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La reacción en cadena que empezó en Birán

Cien años después de aquella madrugada en que un niño de 12 libras llegó al mundo con la fuerza de un relámpago, los jóvenes sembraron árboles que echarán raíces más hondas que el olvido, escucharon la voz temblorosa de quienes guardan aún el calor de su mano, bailaron hasta que la noche se hizo lumbre y, al amanecer, comprendieron que Fidel sigue vivo en quienes creen que la historia no termina nunca cuando hay quien la sueña despierto

Autor:

Reynaldo Zaldívar Osorio

Llegamos a Birán al caer la tarde. Cientos de jóvenes nos encontramos para celebrar los cien años de aquel niño que nació aquí, en una madrugada de agosto, cuando todavía la luz de los candiles luchaba contra la oscuridad.

—Bienvenidos a la casa del Comandante —dijo el historiador Antonio López Herrera, Papi López para todos, mientras señalaba el lugar. Debajo de aquellos árboles, contó, había corrido el niño Fidel. Allí se había mezclado con los hijos de los trabajadores haitianos y con los niños más pobres del valle. Allí comenzaba a formarse el muchacho que habría de convertirse en una de las figuras más decisivas de la historia nacional.

Aquella tarde los jóvenes sembramos cien árboles, testigos silenciosos de una historia que germina en terrenos más extensos que el que pueden abarcar sus raíces. Árboles para la continuidad generacional, para recordar que toda herencia verdadera necesita de alguien que la reciba y la haga crecer.

El diálogo

En el seminternado 6 de Agosto, mientras la tarde terminaba de caer sobre el poblado, se realizó un prolongado y animoso Diálogo de Generaciones. No se trataba solamente de hablar de Fidel. Se trataba de escuchar a quienes lo conocieron, a quienes caminaron junto a él; hombres que podían devolver a los jóvenes, por unas horas, al Fidel que no aparece en las fotografías oficiales.

Foto: Guilian Cruz López

Antonio López habló primero. Recordó a Fidelito, el niño de Don Ángel y doña Lina, jugando con los hijos de los trabajadores haitianos y con los niños más pobres del valle. En aquella casa, explicó, había una enseñanza sencilla: todos los seres humanos eran iguales ante Dios.

Contó que Fidel regalaba sus ropas a quienes no tenían qué ponerse. Que lo buscaban para salir de cacería, para boxear o para nadar en el río. Recordó también el trampolín que había construido y que durante muchos años permaneció como una de las atracciones del verano en Birán.

El pueblo era entonces un mundo de casas dispersas, de trabajadores y familias, de caminos sin asfalto. Allí, en medio de aquella vida rural, fueron creciendo sus intereses humanistas, sus lecturas, su manera de relacionarse con los demás. La educación recibida de sus padres y las experiencias que fue acumulando terminarían formando al hombre que muchos años después cambiaría el destino de Cuba.

Aroldo García, periodista de Radio Rebelde, recordó ante los jóvenes algunos de sus encuentros con el Comandante en Jefe. Y hubo un momento en que el salón pareció acercarse a una madrugada de muchos años atrás. Contó cómo Fidel lo llamó personalmente después de notar su ausencia en una cobertura durante uno de sus recorridos por Holguín. Era una madrugada pesada. Fidel quería hacerle saber que había notado su ausencia y, al mismo tiempo, mostrarle que estaba al tanto de la enfermedad de su niña, diagnosticada con cáncer pocos días después de nacer.

El Comandante en Jefe dispuso la cuidado y los medicamentos que, según contó el experimentado periodista, salvaron a su hija. Se emocionó contando cómo esa atención era especialmente importante para él, hijo de obreros azucareros de Banes, que la Revolución hecha por Fidel le había permitido ser periodista y acompañar al Comandante en recorridos por Cuba y otros países.

Joel Queipo Ruiz, primer secretario del Partido Comunista de Cuba en la provincia, habló de sus años de estudiante y de los momentos que pudo compartir con el eterno caguairán. Recordó una ocasión en que, después de que el Comandante ofreciera una intervención sobre temas medulares de la Revolución, permaneció más de una hora conversando con los jóvenes. Durante todo ese tiempo, Fidel mantuvo apoyada su mano sobre el hombro de Joel, mientras le preguntaba qué pensaban de aquellas palabras.

Quizá en ese gesto estaba una de las formas más sencillas de entender su relación con las nuevas generaciones. A Fidel le interesaba sobremanera la opinión de los jóvenes. Los diálogos de generaciones, promovidos especialmente por el destacado revolucionario Armando Hart Dávalos y orientados por el pensamiento de José Martí y Fidel, nacieron precisamente con esa vocación: acercarse al alma de los Pinos Nuevos, conversar con ellos sobre la historia y discutir abiertamente las realidades del país, incluso aquellas que resultan más difíciles.

