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¿Quién mató a mi amigo Narciso?

Presuntamente los antepasados de la gente que lo recuerda entre verdades y leyendas, hicieron gran revuelo en apoyo a la ejecución

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Bahía Honda es un pueblo de enigmas. Basta con observarlo unos instantes para que una parte de tu imaginación gravite para siempre en las aguas de la playa Punta de Piedra. Al menos eso dicen quienes crecieron visitando aquel municipio perdido en los confines del territorio pinareño, aunque un atlas de estos tiempos insiste en ubicarlo en Artemisa.

Allí, entre las lomas y el olor a salitre que nos llega de la costa, cualquier aventura extraordinaria pareciera transitar en el terreno de lo posible. Para encontrar un islote secreto en medios de las olas o las ruinas que resguardan un tesoro perdido en otros tiempos, solo es necesario tener menos de 11 años o saber que lo esencial, en ocasiones, se oculta muy lejos de la vista.

Ahora, cuando arribo a la adultez, y el calendario indica las veintiuna primaveras, no puedo decir que sea un lugar hermoso. La palabra «hermoso» sería inexacta para un sitio donde las madres todavía esperan, desde la frialdad de los balcones, a sus hijos perdidos a varias millas de distancia. Hace varios años, el tulipán en el patio de mi vecina tampoco florece. Así de triste es un pueblo cuando va despidiendo a todos sus retoños.    

Sin embargo, prefiero quedarme con ese misticismo que despierta una región donde los silencios en la noche dicen mucho más que la sonora vida citadina. Era precisamente en esas horas que mi abuelo sacaba su linterna, y entre cuentos y canciones, nos hacía recuperar la paciencia que el apagón nos arrancaba a cuentagotas.

Recuerdo con especial cariño, entre las narraciones que contaba, la historia de un «aventurero» muerto en aquellas tierras. Conocía su nombre, la altivez de su semblante e incluso algunos detalles de su origen caraqueño, pero hubo una duda que mi abuelo nunca supo responderme: ¿Quién fue el culpable de la muerte de Narciso?

La pregunta sin respuesta

Mi segundo encuentro con Narciso López de Urriola, creador de la bandera y el escudo cubanos, tampoco fue en las clases de Historia, aunque los libros se encargarían de enseñarme la polémica relacionada con su persona. Fue una cita casual, cuando apenas tenía siete años e iba con mi tío hacia la Casa de la Cultura, en la zona urbana a la que llamábamos «el pueblo».

Estaba en aquel entonces en la etapa donde los primeros indicios de curiosidad despiertan en los niños y un pequeño edificio, apenas más grande que una casa, llamó mi atención ¿Qué lugar es ese?, pregunté. «La logia de Narciso», respondió mi tío, aunque solo supo explicarme que había fallecido hacía mucho tiempo y por culpa de «manos enemigas».  

No ahondé más, pero aquella frase escueta no me era suficiente. Terminó el verano, y comenzó otro septiembre. La primera clase sobre el mundo en que vivimos se centraba en el surgimiento de los símbolos patrios. Allí, por supuesto, me esperaba reluciente el nombre de Narciso, aunque mis maestros, al igual que los autores de la Biblia hebrea, no parecían querer ponerse de acuerdo sobre ningún dato de su vida.

Algunos, cuando sacaba a colación el tema, me comentaban que fue un separatista y líder de varias expediciones contra la corona española, en una época donde Cuba se sumergía en los silencios. Otros lo veían como un perseguidor de la oportunidad, a quien no le tembló nunca la conciencia ni siquiera por luchar contra las tropas de Simón Bolívar.

Ciertamente, Narciso apoyó al imperio español en los comienzos de su carrera, ocupando el cargo de gobernador Militar en Madrid y representante a las Cortes de Sevilla. Sin embargo, en Cuba se erigió como un independentista, antiguamente afiliado a la anexión. A mis ojos se veía como un desalmado camaleón de la política.

Luego aprendí que el devenir de una nación presenta colores grisáceos, aunque sea más sencillo dibujar la historia en tonos blancos y negros.  Quizás las decisiones de Narciso López no respondieron a la creencia en la identidad cubana, porque esta terminó de consolidarse mucho después, pero tuvo un mérito: romper la estaticidad que subyugó al país durante siglos.

Respecto a sus ideas de anexión, no fue de la estirpe de José Antonio Saco. Tal mérito no figurará nunca en sus semblanzas. Deseaba afiliarse a los Estados Unidos para perpetuar el sistema económico esclavista y se sumó al independentismo solo después de fracasada esta vía.

Con apenas ocho años había rozado por casualidad una cuestión que continúa preocupando a historiadores, maestros y periodistas: es muy fácil prejuzgar bajo la óptica avanzada de este siglo. Sin embargo, no podía sentirme satisfecha. Para mis ojos infantiles, alguien tan contradictorio solo podía ser «maligno» y la duda sobre su muerte, dato no especificado en aquel libro, siguió flotando en el aire hasta desaparecer por completo. O al menos eso creía.    

La curiosidad no mató al gato

En los veranos sucesivos, pocas veces volví a escuchar el nombre de Narciso, ni siquiera en las narraciones de mi abuelo, pues los años nos hacen inventar nuevas historias. Ocasionalmente, a los niños del barrio continuaba trasmitiéndoles aquella retahíla de narraciones inventadas, pero nunca intenté contradecirlo. A veces es preferible un misterioso aventurero que reparte fantasías, a una figura de carne y hueso, comúnmente con más defectos que virtudes.      

La curiosidad continuaba asediándome en ocasiones, pero terminó transmutándose al terreno de las maravillas como el islote o el tesoro abandonado. Eso le aportaba más diversión y misticismo, pues podía imaginarlo en situaciones históricamente inverosímiles. Sin embargo, el destino no quería que me quedara con la duda.

Fue a finales de octavo grado, mientras leía un capítulo de un libro complementario para un examen, que la aparición furtiva de un texto desterró mi gran pregunta. 

«Tras un desembarco en la playita del Morrillo y múltiples encuentros con las columnas españolas, Narciso López fue capturado en Bahía Honda y condenado a muerte en el garrote vil en la explanada del Castillo de la Punta, enclavado en La Habana», señalaba.

Presuntamente los antepasados de la gente que lo recuerda entre verdades y leyendas, hicieron gran revuelo en apoyo a la ejecución. Si bien España no era de su agrado, tampoco lo fue una figura a quienes todavía cuestionaban por cambiar sus pensamientos, al compás de la política. 

¿Quién mató a Narciso López? Fue una orden judicial emitida por el capitán general José Gutiérrez de la Concha y respaldada con sus razones por la gente, aunque para serles sincera, esa niña ilusionada con fantásticas anécdotas, hubiese preferido no saberlo.

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