea experimentada por la pareja en la manigua redentora aquel día de bendiciones, esencialmente para el héroe. «En una de aquellas ausencias de La Matilde fué* la familia Simoni a residir en un punto del distrito de Cubitas denominado Arroyo Hondo, y allí nació el primogénito de Ignacio y Amalia, en circunstancias que no carecen de interés, por implicar rasgos típicos del carácter del joven revolucionario…».

Se consideraba muy próximo el alumbramiento y tenía Agramonte que marchar a recibir unas armas, «y después de haberle asegurado Simoni que no sería aquel día el suceso, sino unos veinte después, partió el 26 de mayo de 1869; pero, quizás…, debido a la emoción que aquellas separaciones llenas de peligros…, no bien salió Agramonte, se presentó el lance, y Simoni envió un mensajero a todo rienda para prevenir al inquieto esposo».

Ignacio al conocer la noticia acerca del alumbramiento de su esposa no reparó en regresar, pero era media noche y el cuarto de Amalia se había llenado de señoras durmiendo, por razones lógicas que imponía la vida en campaña a las féminas, quienes tuvieron un protagonismo en la causa liberadora y sin dudarlo siguieron a sus hombres hacia la manigua redentora.

Sin embargo, el deseo del héroe por conocer a su mambisito y abrazar a su esposa no fueron suficientes para transgredir su educación y respeto a las normas de convivencia de la época, y a las damas. «Ignacio tuvo la fuerza de voluntad necesaria para dominar el afán que le mataba, y, poniendo en el suelo sus alforjas, pasó la noche, en vela sin duda, detrás de aquella puerta cerrada que el respeto a la mujer (una de sus cualidades) le vedaba tocar».  

Apunta Aurelia que entre las señoras que compartieron el cuarto se encontraba Ana Betancourt, quien al amanecer se acercó a la cama de la recién madre para preguntarle sobre su estado. Amalia le respondió que bien, mientras le sugirió que había oído llegar a su esposo. «Anita abrió y encontró efectivamente a Agramonte en el estado de excitación que es fácil presumir. “Levántense pronto, gritó a las demás, y salgan, que aquí está un hombre desesperado por abrazar a su mujer y conocer a su hijo”. Él entró entonces, y su ansiedad de toda la noche se desahogó en lágrimas abundantes». 

Como un halo que irradia amor

La magia y el halo de leyenda que rodea a Ignacio no mueren a pesar del tiempo transcurrido, sino que se acrecientan para avivar el deseo de saber más sobre este hombre en todas sus facetas.

Cuenta la escritora Castillo de González que de visita en Sierra de Cubitas, para disfrutar de las bellas cuevas y Los Cangilones, río de aguas claras, y también para pasar un día entre amigos, ella iba en coche y él a caballo, lo que le permitía conversar a ratos. Pero frustrada la excursión por el aluvión de esa jornada, al regresar al otro día ella a caballo, junto a Ignacio y otro amigo, este le propuso cambiar para su montura, que era más confortable.

Ignacio, como buen caballero y amigo, le ayudó a bajar del caballo, «…y me puso su mano como estribo para subir al otro. No bien en este, sentí que la silla, muy floja, se ladeaba con mi peso… me caí, y así fué*. Ignacio corrió y me levantó. Acudió un médico que era de la comitiva, y habiendo necesitado tela para vendarme un pie que me había lastimado, rasgó aquel su pañuelo en delgadas tiras, y lo ofreció».

Destellos de libertad

Otro de los recuerdos que cuenta la escritora es el que describe a un Agramonte diferente, no en sus ideales, todo lo contario, sino uno que recitaba poesía en público y con un talento que sorprendía.

Varios amigos de Aurelia, incluyendo a Ignacio, jugaban a las prendas en casa de la tía de la prosista, cuando al perder Agramonte, se le ordena recitar: «…como se le sabía grande aficionado a las letras y aun cultivador de ellas a ratos, se le mando recitar y él recitó, de una manera que yo no he podido olvidar, algunas estrofas del Canto del Cosaco, de Espronceda. Cada palabra, fuertemente acentuada, parecía un golpe de maza descargado, sobre los opresores de Cuba especialmente, y parecía también un llamamiento de jóvenes libertadores a las armas».

En su tesis de grado para optar por el título de Licenciado en Derecho, en la Universidad de La Habana, el prócer dejó el sabor manifiesto de su anticolonialismo. Luego se convertiría en el «coloso genio militar», como lo describió el brigadier cubano y escritor Enrique Collazo Tejada.

«(…) y Agramonte, (…), pues había llamado ya poderosamente la atención en La Habana al desarrollar su tesis de grado para obtener el de licenciado. (…) en el latía con todo vigor el espíritu de la Revolución Francesa. Los anhelos de libertad, los ataques al Gobierno colonial no se disimulaban», revela Castillo.

En la defensa de su título consta, según palabras de Aurelia, «(…) ”La Asamblea Constituyente francesa de 1871 proclamó, entre los demás derechos del hombre el de la resistencia a la opresión (…)”; “(…) pero tarde o temprano, cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarles que cesó su letal dominación”».

Todo ello ocurrió el 8 de febrero de 1862, más de seis años antes de la guerra por la independencia de la patria. Agramonte solo tenía 21 años, y ya le declaraba la «guerra» abierta al Gobierno dominante español.

 

 

* Se respeta la gramática del original, del castellano antiguo. En Ignacio Agramonte en la vida privada.

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