La fiesta

Todavía se hablaba de Fidel en el seminternado 6 de Agosto cuando comenzó a caer la oscuridad. Comimos mientras la música anunciaba que algunos se adelantaban hacia el campamento para hacer su propia fiesta. En definitiva, faltaban pocas horas para que el hijo más digno de nuestra tierra cumpliera cien años.

Mientras algunos contaban historias sentados sobre la hierba o tomaban caldosa alrededor de las tiendas de campaña, otros cantábamos y bailábamos. Birán parecía haber cambiado de ritmo. La solemnidad de las ceremonias quedaba atrás por unas horas y la celebración se hacía más autóctona.

A las diez de la noche comenzó el concierto de Teniente Rey (Reinier Velázquez Álvarez) llegado desde Granma para realizar el concierto número cien de aquel peregrinaje artístico que lo había llevado por cuantiosas localidades del oriente cubano. La plaza se fue llenando hasta dar la impresión de que aquella noche nadie había querido quedarse en casa.

Sus canciones recorren episodios de la historia nacional y, especialmente, de la Revolución Cubana. Él mismo ha confesado en varias ocasiones ser un creyente de la magia que subyace en los sitios históricos. Al ritmo del rap, la gente del pueblo tarareó sus temas como si las conociera desde siempre.

La historia, por unas horas, no estaba en los libros. Y mientras avanzaba la noche, también se acercaba la madrugada. La misma hora. El mismo lugar. Cien años después. A las 2:00 a. m., como si de algún modo la energía universal emitiera su primer discurso sobre aquel niño, nació en Birán Fidel Alejandro Castro Ruz, el 13 de agosto de 1926, «cuando permanecían en vela los rumores de la manigua y estaba por agotarse la luz de los candiles: un niño vigoroso de 12 libras de peso».

Era viernes, el día 225 del año según el calendario gregoriano. En algunas culturas, los nacidos en las horas impenetrables de la madrugada se asocian con la resistencia, la fuerza interior y los desafíos. Es el tiempo de prueba, ese en que el sueño profundo de la noche cae sobre la tierra con tal magnitud que puede dormir hasta a las criaturas más inquietas del bosque.

Iluminados por la luz de la fogata, se picó el cake. Se cantó felicidades a Fidel. Había llegado el 13 de agosto, que también era viernes. Festejamos la vida de un hombre que llegó al mundo en una de las épocas más difíciles de Cuba y que terminaría convirtiéndose, para millones de personas, en uno de los nombres imprescindibles de la historia del mundo. La madrugada de 1926 había recibido a un niño. La madrugada de 2026 encontraba despierta a múltiples de generaciones que aplaudían su ejemplo.

El amanecer

El sol salió esa mañana despacio. Casi podría anunciarse su timidez. Las montañas al fondo tenían ese color gris azulado de la lejanía y en los árboles más cercanos cantaban, como animadas por Dios, las aves silvestres. La casa natal volvió a llenarse de personas.

Residentes del lugar, los muchachos de la acampada y miembros de brigadas internacionales que habían viajado hasta el pueblito para participar en el homenaje por el centenario se mezclaron como un solo pueblo. Allí estuvieron integrantes de los grupos Tras las Huellas de Fidel, de Italia; Ruta Roja, de Portugal; Siboney y el Partido Comunista de Chile, y Juan Rius Rivera, de Puerto Rico.

Por unas horas, las fronteras parecían quedar lejos. La pequeña finca donde había nacido Fidel recibía a quienes venían a celebrar su centenario desde lugares distantes, como si la historia iniciada en aquella casa hubiera encontrado nuevamente el camino para regresar a ella.

El homenaje tomó entonces otras voces. En el Museo Conjunto Histórico de Birán comenzó el acto político-cultural, donde la música, la poesía y el talento de niños y jóvenes acompañaron las palabras de quienes habían llegado hasta allí para recordar al hombre nacido cien años antes bajo aquellos mismos árboles.

Como colofón del acto habló Fidel Antonio Castro Smirnov, físico nuclear y nieto del Comandante en Jefe. Mostró al familiar, al dirigente, pero también del hombre curioso, afectuoso y exigente. Y propuso una imagen nacida de su propia profesión para explicar lo que significaba llegar a cien años de una vida cuya influencia, según su visión, continúa extendiéndose: la reacción en cadena.

Dijo que quienes trabajan con la física nuclear conocen bien el fenómeno. Una reacción puede comenzar con algo minúsculo: un núcleo pesado de uranio enriquecido recibe el impacto de un neutrón en el instante preciso, libera una gran cantidad de energía y emite, a su vez, otros dos o tres neutrones.

Estos golpean nuevos núcleos, que liberan otros más… y así sucesivamente, hasta que aquello que comenzó como un acontecimiento casi invisible se convierte, en fracciones de segundo, en algo que nadie puede detener, contener o apagar.

