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Con precisión de relojería

En la patria de Jean-Jacques Rousseau, Paul Klee y Le Corbusier, los trebejos han tenido un auge exponencial a la par del desarrollo artístico, arquitectónico, literario y científico de la cultura suiza

Autor:

Amado René Del Pino Estenoz

Más allá de su condición de clásico cinematográfico de la posguerra, el largometraje británico El tercer hombre —escrito por el narrador y periodista Graham Greene— cuenta con algunas de las escenas mejor dialogadas del séptimo arte, que son paradigma para las actuales generaciones de guionistas y cinéfilos. En uno de los momentos de mayor tensión dramática del filme, el personaje Harry Lime recrea un paralelo de notable provocación: mientras que las ciudades italianas gestaron las obras imperecederas del Renacimiento durante el período violento y despiadado de la dinastía Borgia, los ciudadanos suizos, en un contexto de admirable estabilidad sociopolítica, legaron a la civilización mundial… el reloj de cucú. 

Esta denostación irónica de los aportes civilizatorios de la Confederación Suiza es difícilmente sostenible desde una perspectiva objetiva, más allá de la imaginación maquiavélica del antagonista del filme. En efecto, el pueblo suizo ha marcado notables precedentes a lo largo de la historia gracias a pilares constitutivos como la condición multilingüe, la laboriosidad industrial, el federalismo regional, la diplomacia de neutralidad política y la implicación en campañas humanitarias y antibelicistas. 

La importancia de la nación suiza para la geopolítica mundial —refrendada desde la creación de la Sociedad de las Naciones luego que concluyera la 1ra. Guerra Mundial— fue ratificada con la constitución del sistema de las Naciones Unidas que designó ciudades helvéticas (Zúrich, Lausana, Ginebra) como sedes de organizaciones mundiales en ámbitos como las finanzas, la salud pública, la legislación internacional, el movimiento olímpico y el deporte federado.

Sin dudas, en la patria de Jean-Jacques Rousseau, Paul Klee y Le Corbusier, los trebejos han tenido un auge exponencial a la par del desarrollo artístico, arquitectónico, literario y científico de la cultura suiza. Dada la designación del territorio suizo para la acogida de grandes eventos relacionados con el juego ciencia, la nación helvética, sin haber alcanzado el estatus de potencia ajedrecística, es una animadora imprescindible de universo actual de las 64 casillas.

Expondremos en esta entrega de Jaque Perpetuo cómo esta nación centroeuropea ha concitado la admiración de la comunidad de atletas de la mente, gracias a sus buenas prácticas organizativas y su visión holística de la trascendencia sociocultural del juego ciencia. Más que una exaltación irrestricta, ponderaremos la condición fundacional de los trebejos suizos, uno de los sólidos pilares de la familia ajedrecística.

Un tablero bicentenario 

A la hora de identificar las ciudades en el mundo con mayor pedigrí ajedrecístico, sin dudas, Zúrich estaría entre las señaladas por su condición de epicentro de hitos históricos del juego ciencia. En primer término, por haber sido el escenario de la fundación en 1809 del Schach Gesellschaft Zürich, el club de ajedrez más antiguo del orbe. Según los registros de la época, el Club de Ajedrez de Zúrich contaba entre sus miembros fundadores con representantes variopintos de la sociedad helvética, incluyendo un tesorero de Estado, un impresor, un especiero y un artista plástico y promotor cultural. 

No menos importante para la historia competitiva de los trebejos, fue la realización en Zúrich del 1er. Campeonato Nacional de Suiza en junio de 1889, en el que se empleó un inusual sistema de competencia que permitió incluir a 74 jugadores que confrontaron por el primer premio en apenas dos jornadas competitivas. En efecto, había nacido el «sistema suizo» —ideado por el meteorólogo y pedagogo helvético Julius Müller (1857-1917)—, el formato más dúctil y objetivo con que cuenta el ámbito deportivo en la actualidad. Los torneos suizos o abiertos restringen el carácter veleidoso de los torneos eliminatorios/KO y propician un número equitativo de partidas para todos los competidores —incluyendo la fuerza de los rivales y la alternancia del color de piezas—, sin incurrir en la fórmula apreciable pero exhaustiva de «todos contra todos».

