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Estrés asume tradición fílmica de dramas sociales

Es esta una película responsable, honesta, hecha para Cuba y sobre Cuba, que aborda temas que nos afectan, pero que son universales, destacó su directora y guionista, Marilyn Solaya

Autor:

Joel del Río

A pesar de las tendencias a la evasión en la mayor parte del cine dominante a lo Hollywood, a pesar del creciente hedonismo e individualismo posmodernos, con todo y el auge del neoliberalismo y las ideas de derecha, los dramas sociales siempre estuvieron ahí, marcando hitos en la historia de las cinematografías nacionales, antes y después del neorrealismo italiano, en India, Japón, en las obras de los independientes norteamericanos y, por supuesto, en Cuba.

Paradigma evidente de la vigencia del drama social cubano, en variante episódica y coral, resulta la recientemente prestrenada Estrés, definida por su directora y guionista, Marilyn Solaya, como «una película responsable, honesta, hecha para Cuba y sobre Cuba, que aborda temas que nos afectan, pero que son universales como los conflictos familiares vinculados a la migración, el cuidado de los adultos mayores, el impacto de la pobreza en algunos sectores de la sociedad. (…)  Es una película de amor en la que, como en la vida misma, también aparecen nuestros problemas, nuestras verdades».

Precisamente esa franqueza, honestidad y responsabilidad es lo que ha caracterizado a la importante tradición del drama social en Cuba, a partir de la influencia del neorrealismo italiano en los años 50 y 60 a través de filmes interesados en el tratamiento de temas de interés colectivo y nacional. Porque los dramas sociales intentan provocar un sentimiento de solidaridad en tanto se involucra emotivamente al espectador, o se interpela a su conciencia, mediante la descripción de una sociedad colmada de problemas.

Resultó fundacional la existencia del docudrama El Mégano (1956, Julio García Espinosa) sobre las terribles condiciones de los carboneros en la Ciénaga de Zapata. Fue prohibida en su momento, y pocos años después sus hacedores devinieron fundadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic).

Después de la creación del Icaic, el drama social reaparece con fuerza, con un sesgo verista y documental, para mostrar las complejidades de la adaptación a la nueva moral socialista, por ejemplo, en Ustedes tienen la palabra (1973, Manuel Octavio Gómez) que contraponía la dura realidad de la vida agraria, las tragedias cotidianas de muchos trabajadores, a las fórmulas de manual esgrimidas por algunos dirigentes, y a las soluciones proclamadas en las consignas. En esta misma línea de reflexión crítica sobre la realidad, incursionaron De cierta manera (1973, Sara Gómez) y Hasta cierto punto (1983, Tomás Gutiérrez Alea) que constataron la supervivencia de ciertas mentalidades retardatarias y desigualdades sexistas.

En los años 90, y siguientes, el drama social encuentra un nuevo apogeo, justo en la década cuando los avances sociales se ralentizan a causa de la crisis que significó el derrumbe del campo socialista. Con el llamado Período Especial, en un entorno marcado por las carestías, la escasez, y la crisis de valores se estrenan La vida es silbar (1998) y Suite Habana (2003), ambas de Fernando Pérez, la primera ciertamente con personaje coral o múltiple y trama episódica, pero más cercana del cine de autor simbólico y surrealista que del verismo regularmente asociado al drama social clásico.

Si hubiera que localizar obligatoriamente un precedente de Estrés tendríamos que quedarnos, sobre todo, con Suite Habana, en la que también se ofrece un conjunto ilustrativo de situaciones dramáticas vinculadas esencialmente con ciertos contextos citadinos, a lo largo de un día. Así, Fernando Pérez exponía, como también lo hace Marilyn Solaya, las contradicciones entre lo público y lo privado, lo social y lo doméstico en un grupo de personajes de uno y otro sexo, y sus respectivas historias de resistencia a la adversidad, mientras el filme reflexiona sobre lo excepcional y lo común, lo rudo y lo delicado, el alboroto y la tranquilidad.

Sin embargo, las referencias temáticas a Suite Habana solo significan el respeto de Solaya por una película de innegable altura ética y estética, porque la autora trata conflictos tal vez similares, a veces, pero desde otra sensibilidad narrativa y estética. Veamos, sin spoilers, de qué tratan algunas de las principales historias que cuenta uno de los filmes cubanos más comentados de los últimos dos o tres años, y además demos por sentado que uno de sus grandes valores radica en la entrega y sinceridad de los actores y actrices.

Dos de las historias más fuertes y conmovedoras tienen que ver con los cuidadores y la ancianidad: Está el chofer de ómnibus que es Dimitri (Luis Alberto García) precisado de cuidar a sus padres muy ancianos y seniles (Verónica Lynn y Mario Limonta), y la de Lucía (Iyaima Martínez), cuyas mínimas entradas apanas le alcanzan para garantizar la supervivencia digna de su niño y de su madre, esta última paciente de cáncer.

Iyaima Martínez interpretando a Lucía en Estrés. 

La resiliencia que buscaban y encontraban la mayor parte de los personajes de Suite Habana está presente en Estrés sobre todo a través de dos personajes: Maruja y Esther. La primera nos regresa a una Isabel Santos enorme, en un personaje que se suma a su galería de sus más poderosas interpretaciones. Maruja es una guajira llegada desde Camagüey, que encuentra una oportunidad para aferrarse tenazmente a la vida, y a ciertos valores inalienables, en la convivencia forzosa con Alfredo (Aramís Delgado), un intelectual otrora famoso y reconocido, ahora ciego, solitario y aferrado a un pretérito de diplomas, pasajeros reconocimientos y falsedades.

Esther (María Isabel Díaz) es la oncóloga infantil, profesional consagrada, que se enfrenta al dilema de abandonar, o no, Cuba y la profesión que adora, e irse a vivir a otro país, con su familia que la espera, de modo que se clausuren todos sus logros pasados y presentes, porque a muy pocos le importan los proyectos ni los deseos más esenciales de una mujer de sesenta años.

Si el cine puede ser la verdad, el reflejo más exacto y poderoso de la realidad y de las emociones humanas; si el cine puede ser exorcismo y catarsis, entonces Estrés está destinada a convertirse en una de las películas cubanas más significativas del siglo XXI, en una categoría reservada a los filmes que supieron tocar las fibras más sensibles de la nación como Conducta o Suite Habana.

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