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La película de la honestidad contenta

La película de Ana se ha convertido no solo en un éxito del cine cubano, sino que ha devenido pase de revista cáustico a los estereotipos que pueblan el imaginario de los extranjeros respecto a los cubanos

Autor:

Joel del Río

Aclamada por el público, y con varios premios y menciones en festivales y eventos críticos, La película de Ana ha devenido no solo en uno de los éxitos más notables del cine cubano, sino pase de revista cáustico a los estereotipos que pueblan el imaginario de los extranjeros respecto a los cubanos, mientras que, entre bromas más o menos punzantes, se ponen en relieve, convenientemente exagerados, los distintos lugares comunes sobre la prostitución, o el tráfico de conveniencias respecto a la honestidad intelectual, la sacrosanta vocación, y el beneficioso empleo del talento.

Lo mejor de la película, y me refiero no a la de Ana, sino a la dirigida por Daniel Díaz Torres, es que habla de todo ello con la suficiente gracia y agudeza como para esquivar la habitual evidencia temática y verbalización excesiva que aquejan nuestro cine: transcurridos diez o 15 minutos, ya el público sabe de qué va la historia, los personajes han expresado cuál es su principal conflicto, y puede adivinarse incluso el desenlace de la historia.

En este notable guión de Eduardo del Llano, y acertada puesta en escena (destacan la dirección de arte de Aramís Balebona y la fotografía siempre excelente de Raúl Pérez Ureta) todo lo que vemos aparece rodeando y compulsando a la protagonista a que tome decisiones que afectarán su futuro: para comprar un refrigerador se finge prostituta, con el objetivo de dar su testimonio en un documental que realizan unos austriacos, y como también se trata de una comedia costumbrista y de enredos, Ana recibe el encargo de filmar el ambiente prostibulario que desconoce (con lo cual se ponen en prueba sus prevenciones respecto al tema, y también la aquiescencia a ciertas retóricas, de adentro y de afuera de la Isla) de modo que estaríamos ante un tema similar al enunciado lateralmente en Los dioses rotos, pero en clave de jolgorio y chanza. Para cumplir su tarea, la muchacha fabrica una familia disfuncional, sórdida, con tal de entregarles a los austriacos imágenes lo suficientemente trágicas y sicalípticas como para estimular el morbo o el afán exotista de algún esquemático realizador europeo.

Entre los mejores momentos de la patraña de Ana, ansiosa de ganarse unos cuantos euros, figura el momento en que la actriz, fingiéndose prostituta objeto de documental y realizadora ocasional, decide grabar, por ejemplo, una fiesta cederista, pero desde una perspectiva falseada, erótica y libidinosa, de modo que también, como quien no quiere la cosa, La película de Ana critica acerbamente las manipulaciones de quienes le ponen precio a la honestidad y al pudor, y arreglan la realidad de acuerdo con las obsesiones de quien les pague.

Sin embargo, Díaz Torres y Del Llano (que trabajaron juntos en comedias burlescas estilo Alicia en el pueblo de Maravillas, Kleines Tropicana y Hacerse el sueco) no solo cuestionan este tipo de cambalaches y meretricios con extranjeros ingenuos y obcecados, sino que también decidieron ridiculizar, con suficiente mesura, las «estéticas», los esquemas representacionales y las chapucerías diversas que gobiernan nuestro universo televisivo y cinematográfico, más el primero que el segundo.

Abundantes resultaron en nuestro medio, sobre todo hace diez o 20 años, las sátiras a la televisión desde el teatro y el humor, pero el cine cubano pocas veces se decidió a ironizar respecto a su popularísima pariente. Dardos untados de picante ingenio lanza el guión contra la desidia, chambonada y escasa creatividad en aventuras, telenovelas e informativos, sin excluir a directores insensibles y esquemáticos o equipos técnicos indolentes, y ni siquiera se escapa del prisma mordaz una pretendida vanguardia audiovisual, integrada por quienes quisieran hacer La melancolía del hipocampo, pero se resignan a emprender el documental Dicotiledóneas medicinales. Y en medio de todo ello, Ana necesita ganarle el reto al cuñado que vive fuera del país y pretencioso en la competencia por vencer el calor, con lo cual se establece, consciente o inconscientemente, una corriente de afinidades con ciertos monumentos de la cultura cubana que también hablan sobre el espíritu de supervivencia del cubano como Aire frío y Contigo pan y cebolla.

Para comprarse un refrigerador es que ella se apresta a pasar por «jinetera», auxiliada por Flavia (Yuliet Cruz despliega excepcionales dotes para el humor), una ilustrada en la universidad de la calle, proveniente del interior de la Isla, pero entrenada en el trato con abusadores germanos, que se convierte en guía y auxiliar en el descenso (y la comprensión) de Ana a un submundo que intuye pero desconoce.

