Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Precisiones sobre «achaque»

Autor:

Celima Bernal

Hay quienes creen que resulta elegantísimo el hacer gala de un conocimiento de la lengua que realmente no poseen. Lo que tienen es una colcha de retazos. «Di de lo que alardeas, y te diré de lo que careces». Conocí a una abuela que, frente a la cuna del nieto recién nacido, sin dudas, tras una cuidadosa consulta de horas frente a un diccionario de sinónimos, la emprendía de memoria —en rigurosísimo orden alfabético, mirando a la criatura con cara de arrobamiento—: «Angelote, bebé, chico, chicuelo, chiquillo, chiquitín, churumbel, galopín, infante, pituso…». Así hasta la desesperación de los que teníamos que escucharla. ¡Hay de todo en la viña del Señor!

Ciertas frases, convertidas en muletillas, han perdido su verdadera significación. Una de las que se repite sin detenerse a pensar en el contenido es «como se dice vulgarmente». He oído: «Los niños son la esperanza del mundo, como se dice vulgarmente», «se le aplicó el tratamiento indicado, como se dice vulgarmente». No puedo creer que quienes pronuncien semejante barbaridad imaginen que esas expresiones constituyan vulgaridades. ¿Sabrán acaso qué significa el vocablo vulgar? Lo más curioso de todo esto es que cuando utilizan palabras verdaderamente vulgares —y lo hacen con bastante frecuencia, por desgracia—, no aclaran nada al respecto.

Jamás se les oye en ese caso una disculpa. ¡Qué pena!

Estoy convencida —escribe Lilia Ríos y Ríos, una palmera de vacaciones en Centro Habana— de que eso de «achaque» es un disparate de mi abuela. Mire que le insisto en que no lo repita, pero ella lo usa siempre. Pues se equivocó la lectora. Achaque viene de una voz árabe que quiere decir: la queja, la enfermedad. Tiene registradas 12 acepciones, y en la primera se lee: «Indisposición o enfermedad habitual, especialmente las que acompañan a la vejez».

Y ahora que hablo de eso —¡ay!, tan cerca ya de los 76—, cada vez que me asaltan los achaques, cosa que ocurre con más frecuencia de la que los jóvenes imaginan —¡ya lo verán!—, recuerdo la frase de Ruth Elizabeth (Bette) Davis, una actriz hollywoodense de otros tiempos: «La vejez no es de los cobardes». ¡Cuánta razón tenía!

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