Con el decurso de las décadas, algunas federaciones nacionales como la británica y la estadounidense, acogieron los beneficios del formato suizo para sus competencias regionales, estaduales e interclubes. Ya en 1967, en Járkov durante la 35ta. edición del Campeonato de la Unión Soviética, Lev Polugaevsky obtuvo la primacía entre los 126 jugadores que contendieron por proclamarse campeones de la principal potencia ajedrecística de la época. Finalmente, hacia la década de 1970 la FIDE fue adoptando el sistema suizo en sus más prestigiosas competiciones, incluyendo certámenes continentales, torneos interzonales y Olimpiadas Mundiales. 

Constelaciones en los Alpes 

Poco tiempo después que la FIDE asumiera la organización de los ciclos clasificatorios del Campeonato del Mundo, el territorio suizo se convirtió en una apuesta segura para acoger torneos de notable envergadura. En este período de flamante liderazgo de la FIDE se disputó el Torneo de Candidatos Zúrich 1953, que en un lapso de dos meses concentró a los mejores jugadores del orbe, incluyendo a Vassily Smyslov, quien obtuvo el derecho a enfrentar al vigente monarca del orbe, Mijail Botvinnik. A finales de la propia década, con motivo del aniversario 150 de la fundación del Club de Ajedrez de Zúrich, la urbe helvética se prestigió con la presencia de los grandes dominadores de los trebejos de la época, como los campeones mundiales Mijail Tal, Tigran Petrosian y Bobby Fischer, y los candidatos al título del orbe Paul Keres y Bent Larsen.

Con una participación récord de 53 naciones, la 18va. Olimpiada Mundial Lugano 1968 fue uno de los mayores eventos deportivos acogidos en territorio suizo en la segunda mitad del siglo XX. Aunque la competencia fue dominada sin el menor sobresalto por la URSS —que registró +11=2 en la Final A—, no dejó de sorprender a la comunidad ajedrecística que potencias emergentes de los trebejos, como Bulgaria y Yugoslavia, completaran el podio.

Casi tres lustros después, en la 25ta. Olimpiada Mundial Lucerne 1982, los aficionados al juego ciencia vieron entronizarse una vez más al equipo soviético, en esta ocasión encabezado por Anatoly Karpov y Garry Kasparov, quienes protagonizaron en esa década una de las rivalidades deportivas más enconadas de la historia. En esta lid participaron casi un centenar de naciones, incluyendo federaciones recién incorporadas a la familia ajedrecística, que tuvieron una importancia decisiva en la elección del filipino Florencio Campomanes como presidente de la FIDE. 

Así como determinadas urbes europeas están asociadas a la excelencia deportiva en disciplinas como el tenis (Wimbledon), el atletismo (Bruselas) o el automovilismo (Mónaco); existe una pléyade de ciudades suizas que no puede menospreciarse su importancia dentro de la cartografía ajedrecística. A las mencionadas Lucerna —que acogió entre 1985 y 1997 las cuatro primeras ediciones del Campeonato Mundial de Ajedrez por Equipos— y Zúrich —donde se organiza desde 1977 el Zürcher Weinhachtsopen, torneo navideño que convoca cada año a decenas de maestros titulados—, debemos ponderar la importancia competitiva del Festival de Bienne que se celebra en el cantón de Berna.

Más allá del éxito generado por los Interzonales de 1976, 1985 y 1993, la urbe de Bienne ha ganado un nombre propio entre las plazas fuertes del ajedrez europeo gracias al Festival ajedrecístico que ha consagrado a los mayores exponentes de las 64 casillas. Entre los grandes hitos de la competición deben mencionarse el triunfo de Viktor Korchnoi en la 10ma. edición (1977) en la que apenas cedió dos empates en 14 partidas; la seguidilla de triunfos de Karpov en 1990, 1992 y 1996, en un período en que el maestro ruso pugnaba por evidenciar su nivel competitivo luego del cisma provocado por Kasparov; la victoria de Carlsen en 2007 con apenas 16 años, que a la postre lo catapultó a ocupar en pocos meses el primer lugar en el ranking mundial de la FIDE; y la formidable sorpresa protagonizada por la china Hou Yifan en la 50ma. edición en 2016, por encima de sus pares masculinos de consolidado palmarés.

En un contexto marcado por las exigencias que representan la defensa de la dinámica presencial de las competencias ajedrecísticas y la captación de patrocinios para los torneos tradicionales, la Federación Suiza continúa siendo un referente para la comunidad de trebejistas por sus buenas prácticas en materia organizativa y educativa. Así como resultó decisiva su contribución en 1924 al surgimiento de la FIDE dentro del concierto de federaciones deportivas de alcance planetario, los diligentes e industriosos ciudadanos suizos destinarán sus mejores esfuerzos en consolidar el prestigio de la práctica ajedrecística en el territorio helvético. 

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