Desde finales de 1953 y hasta 1955, había sido tiempo de angustias para aquellos jóvenes, pero también de fortalecimiento de convicciones, de estudio, de preparación para el futuro. Autor: Archivo de JR Publicado: 15/05/2026 | 01:43 am
Desde hacía días se corría la voz de que saldrían por la amnistía. Él y sus compañeros estaban a la expectativa. Días antes, el 28 de abril, había cumplido 23 años de edad. Su condena por participar en las acciones del 26 de julio de 1953 en el asalto al cuartel Moncada, había sido comunicada en la sentencia de la causa 37 de 1953: diez años de prisión.
Hasta 1963 no estaría libre, aunque ya le habían rebajado por buen comportamiento dos meses y en su expediente de recluso no. 3558 del Reclusorio nacional para hombres de Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, estaba fijada como fecha de salida: mayo de 1963.
Ya Fidel había dejado claro que no querían libertad con deshonra y ellos lo apoyaban. Mucho había luchado el pueblo, el comité creado para lograr la liberación. Las muchachas Melba y Haydée que habían salido de la prisión de Guanajay también luchaban por la libertad de sus compañeros, los prisioneros sobrevivientes de aquellas jornadas sangrientas que sucedieron a los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes…
El tirano Fulgencio Batista quiso entonces, presionado, simular «noble corazón» y aceptó poner en libertad a los presos políticos, entre ellos, a los moncadistas.
El joven artemiseño de cara angulosa, delgado, pelo castaño rizo, piel blanca, ojos pardos, nariz recta y mirada profunda, estaba entre ellos. Había participado en la toma de la posta 3 del Moncada aquella madrugada del 26 de julio, iba en el carro de la vanguardia, y en el combate fue herido en un pie; pero aun así logró salir hacia Siboney para cumplir la orden de Fidel de reunirse allí y partir a las montañas.
Luego fue capturado y juzgado junto a otros compañeros, no tuvo el trágico destino de muchos de los asaltantes que habían sido salvajemente torturados en el cuartel. Tras el juicio, fueron conducidos al mal llamado Presidio Modelo, cuyas interioridades y manejos ya Pablo de la Torriente Brau había publicado en desgarrador libro.
Desde finales de 1953 y hasta ese instante de 1955, había sido tiempo de angustias para aquellos jóvenes, pero también de fortalecimiento de convicciones, de estudio, de preparación para el futuro, porque nunca perdieron el espíritu de combate. Así llegó el 15 de mayo de 1955. Recogió sus cosas y salió.
A la salida del penal, alguien andaba con una libreta pidiendo autógrafos a aquellos muchachos, quienes ya eran admirados por muchos al conocer los verdaderos propósitos de sus acciones de julio de 1953. La salida era una victoria y una posibilidad de continuar la lucha. Aquella libreta de autógrafos se llevó inscriptos el alma de algunos de aquellos héroes.
Él —en medio de la emoción por la salida y el recuerdo de sus compañeros que no habían podido llegar hasta ese momento de lucha—, en pocas palabras logró rápidamente escribir lo que había sido para ellos aquellos meses en prisión y lo que sería su vida en lo adelante:
El deber exige desvelos.
Ramiro Valdés.
