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Biografía de un Cimarrón (fragmento)

A 40 años de la primera edición de Biografía de un Cimarrón,  El Tintero le propone a los lectores un fragmento de este clásico de la literatura cubana

Autor:

Miguel Barnet Lanza

Miguel Barnet (La Habana, 1940) es poeta y narrador, cuya obra poética se reunió en la antología Viendo mi vida pasar, en 1987. En 1984 y 1986, este Premio Nacional de Literatura obtuvo los Premios de la Crítica con sus novelas Gallego y La vida real. Es Presidente de la Fundación Fernando Ortiz, vicepresidente de la UNEAC y miembro de la Academia Cubana de la Lengua.

Hay cosas que yo no me explico de la vida. Todo eso que tiene que ver con la Naturaleza para mí está muy oscuro, y lo de los dioses más. Ellos son los llamados a originar todos esos fenómenos que uno ve, que yo vide y que es positivo que han existido. Los dioses son caprichosos e inconformes. Por eso aquí han pasado tantas cosas raras. Yo me acuerdo que antes, en la esclavitud, yo me pasaba la vida mirando para arriba, porque el cielo siempre me ha gustado mucho por lo pintado que es. Una vez el cielo se puso como una brasa de candela y había una seca furiosa. Otro día se formó un eclipse de Sol. Empezó a las cuatro de la tarde y fue en toda la Isla. La Luna parecía que estaba peleando con el Sol. Yo me fui dando cuenta que todo marchaba al revés. Fue oscureciendo y oscureciendo y después fue aclarando y aclarando. Las gallinas se encaramaron en los palos. La gente no hablaba del susto. Hubo quien se murió del corazón y quien se quedó mudo.

Eso mismo yo lo vide otras veces, pero en otros sitios. Y por nada del mundo preguntaba por qué ocurría. Total, yo sé que todo eso depende de la Naturaleza. La Naturaleza es todo. Hasta lo que no se ve. Y los hombres no podemos hacer esas cosas porque estamos sujetos a un Dios: a Jesucristo, que es del que más se habla. Jesucristo no nació en África, ese vino de la misma Naturaleza porque la Virgen María era señorita.

Los dioses más fuertes son los de África. Yo digo que es positivo que volaban. Y hacían lo que les daba la gana con las hechicerías. No sé cómo permitieron la esclavitud. La verdad es que yo me pongo a pensar y no doy pie con bola. Para mí que todo empezó cuando los pañuelos punzó. El día que cruzaron la muralla. La muralla era vieja en África en toda la orilla. Era una muralla hecha de yaguas y bichos brujos que picaban como diablo. Espantaron por muchos años a los blancos que intentaban meterse en África. Pero el punzó los hundió a todos. Y los reyes y todos los demás, se entregaron facilito. Cuando los reyes veían que los blancos, yo creo que los portugueses fueron los primeros, sacaban los pañuelos punzó como saludando, les decían a los negros: «Anda, ve a buscar pañuelos punzó, anda». Y los negros embullados con el punzó, corrían como ovejitas para los barcos y ahí mismo los cogían. Al negro siempre le ha gustado mucho el punzó. Por culpa de ese color les pusieron las cadenas y los mandaron para Cuba. Y después no pudieron volver a su tierra. Esa es la razón de la esclavitud en Cuba. Cuando los ingleses descubrieron ese asunto no dejaron traer más negros y entonces se acabó la esclavitud y empezó la otra parte: la libre. Fue por los años ochenta y pico.

A mí nada de eso se me borra. Lo tengo todo vivido. Hasta me acuerdo que mis padrinos me dijeron la fecha en que yo nací. Fue el 26 de diciembre de 1860, el día de san Esteban, el que está en los calendarios. Por eso yo me llamo Esteban. Mi primer apellido es Montejo, por mi madre que era una esclava de origen francés. El segundo es Mera. Pero ese casi nadie lo sabe. Total, para qué lo voy a decir si es postizo. El verdadero era Mesa, lo que sucedió fue que en el archivo me lo cambiaron y lo dejé así, como yo quería tener dos apellidos como los demás para que no me dijeran «hijo de manigua», me colgué ese y ¡cataplum! El apellido Mesa era de un tal Pancho Mesa que había en Rodrigo. Según razón el señor ese me crió a mí después de nacido. Era el amo de mi madre. Claro que yo no vide a ese hombre nunca, pero sé que es positivo ese cuento porque me lo hicieron mis padrinos. Y a mí nada de lo que ellos me contaban se me ha olvidado.

Mi padrino se llamaba Gin Congo y mi madrina, Susana. Los vine a conocer por los años noventa, cuando la guerra todavía no había cuajado. Me dio la contraseña un negro viejo que había en el mismo ingenio de ellos y que me conocía a mí. Él mismo me llevó a verlos. Me fui acostumbrando a visitarlos en la Chinchila, el barrio donde ellos vivían, cerca de Sagua la Grande. Como yo no conocía a mis padres lo primero que hice fue preguntar acerca de ellos. Entonces me enteré de los nombres y de otros pormenores. Hasta me dijeron en el ingenio en que yo nací. Mi padre se llamaba Nazario y era lucumí de Oyó. Mi madre, Emilia Montejo. También me dijeron que ellos habían muerto en Sagua. La verdad es que yo hubiera querido conocerlos, pero por salvarme el pellejo no los pude ver. Si llego a salir del monte ahí mismo me hubieran agarrado.

Por cimarrón no conocí a mis padres. Ni los vide siquiera. Pero eso no es triste porque es la verdad.

