Serhou Guirassy fue el gran verdugo del Villareal en su debut en la nueva temporada de la UEFA Champions League. Foto: Tomada de As.com Autor: Juventud Rebelde Publicado: 11/09/2026 | 11:26 am
Algo olía a putrefacto en el feudo amarillo. El Villarreal, ese submarino amarillo de acero templado que surca los mares de Europa, había llegado a aguas germanas con un plan tan audaz como silencioso: robarle el balón al Dortmund, secuestrar su alma y devolverle el grito a su propia afición. Durante más de una hora, el plan funcionó. Los de Iñigo bailaron al ritmo de un trivote que cortocircuitó la fluidez del Borussia, y las ocasiones se sucedieron como olas implacables. Pero en el fútbol, como en los océanos, la calma nunca es eterna, y el Kraken llamado Guirassy emergió al final para engullir el sueño amarillo.
La primera parte fue un ejercicio de dominio y de castigo no consumado. El Villarreal, con la osadía de un pirata en alta mar, le birló la pelota al equipo de Kovac ante la mirada incrédula de 80.000 gargantas. Pau Navarro, Mikautadze y Gueye, como tres mosqueteros sin miedo, pusieron a prueba a Kobel con disparos que olían a gol. El plan de Iñigo, con Tani escorado a la izquierda y Mikautadze como punta de lanza, funcionaba como un reloj suizo. Solo la falta de precisión o la providencia del meta local evitaron que el marcador reflejara la superioridad visitante. Fue entonces cuando el entrenador local, como un viejo zorro, ordenó una presión alta que comenzó a incomodar al Submarino, pero el Villarreal se mantuvo firme en los duelos, como un boxeador que aguanta los golpes para esperar su momento.
El vendaval llegó en la reanudación. Un gol en propia puerta de Veiga, nacido de un centro envenenado, pudo hundir al Villarreal, pero la respuesta fue inmediata y furibunda. Mouriño, con un testarazo implacable tras un córner, devolvió la igualdad y desató la locura. El Dortmund, groggy y desconcertado, se aferraba a la vida mientras el Submarino, con el viento a favor, acariciaba la gesta. Una contra magistral entre Mikautadze y Buchanan pudo ser el gol de la noche, pero Kobel, como un gato de siete vidas, se estiró para desviar el misil. Fue el último suspiro de la esperanza amarilla.
Los cambios de Kovac nivelaron la balanza. Fabio Silva, ese viejo fantasma del pasado, encontró un resquicio entre los centrales y sirvió a Guirassy el primer mazazo. El delantero franco-guineano, que ya había sido verdugo en otras batallas, no perdonó. Luego, un penalti dudoso y un agarrón mutual entre goleadores acabó con el segundo tanto del killer. El Submarino, con el casco agrietado pero el motor aún caliente, siguió remando en la tormenta. Y en el descuento, la épica se vistió de tragedia: Guirassy, en un intento de despeje, se marcó un autogol con la cara que reducía distancias y encendía la última llama.
La noche en Dortmund fue un espejo de contradicciones. El Villarreal compitió, dominó y mereció mucho más que una derrota. Pero la Champions es un teatro de crueldad donde los detalles, como puñales, deciden el final. Se fue el Submarino con las manos vacías, pero con el pecho henchido de orgullo, sabiendo que en el naufragio había mostrado un carácter que, en la próxima marea, puede ser la llave para tocar tierra firme. Guirassy, su particular leviatán, fue el verdugo, pero el Villarreal demostró que, con esa valentía, no tardará en dar la sorpresa. El Westfalenstadion, al final, volvió a rugir, pero en su estómago quedó el eco de un submarino que casi, casi, hace encallar al gigante.
