Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Mambisas formidables

La mujer cubana fue horcón de la resistencia del Ejército Libertador en bosques y sabanas, a la intemperie y campo raso

Autor:

Nelson Rodríguez Roque

No se trató solo de hombres la rebeldía en las contiendas independentistas cubanas. El sendero conspirativo y combativo también lo siguieron la hija de dominicanos Mariana Grajales, la del «¡Empínate!» legendario a su hijo menor y la que decidió ser mambisa a los 60 años de edad; la capitana Rosa Castellanos, La Bayamesa, que cargó al machete y hacía uso de la medicina natural; Ana Betancourt, voz femenina entre los constituyentes de Guáimaro; las esposas María Cabrales y Bernarda Toro Peregrín, Manana; o Juana Arias y Candelaria Acosta, Cambula, entre muchas otras.

Las guerras irregulares, afirma el premio nacional de Historia José Abreu Cardet, tienen sus características, y las de Cuba en el siglo XIX fueron de resistencia a largo plazo. «En mis investigaciones —argumenta—, encontré un texto escrito por los españoles, que da cuenta de una tropa mambisa atacando un fortín en Las Villas en la cual observaron varias mujeres disparando.

«Corrían similar suerte mujeres que hombres del Ejército Libertador —reflexiona—. Vivían desplazándose por bosques y sabanas, en los cuales eran objeto de persecuciones terribles. Les escaseaba la comida, desafiaban las inclemencias del tiempo, las enfermedades las golpeaban y estaban sometidas a un gran desgaste sicológico, que debilitaba la mente y el sistema inmunológico.

«Ahora, a la resistencia nuestra la respaldaba esa especie de hogar que componían ellas, quienes apoyaban en las vicisitudes diarias y con el propio afecto».

Considera el especialista que «esa composición aportaba placer y aceptación de las circunstancias, hasta cierto punto, y el centro de ese concepto hogareño lo constituían las mujeres. Hemos hecho una historia asexuada, quizás por la religiosidad de aquella etapa, pero el sexo también ocurría. Y junto a las madres iban niños, que percibían el amor patrio o la validez de irse a las armas por la independencia, mostrados desde la palabra y el ejemplo».

Alguien que profundizó en las dificultades de quienes se oponían a la metrópoli fue el historiador Ramiro Guerra, quien las describió en su libro Guerra de los Diez Años: «A la intemperie siempre, hallábanse obligados a soportar las durezas del clima, a campo raso, escasos de alimentos, de vestuario, de medicinas y de todos los demás medios de vida y de resistencia en una guerra sin cuartel. (…) Conocedor de su difícil situación, el cubano suplía la escasez e inferioridad de elementos de guerra, con su tenacidad, su coraje».

El arte de la supervivencia

La supervivencia, entonces, dado el rol familiar, diferenciaba a cubanos de españoles, pues estos últimos llegaban a la Isla y al contraer fiebre amarilla u otras enfermedades tropicales, por ejemplo, eran trasladados a enfermerías u hospitales, para ser atendidos como se podía, añade el Premio Nacional de Historia.

Varias mujeres educadas, esposas de jefes relevantes, partieron de la manigua al exterior, enviadas por sus maridos; o eran presentadas a las autoridades, tras mucho tiempo en medio de extremas condiciones, o capturadas por los colonialistas, ya que la agilidad no las acompañaba ante el acecho total. Aunque tuvieron protagonismo conspirativo y no se ha descartado que fueran testigos de acciones combativas o tomaran parte en estas.

Pero hubo, expresa Abreu, una masa de campesinas blancas (muchas hijas de peones agrícolas), antiguas esclavas y mestizas, calificadas incluso como de clase ínfima o «morraya», que estuvo en las tres guerras y se adaptaban mejor, a causa de su sufrido pasado, al contexto bélico.

Algunas pudieron haber habitado palenques previamente, donde permanecían alertas de forma constante, y sus niveles de vida de pobreza o próximos a esta les hacían notar menos la diferencia y adaptarse. Su papel al curar, sembrar y elaborar alimentos o llevar a cabo otras faenas, fue significativo.

 Al ser capturadas, casi siempre las de mejor posición económica o relaciones sociales eran expulsadas al extranjero. Sin embargo, el resto se conducía a los llamados destacamentos españoles y en determinados casos fueron asesinadas, violadas o prostituidas.

«En su mayoría —asevera el profesor holguinero—, se llevaban a los poblados, y en la Guerra Necesaria las reconcentraron con sus hijos. Allí se vieron humilladas y sin sustento financiero, por lo que hambrunas y enfermedades las asolaban, como significan documentos españoles. Terminado el período de lucha independentista, la huella de la subsistencia se apreciaba en la familia cubana de comienzos del siglo XX. Sobre aquellos años hay que hablar siempre incluyendo a la mujer».

La pérdida de hijas e hijos afectó a casi todas, por las dificultades para dar a luz o ejercer una crianza efectiva. Se registraron hechos de infantes extraviados que perecían en lugares intrincados al perder el rastro familiar, cuando aparecían de súbito tropas españolas y escapaban confundidos.

Conciencia libertaria

La historiadora Edith Santos Montejo ejemplifica cómo una madre que marchaba con fuerzas al mando del Generalísimo Máximo Gómez cruzó con su bebé en brazos el río Cauto y tapó la boca del menor para que este no llorara y el enemigo no notara la presencia mambisa. Pero al alcanzar la orilla se percató de que lo había asfixiado de manera accidental.

Santos es defensora de los términos mambises y mambisas, por la fuerza de las segundas en la retaguardia y en distintos pasajes, como una integrante de la familia Salas Pacheco, que en un refugio insurrecto en la Sierrita de Gibara tenía que darles agua de cepas de plátano a los niños (así enfrentaban la epidemia de tifus), hervían verdolagas o las consumían crudas, y cazaban animales para elaborar caldos.

Otra, según la investigadora, que al fugarse al monte con sus pequeños aquejados de tosferina rasgó tela de su saya y les explicó que permanecieran con el tejido en la boca, impidiendo así que la tos facilitara la detección: «Eso también es emplear astucia contra la presencia enemiga. Porque hasta se paría en plena persecución y se postergaba la expulsión de la placenta, o perdían leche materna por el estrés y la cuna era de hojas de plátano. Mantenían todo lo doméstico, combatiendo y protegiendo a hijos, hijas y hombres, a la patria misma».

Las primeras referencias de su país y la conciencia independentista los infantes las adquirían de ellas, refiere Santos, por ello mambises jóvenes, que salieron de Cuba en la niñez, se incorporaron luego a la Guerra del 95 y fueron ascendidos con grados militares.

Recaudaban fondos para la causa —dentro y fuera del país—, servían de enlace, cosían banderas, trasladaban sus hogares cada día, curaban heridos, cabalgaban al toque de a degüello, procuraban para sus hijos el sentimiento patrio y padecían sin ser menos junto a sus parejas, en el inimaginable acto de renunciar a todo por una tierra libre.

Entre impresiones memorables y legendarias surgen pistas de otras de carne y hueso, de pasiones y flaquezas, todavía capaces de contarnos más y descubrir verdades, de revelarnos la humana arista, escrita con sangre, fuego y anónimas esperanzas.

Los historiadores holguineros José Abreu y Edith Santos defienden el protagonismo femenino entre quienes adversaron a la metrópoli española. Foto: Liván Espinosa

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.