Como todos los niños de la esclavitud, los criollitos como les llamaban, yo nací en una enfermería, donde llevaban las negras preñadas para que parieran. Para mí que fue en el ingenio Santa Teresa, aunque yo no estoy bien seguro. De lo que sí me acuerdo es que mis padrinos me hablaban mucho de ese ingenio y de los dueños, unos señores de apellido La Ronda. Ese apellido lo llevaron mis padrinos por mucho tiempo, hasta que la esclavitud se fue de Cuba.

Los negros se vendían como cochinaticos y a mí me vendieron enseguida, por eso no recuerdo nada de ese lugar. Sí sé que el ingenio estaba por mi tierra de nacimiento, que es toda la parte de arriba de Las Villas, Zulueta, Remedios, Caibarién, todos esos pueblos hasta llegar al mar. Luego me viene a la mente la visión de otro ingenio: el Flor de Sagua. Yo no sé si ese fue el lugar donde trabajé por primera vez. De lo que sí estoy seguro es que de allí me huí una vez; me reviré, carajo, y me huí. ¡Quién iba a querer trabajar! Pero me cogieron mansito, y me dieron una de grillos que si me pongo a pensar bien los vuelvo a sentir. Me los amarraron fuertes y me pusieron a trabajar, con ellos y todo. Uno dice eso ahora y la gente no lo cree. Pero yo lo sentí y lo tengo que decir.

El dueño de ese ingenio tenía un apellido extraño, de esos que son largos y juntos. Era un millón de cosas malas: zoquetón, cascarrabias, engreído... Se paseaba en la volanta con sus amigotes y su señora por todos los campos de caña. Saludaba con un pañuelo, pero ni por juego se acercaba. Los amos nunca iban al campo. El caso de este era curioso; me acuerdo que tenía un negro fino él, calesero de los buenos, con su argolla en la oreja y todo. Todos estos caleseros eran dulones de amos y apapipios. Eran como decir los señoritos de color.

En Flor de Sagua empecé a trabajar en los carretones de bagazo. Yo me sentaba en el pescante del carretón y arreaba al mulo. Si el carretón estaba muy lleno echaba al mulo para atrás, me bajaba y lo guiaba por la rienda. Los mulos eran duros y tenía uno que jalar para abajo como un animal. La espalda se llegaba a jorobar. Mucha de esa gente que anda por ahí medio jorobada es por culpa de los mulos. Los carretones salían llenitos hasta el tope. Siempre se descargaban en el batey y había que regar el bagazo para que se secara. Con un gancho se tiraba el bagazo. Después se llevaba enterito y seco para los hornos. Eso se hacía para levantar vapor. Yo me figuro que fue lo primero que trabajé. Al menos eso me dice la memoria.

Todas las partes de adentro del ingenio eran primitivas. No como hoy en día que hay luces y máquinas de velocidad. Se les llamaba cachimbos, porque esa palabra significaba un ingenio chiquito. En esos cachimbos se moscababa el azúcar. Había algunos que no hacían azúcar, sino miel y raspadura. Casi todos eran de un solo dueño; se llamaban trapiches. En los cachimbos había tres tachos. Los tachos eran grandes, de cobre y bocones. En uno se cocinaba el guarapo, en el otro se batía la cachaza y en el tercero la meladura cogía su punto. Nosotros le llamábamos cachaza a lo que quedaba del guarapo. Venía siendo como una capa dura muy saludable para los cochinos. Después que la meladura estaba en su punto, se cogía una canoa y con un cucharón grande, ensartado en un madero, se volcaba en la canoa y de la canoa para la gaveta que estaba asentada a una distancia corta de los tachos. Ahí cuajaba el moscabado que era el azúcar que no purgaba; le quedaba lo mejorcito de la miel. En ese entonces no existía la centrífuga esa que le llaman.

Ya fresca el azúcar en la gaveta, había que entrar allí descalzo con pico y pala y una parihuela. Ponían siempre a un negro delante y a otro detrás. La parihuela esa era para llevar los bocoyes al tinglado: un depósito largo con dos maderos donde se afincaban los bocoyes para que allí purgara el azúcar. La miel que salía del bocoy iba para el batey y se le daba a los carneros y a los cochinaticos. Engordaban muchísimo.

Para hacer azúcar turbinada había unos embudos grandes a donde se echaba el moscabado para que purgara fino. Ese azúcar se parecía a la de hoy, al azúcar blanca. Los embudos eran conocidos por hormas.

Yo me sé esa parte del azúcar mejor que mucha gente que nada más que conoció la caña afuera, en el campo. Y para decir verdad prefiero la parte de adentro, por lo cómoda. En Flor de Sagua trabajé en la gaveta del cachimbo. Pero eso vino después que yo había tenido experimentación en el bagazo. Ahí la cuestión era de pico y pala. A mi entender, hasta era mejor el corte de caña. Yo tendría entonces unos diez años y por eso no me habían mandado al campo. Pero diez años en aquella época era como decir treinta ahora, porque los niños trabajaban como bueyes.

Cuando un negrito era lindo y gracioso lo mandaban para adentro. Para la casa de los amos. Ahí lo empezaban a endulzar y... ¡qué sé yo! El caso es que el negrito se tenía que pasar la vida espantando moscas, porque los amos comían mucho. Y al negrito lo ponían en la punta de la mesa mientras ellos comían. Le daban un abanico grande de yarey y largo. Y le decían: «¡Vaya, para que no caigan moscas en la comida!». Si alguna mosca caía en un plato lo regañaban duro y hasta le daban cuero. Yo nunca hice eso porque a mí no me gustaba emparentarme con los amos. Yo era cimarrón de nacimiento.

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