Fidel Antonio llevó entonces la imagen hasta aquella madrugada de agosto de 1926. Su bisabuelo Ángel, mientras esperaba noticias en aquella finca, no pudo imaginar que estaba presenciando el primer instante de una reacción en cadena. El nacimiento de Fidel. El primer núcleo. El primer golpe. El inicio de algo que cien años después, afirmó, seguimos sin poder apagar. Y sin querer apagar.

Después volvió los ojos hacia la casa de familia. Recordó a su bisabuela Lina criando allí a sus siete hijos entre gallinas, mangos y aquella tierra roja que se pega a la ropa y que, quizá, también termina pegándose al carácter. En esa casa, dijo, su abuelo creció sin las distancias que solía imponer una familia con tierra. El propio Fidel contaba que se mezclaba libremente con los hijos de los trabajadores haitianos, que entraba y salía de sus barracones sin que nadie se lo prohibiera.

«Jamás en la casa nos hicieron un señalamiento de no te juntes con este o con el otro», recordaba Fidel Castro. Y su nieto evocó entonces otra frase del Comandante, aquella en la que Fidel explicaba cómo los hechos de su infancia habían quedado grabados en su memoria: «No nací político, aunque desde muy niño se ven hechos que grabados en mi mente me ayudaron».

Aquellos hechos, explicó Fidel Antonio, fueron las primeras partículas de aquella reacción. Ver a los cortadores de caña más pobres de la tierra. Ver la injusticia antes de tener siquiera una palabra para nombrarla.

Cruzado las fronteras de Birán

A los seis años, una maestra de la escuelita de Birán convenció a la familia de que Fidel debía a estudiar en Santiago de Cuba. Su nieto recordó haberle preguntado alguna vez qué significaba ser enviado tan pequeño, tan lejos de su tierra, en una época en que los viajes tenían otra dimensión. La respuesta llegó con una de esas medias sonrisas que, según contó, Fidel utilizaba cuando no quería mostrar del todo lo que sentía: «Uno nunca termina de irse de donde nació, aunque los pies caminen muy lejos».

De Birán a Santiago. De Santiago a La Habana. Y años después, de vuelta a Santiago para el asalto al Moncada. El 26 de julio de 1953, aquel joven nacido en Birán se jugó la vida en un cuartel y, en el juicio que siguió, pronunció una frase que Cuba aprendió a repetir de memoria: «La historia me absolverá».

La derrota no apagó la reacción. La aceleró. Del Moncada al exilio. Del exilio al Granma. Del Granma a la Sierra. Y de la Sierra al primero de enero de 1959, hasta llegar a lo que, en el lenguaje de la física, Fidel Antonio llamó la masa crítica de una revolución que a partir de entonces adquiría una dinámica propia.

Toda aquella historia que el mundo estudiaría después como una gesta política, expresó, había comenzado también como una lección de finca familiar: La tierra se trabaja. No se mendiga de rodillas. La tierra que nuestros padres ganaron de pie y luchando. La reacción, cien años después, había cruzado las fronteras de Birán.

Llegó hasta Angola, recordó, donde miles de cubanos, muchos de ellos apenas jóvenes, pelearon en Cuito Cuanavale por una libertad que no era la suya, pero que sintieron tan propia como esta tierra. Recordó una frase de su abuelo sobre África y otro proverbio africano: cuando las raíces son profundas, el árbol no tiene nada que temerle al viento. Después habló de los médicos. De la Escuela Latinoamericana de Medicina donde, según explicó, se han formado gratuitamente más de treinta y dos mil jóvenes de 124 países durante sus 26 años de existencia.

Enumeró otros lugares donde la memoria de Fidel seguía encontrando espacios: Hanoi, con una exposición dedicada a la amistad entre Fidel y Ho Chi Minh; Nicaragua, donde se inauguraba una escultura de grandes dimensiones; universidades de Panamá dedicadas a estudiar su pensamiento; Italia, donde permanecía abierta una exposición sobre su vida; Londres y el Parlamento Europeo. La reacción continuaba viajando. Pero entre todos aquellos lugares, dijo Fidel Antonio, había uno diferente. Birán.

Este pedazo de tierra. El lugar donde todo había comenzado. Por eso, para él, el centenario no podía ser un ejercicio de nostalgia. Había que mirarlo como un arsenal de ideas para afrontar la crisis presente. Y a la generación que vive este centenario, dijo, le corresponde no dejarlo morir.

Estoy convencido de que lo más importante de aquella jornada no estaba en el acto. Estaba afuera. En los árboles recién sembrados, quiero decir: en los muchachos que habían llegado desde distintas partes de Holguín, del mundo, atraídos por esa reacción en cadena que es Fidel Castro, su núcleo golpeando una y otra vez la historia cien años después de su nacimiento.

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