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Que el hogar sea escuela

Unos 477 centros educacionales pinareños tuvieron algún tipo de afectación tras el paso de Ian. Desde entonces no pocos se ciñeron a las más disímiles alternativas para reiniciar el curso escolar

Autor:

Dorelys Canivell Canal

PINAR DEL RÍO.— El grupo de Zoila se parece a ella, quizá por eso de tenerla al frente desde segundo grado. Son 14 niños de cuarto que le piden a gritos que no se jubile, que los lleve hasta sexto y ríen y estudian y se abrazan como si el aula fuera el hogar.

Esta maestra que ya cumplió 60 años, alta, esbelta, que camina de un lado al otro por entre las mesas y está pendiente de lo que hacen o dejan de hacer sus muchachos, sabe de cada alumno lo que les pasa, tan solo de mirarlos.

«Son 43 años en Educación. En esta escuela llevo 33 y di clases a la mayoría de sus padres o hermanos. Ya cumplí 60 y tengo que ayudar con la nieta», dice Zoila Piñera Bustamante, mientras al fondo está la algarabía exigiendo que se quede.

La escuela primaria Regla Zocarrás Zocarrás, ubicada en el kilómetro ocho de la carretera que lleva hasta La Coloma en Pinar del Río, perdió todo su techo con el azote de Ian.

La escuela Regla Zocarrás Zocarrás ha sido reparada por la brigada Martha Machado y los jóvenes de las FAR. Foto:Dorelys Canivell Canal

«La cubierta era prácticamente nueva —asegura Mayté Méndez Cabrera, directora de la institución desde hace diez años—, pero se fue completa. Por suerte, la brigada de Kcho junto a los muchachos de las FAR nos la han dejado impecable. Ya se puso el techo y estamos terminando de pintar. La semana que viene queremos recibir a los niños aquí».

Ante esta situación, la escuela, como otras tantas en el territorio vueltabajero, tuvo que adoptar alternativas que le permitiera retomar el curso escolar sin que se afectase el proceso docente educativo.

En el ranchón de Brenda

La casa de Brenda Iglesias García tiene un ranchoncito al lado. Con guano encima y unos cuantos horcones, el lugar tiene una brisa espectacular. Por eso los alumnos de Zoila dicen que pasan menos calor que en el aula y que si los dejan allí no se pondrían bravos.

Este es uno de los cuatro grupos que la escuela reubicó en casas de familiares y trabajadores del centro. Prescolar, cuarto, quinto y sexto grados reciben clases bajo estas alternativas, en tanto, primero, segundo y tercero lo hacen en la propia escuela en una aulita que se acondicionó.

«Los niños dicen que no se quieren ir, pero es que se sienten bien. Teníamos aquí hasta la pizarra, que la abuela de Brenda ayudó a ponerle un marco, ya hoy la llevamos para la escuela porque allá están dando los toques finales, explica Zoila.

«Te digo algo: los niños tienen habilidades. Yo escribo aquí las palabras con mayores dificultades y las operaciones de cálculo en Matemática», dice a la vez que señala un pedazo de fibra lisa que improvisaron como pizarra. Lo demás es en la libreta y por el libro. Eso se puede hacer cuando se crea una base, cuando uno tiene una buena conducción del grupo».

¿Pero es difícil, Zoila, impartir las clases en condiciones tan excepcionales?, le digo en espera de que confirme mi pregunta.

«Yo di clases dos años en Angola en plena guerra cuando tenía 22 y 24 añitos, recién graduada. Tuve que pasar una preparación militar de 45 días. Vine de vacaciones y regresé, y después me fui de ayuda solidaria a la Isla de la Juventud porque allá había déficit de maestros. Aquí yo estoy como en casa», responde esta mujer con una certeza increíble.

Habla con el equipo de prensa y a la vez va orientando algunas actividades: «Yo me puse mal cuando supe que la escuela había perdido el techo, pero el de mi casa también se lo llevó. A mí se me ha transformado la vida en muy poco tiempo. Ese no es solo mi problema, que duele, porque cuánto sacrificio se hace para alcanzar lo que uno tiene, es también el de los demás. Aquí tengo niños que son damnificados.

«Cuando me dieron la noticia de la escuela pensé: los documentos esenciales, registro y planes de clase están conmigo, así que no hay problemas. «Entonces cuando me incorporo me dicen que la abuelita de una niña había ofrecido su casa. “Te están esperando allá”, me dijeron. Trajeron las sillas y las mesas y aquí no se ha dejado de hacer una actividad, no queda un contenido por dar. También las familias son muy preocupadas y yo me siento parte de ellas».

Una escuela para soñar

El compromiso con la escuela es esencial en estos tiempos. Que la abuela de Brenda haya prestado su local no quiere decir que tenga todos sus problemas resueltos; simplemente ayudó a que los de la escuela fueran menos.

Dania Rosa González asegura que habló con la directora para que en el ranchoncito de su casa pusieran un aula: «No sabía que iban a ubicar el grupo de mi nieta; mi hijo y yo lo ofrecimos para el grado que fuera. Entonces acomodamos las cosas y trajimos las mesas.

«Imagina que aquí teníamos bajo techo nuestras pertenencias, porque la cubierta de la casa se la llevó.  Se mojó todo, equipos, colchones... Aquí todavía no hay corriente, pero hemos probado con una planta dos veces y ninguna enciende. Tampoco han pasado haciendo planillas ni nada. Estamos esperando», asiente la abuela.

Atentos a cada conversación están los muchachos.

A Leosbiel, Leo, que parece un «comino» al fondo del aula, le gusta el recinto. «Aquí en vez de calor tengo un poco de frío», dice acomodado en una mesa de centro de la casa de Brenda que le han acondicionado; mientras que Briana, Daniela, Osvaldo, Lilié, Wilmer, Loraine, Manuel Alejandro y Samantha coinciden en que por lo que han podido ver la escuela está quedando más bonita que antes del ciclón porque le pintaron un rostro de Regla Zocarrás en la entrada.

Y el ciclón no pudo arrebatar sus sueños ni menguar su imaginación. Por eso escriben como a diez manos un libro con una historia de amor que no alcanzaría este diario para contar, ni me corresponde tampoco revelar su trama, aunque podría superar la de cualquier novela de turno.

Así pasan las mañanas estos muchachos. Entre risas y tareas se olvidan un poco del desastre vivido. Porque la escuela también es para eso, para que los niños se alejen de tantos problemas y dificultades que trajo el ciclón a sus vidas. La escuela es para aprender, para reír a pesar de todo, para ayudarse, para quererse, para soñar.

Las 562 escuelas del territorio prestan servicios, aunque todas no puedan hacerlo al ciento por ciento.

Más de 260 familias y organismos han prestado locales para que no se detenga el proceso docente educativo.

La asistencia de los estudiantes está por encima del 93 por ciento.

Unas 17 escuelas se mantienen como centros de evacuación y en 13 de ellos se imparte docencia.

Más de 7 000 trabajadores del sector educacional tuvieron afectaciones en sus viviendas.

Se garantiza la preparación de los estudiantes de 12 grado que se presentarán a exámenes de ingreso.

Se definió el sistema de evaluación para cada asignatura en los diferentes niveles de enseñanza.

Fuente: Evelio Herrera Padrón, director provincial de Educación (Conferencia de prensa).

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