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La edición número 38 del Festival Internacional de Toronto acaba de entregar el premio principal a la producción norteamericana 12 años de esclavitud, y seguramente significará la consagración internacional y definitiva del director Steve McQueen

Autor:

Joel del Río

Con la entrega del premio principal a la producción norteamericana 12 años de esclavitud, que significará seguramente la consagración internacional y definitiva del director Steve McQueen, concluyó la edición número 38 del Festival Internacional de Toronto. Determinado exclusivamente por la votación del numeroso público que asistió a las inabarcables proyecciones de más de 300 películas, procedentes de los cinco continentes, y realizadas en la mayor parte de los países que hacen cine, el premio en esta ciudad canadiense suele significar la entrada comercial en el mercado estadounidense (el más grande del mundo) y la inmediata propulsión a nivel mundial. Por eso es que también se dan a conocer los principales competidores del filme elegido.

Sépase que el año pasado Toronto estrenó los cinco filmes que luego fueron nominados al Oscar en la categoría de Mejor filme extranjero. Y de este modo el evento cumple con el sueño que le dio origen: conectar a las audiencias y las industrias de Norteamérica con la riqueza del cine que se produce en todas partes del mundo, en los más diversos estilos y formas. Porque a la casi abrumadora lista de productos estadounidenses, canadienses, franceses, alemanes, británicos e italianos, se unen singulares embajadoras de Venezuela, Suiza, Nigeria, Palestina, Georgia, Haití, Polonia...

El filme ganador, 12 años..., cuenta la historia real de Solomon Northup, un neoyorquino libre que fue secuestrado y vendido como esclavo, en 1841, hasta que logró la libertad y reunirse con su familia, en 1853, gracias a su coraje, perseverancia y anhelo de emancipación. Con un elenco liderado por el muy talentoso Chiwetel Ejiofor (con todas las papeletas para ser reconocido como el Mejor actor norteamericano de 2013), y la evidente voluntad de poner en régimen de verismo histórico el disparate voluntario de Quentin Tarantino con Django desencadenado, la película de McQueen fue escoltada por competidores ilustres, según dio a conocer la dirección del Festival, como Filomena, del británico Stephen Frears; y Prisioneros, dirigida por el canadiense Denis Villeneuve.

El director de sólidos y contenidos melodramas como Amistades peligrosas o La reina, vuelve a recrear conflictos íntimos con fuerte trasfondo político en Filomena, ambientada en la Irlanda de los años 50, cuando las autoridades católicas obligaban a las mujeres con un pasado conflictivo, y que dieron «un mal paso», a que entreguen a sus bebés en adopción. Filomena, poderosamente interpretada por Judi Dench, se empeña en encontrar a su hijo, cinco décadas después de haberlo perdido, en una película que compensa momentos muy oscuros con otros más ligeros e incluso irónicos, en un estilo donde las catarsis emotivas están matizadas por la complejidad de los personajes y sus circunstancias. Porque si bien este largometraje denuncia una práctica atroz del catolicismo irlandés, también exalta sus principios canónigos de perdón, caridad y amor al prójimo.

Prisioneros significa el paso al cine anglosajón de gran tirada del quebequense Denis Villeneuve, quien estremeció las lunetas de medio mundo con su anterior Incendies. Ignoro la razón por la cual la mayor parte de los comentarios que conocí sobre Prisioneros insisten en considerarla una suerte de apoteosis del cineasta, y toman como menores sus formidables películas anteriores, solo porque este ahora accede a los géneros tradicionales, las estrellas y el modo de hacer a lo Hollywood. Prisioneros es un thriller perturbador, encabezado por los muy versátiles Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, sobre dos familias cuyas hijas jóvenes desaparecen súbitamente, y ante la calma del policía encargado, uno de los padres decide tomar en sus manos la búsqueda y la venganza.

Y en un Festival consagrado a la venta y el intercambio de películas, adquiere especial relevancia, por apuntar a un tipo de cine menos convencional, el galardón que otorga la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci), mediante un jurado que conforman especialistas de las más diversas naciones. En virtud de su «multifacética y humana exploración de temas como la religión y la identidad personal… a través de un estilo poético y austero», este año fue laureado Ida, dirigido por el polaco Pawel Pawlikowski, rodado en blanco y negro, a la manera de los clásicos de los años 50 y 60. Asentado en Reino Unido, el cineasta regresó a su país natal para abordar uno de los más problemáticos temas de la historia polaca: la relación entre católicos y judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Tampoco resultaría del todo justo entregar un solo premio, en igualdad de condiciones, a los consagrados que compiten con los principiantes. Esa es la razón que impulsó al jurado de la Fipresci a conferir un segundo galardón entre los realizadores más jóvenes y con menos experiencia, elegidos para figurar en la sección Discovery. Fue elegida Los insólitos peces gato, la vibrante ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce, por «la simpática, precoz e incisiva aproximación a la dinámica naturaleza de la familia, y la capacidad humana para la generosidad y la ternura, en condiciones muy difíciles».