Casi todas las mejores intenciones antes apuntadas se aglutinan en la escena de la azotea, el monólogo de Ana. Este momento se ha convertido en mascarón de proa de esta película, y por ello es utilizado en el cartel oficial, y en la portada de los muchos DVD piratas que están a la venta, además de constituir el motor tragicómico de una película. Ella está caracterizada como «jinetera» para que la filmen por primera vez y hace la historia inventada de una prostituta a la cual incorpora, como hacen casi todas las buenas actrices, vivencias personales. Más tarde nos enteramos de que Laura de la Uz contribuyó con ciertas improvisaciones al texto de esa escena. Es decir que estamos en presencia de una actriz, Laura, que interpreta a otra actriz, Ana, que interpreta a una «jinetera». Así, la escena de la azotea se vuelve, también, en demostración del infinito aforo para las transiciones orgánicas en Laura de la Uz, quien pasa, sin aparente esfuerzo, de la mueca, la farsa y el humor negro, a la abstracción, el dolor y la memoria emotiva. Lástima que cuando esperábamos la concentración de la cámara en la actriz y su impresionante performance, la secuencia se resuelve desde el «picotillo» de planos que desvirtúan un tanto su potencial dramático.

No obstante, varias pruebas de virtuosismo se regalarán al público por parte de Laura de la Uz, y de su acompañante y complemento, Yuliet Cruz, en el largo camino de fingimientos reveladores que emprenden Ana y Flavia. Sin embargo, aparecerá cierto caos narrativo y de edición que tampoco anula las abundantes virtudes ni mucho menos obnubila el carácter de ofrecimiento muy profesional y altamente sugestivo que es esta película. Advierto que para explicar la anterior afirmación debo revelar detalles importantes del argumento y el desenlace. Inmediatamente después de que el austriaco «malo», o alemán de la RDA, descubra por casualidad la impostura de Ana, en lugar de aparecer una acción en que tome medidas con la engañadora, viene una escena en la cual la protagonista aparece en un restaurante junto con el austriaco «bueno», quien está perdido con la sinceridad y los valores de una Ana cada vez más auténtica. Más tarde, viene el largo reportaje de Flavia sobre la marginalidad y la «cochambre». Por si fuera poco, en este camino de total dispersión narrativa, aparece una tercera escena dilatoria en la cual Ana discute con su esposo por haber desviado los recursos de los austriacos con fines personales.

Entonces, después que han transcurrido tres secuencias bastante largas, es que llega el extranjero a la casa de Ana y habla con su esposo acusándolo de estafa. Parece que todo se va a desencadenar ahí mismo, pero entonces aparece una nueva cadena de acciones dilatorias: Ana recibe una llamada citándola en casa de Flavia. ¿El esposo no pudo avisarle que todo se había descubierto? Y luego del enfrentamiento que sabemos resolutorio, porque ya esclarece el principal conflicto de la película, ¿qué sentido tiene la escena en que el hombre trata de desenmascarar en público a la falsa prostituta, cuando ya él tiene pruebas de que todo es mentira? En fin, que parece mal concebida e incoherente la cadena de acciones que fluyen artificiosamente hacia el final. Pero todo, absolutamente todo se le disculpa a la película en el momento en que el austriaco bueno absuelve a Ana de toda culpa, y le dice que ella es una mujer valiente y honesta. Laura, es decir Ana, con los ojos llenos de lágrimas, solo acierta a murmurar que «a veces es tan difícil». Y con esa frase se redondea el sentido y los propósitos de una película además de simpática, conmovedora.

Y esos son los valores éticos que exalta y propone una de las mejores comedias/pastiche/melodramas producidas en Cuba en fecha reciente: la autenticidad y la honestidad requieren enorme esfuerzo en la Cuba de hoy, sobre todo cuando se enfrentan con los prejuicios y las tentaciones de unos y otros. Porque hay muchas maneras de prostituirse y «jinetear», y algunas de estas vías se alejan del sexo tarifado, aunque resulten igual de cuestionables en términos éticos. En la última escena, con la misma mano con que Ana insulta a las bestias que tratan a todas las mujeres como «jineteras», conforma el encuadre de una película limpia, verista y palpitante cuyas imágenes aparecen por debajo de los créditos finales. Hermoso final, tal vez homenaje a El aficionado al cine, aquel filme de Krzysztof Kieslowski, igual de preocupado con el papel que debiera cumplir el cine en su acercamiento a la realidad, quiero decir, a la sinceridad, quiero decir, a la verdad.

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