Como todo Festival que se respete, en Toronto se estimula el talento local, y por ello se otorgan reconocimientos a las mejores producciones del patio. Desde el Festival se impulsaron las carreras de cineastas tan aplaudidos como el mencionado Denis Villeneuve, o Xavier Dolan, Guy Maddin o Jean-Marc Vallée, entre muchos otros que se ubicaron entre los más prometedores del mundo. En este 2013 resultó seleccionado el documental Cuando los judíos eran cómicos, de Alan Zweig, que examina el modo en que los comediantes de esa nacionalidad asumían su idiosincrasia e integraron un grupo numeroso que nutrió el show business norteamericano en los años 50 y 60.

Además de los anteriores galardones, Toronto se ciñó otra vez las galas de la multiculturalidad y entregó el premio Netpac (Network for the Promotion of Asian Cinema) a la película india, en coproducción con Alemania y Francia, Qissa, de Anup Singh. Nada de cantinelas bollywoodenses ni de hermosos jóvenes vestidos de príncipes.

Con una muy determinada vocación de conquistar audiencias mundiales, aunque renuncie a los folclorismos fáciles, Qissa se ambienta en 1947, cuando el caos acompañó la partición de India y Paquistán. En ese momento de tensiones religiosas y nacionalistas, hay una familia sikh que intenta forjarse una nueva vida mientras oculta su verdadera identidad. Centrada por uno de los mejores actores indios, Irrfan Khan, conocido en Cuba sobre todo por La vida de Pi, Qissa tiene un título que significa «cuento folclórico», y su gran tema está relacionado con los deseos universales de conquistar el honor, la simpatía del prójimo e incluso su amor.

En cuanto a la producción latinoamericana —aquí puede verse en tanto avance informativo de lo que veremos en La Habana en diciembre— pasaron por las muy ocupadas pantallas del Festival algunos títulos relevantes: de Brasil dos óperas primas muy inquietantes, tituladas El lobo detrás de la puerta y Un oeste brasileño; de Chile, la muy premiada y reconocida Gloria, y El verano de los peces voladores; y de Venezuela y Haití, respectivamente, Pelo malo y Cristo Rey.

México destacó como el país latinoamericano mejor representado. Además de la premiada Los insólitos peces gato, considerable atención mediática y de público alcanzaron Paraíso, de Mariana Chenillo, que subvierte los principios de la comedia romántica; Club Sandwich, del joven y consagrado Fernando Eimbcke, y la coproducción con Perú, El mudo, de los hermanos Diego y Daniel Vega, quienes impactaran circuitos internacionales en 2010 con Octubre.

Considerable despliegue de opiniones, mayormente positivas, originó la coproducción entre Venezuela, España y Cuba, Libertador, filme de altos presupuestos que muestra un segmento de la biografía de Simón Bolívar, cuyo estreno mundial en esta urbe fue ovacionado durante varios minutos, en una gala de presentación que atrajo al protagonista Edgar Ramírez y al director Alberto Arvelo, a quien conocimos mediante Una casa con vista al mar y Habana, Havana.

Filmada en Cuba parcialmente, Libertador consiguió elogios de Hollywood Reporter y de otras publicaciones acreditadas en el evento, que reconocieron el esfuerzo de síntesis emprendido por el guión y el evidente apelativo popular de una película concebida para el gran público, con impresionante despliegue de recursos artísticos y profesionales, puestos en función de glorificar el esfuerzo libertario de Bolívar.

Y si el lector ha descubierto algunas similitudes entre Toronto y La Habana, al nivel de las intenciones principales que animan sus respectivos festivales de cine, sepa que la comparación no es tan peregrina. En una encuesta recientemente aplicada a los directivos del certamen canadiense, Piers Handling, director de la cita de Toronto desde 1994 hasta la actualidad, aseguró que su festival preferido, puesto a elegir entre los centenares que ocurren en el mundo entero, es el de La Habana. Ya sabía yo que había visto en alguna parte la programación inabarcable, las colas enormes de gente interesada en ver y disfrutar una película de cualquier país, la gente dispuestísima a sumergirse por diez días en la experiencia emotiva e intelectual que solo puede proveer una buena película. Dentro de un par de meses viviremos en Cuba una experiencia tal vez similar.

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