Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Fidel, hacedor de sueños y proezas

En esta edición, Juventud Rebelde comparte con sus lectores el prólogo escrito por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, líder al frente de la Revolución Cubana, para Fidel Castro Ruz. Obras Escogidas, colección presentada en el contexto del 1er. Coloquio Internacional dedicado al Comandante en Jefe

Autor:

Juventud Rebelde

Escribir estas líneas trajo a mi memoria, como si no hubieran transcurrido los años, cada momento vivido junto a quien comenzó siendo el hermano que siempre vi como paradigma, y a fuerza de ejemplo, de marchar al frente en cada combate, mereció ser reconocido por nuestro pueblo como su líder indiscutible.

Asumo la elaboración de este prólogo como el más alto honor, a la vez que siento la necesidad de subrayar apreciaciones y conclusiones vinculadas con el pensamiento, la vida y la obra de Fidel, como lo llaman sus compatriotas y muchos otros en el mundo, a quienes basta el nombre para identificarlo.

Él fue mi más cercano maestro. Nunca olvidaré cuando me dio a leer el primer libro de contenido político: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Federico Engels. En lo adelante, me recomendó otros que me esclarecieron lo que hasta entonces no alcanzaba a comprender.

Siendo niños, compartimos un tiempo en la escuela La Salle, en Santiago de Cuba. Años después, cuando se graduó de abogado, propuso a nuestros padres que me fuera con él a La Habana para continuar mis estudios e ingresar a la Universidad.

En los primeros años de la década del 50, Fidel intentó postularse como candidato a representante por el barrio habanero de Cayo Hueso, con la idea de transformar por vías constitucionales la triste realidad nacional. Poco después, el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 lo convenció de que solo quedaba una vía para alcanzar tal propósito: la lucha armada.

En respuesta a aquel vergonzoso hecho, presentó ante el Tribunal de Urgencia de La Habana un recurso de inconstitucionalidad y denunció en la prensa, en particular en su artículo «Revolución no, zarpazo», la esencia criminal del golpe que agudizaría de forma violenta la situación de la nación cubana.

Meses después, el 28 de enero de 1953, año del centenario de José Martí, una imponente manifestación de obreros, empleados, estudiantes y pueblo en general partió de la escalinata universitaria hasta la Fragua Martiana. Así nació la Marcha de las Antorchas y allí estuvo Fidel a la vanguardia de más de un millar de jóvenes disciplinados y enardecidos.

Había transcurrido casi un año desde que iniciara su tarea de ir aunando, en un movimiento, lo mejor de la juventud ortodoxa, con el objetivo de organizar una acción militar. Por aquellos tiempos sostenía: «hace falta echar a andar un motor pequeño que ayude a arrancar el motor grande». El pequeño sería el asalto al cuartel Moncada y el grande, el pueblo combatiendo con las armas allí capturadas.

Como expresé en una ocasión, si Carlos Marx había afirmado que los protagonistas de la Comuna de París estaban «prestos a asaltar el cielo», del ataque al Moncada por varias docenas de jóvenes armados con escopetas de matar pájaros, podría decir se que «trataron de tomar el cielo por sorpresa».

La dictadura batistiana desa tó su ira contra los participantes en las acciones del 26 de Julio. Los sobrevivientes fuimos condenados en un juicio sin garantías constitucionales. Mientras, Fidel fue juzgado en solitario, en una pequeña sala del Hospital Saturnino Lora de Santiago de Cuba, allí asumió su defensa y se convirtió en acusador implacable del régimen.

Su alegato, La historia me absolverá, devino programa político de la Revolución. ¡Qué lejos de imaginarse estaban aquellos jueces y soldados que las palabras de un prisionero juzgado en secreto, como para que nadie se enterara de lo que allí decía, se convertirían en leyes de la nación para bien del pueblo!

Veintidós meses después se anunció una amnistía debido a la presión popular y el dictador insinuó incluirnos si renunciábamos a la lucha armada. Fidel sentenció desde la prisión: «no queremos amnistía al precio de la deshonra».

Cuando en mayo de 1955 se produjo el indulto sin condiciones, Fidel concentró sus esfuerzos en demostrar a las masas que la guerra revolucionaria era inevitable y sentó las bases de la organización del movimiento clandestino.

México fue entonces la tierra que nos acogió. Residimos en casas campamento, bajo un reglamento riguroso, donde además de entrenamiento militar, estudiamos la realidad cubana y obras de la cultura universal.

Con la promesa de Fidel en 1956 de «ser libres o mártires», el 2 de diciembre arribamos a las costas cubanas en el Granma. Pocos días después, tras afrontar el hostigamiento, la persecución y el revés de Alegría de Pío, nos encontramos nuevamente con el Jefe de la Revolución en un lugar de las estribaciones de la Sierra Maestra conocido por Cinco Palmas. Éramos ocho combatientes con solo siete fusiles, pero Fidel, con la infinita confianza en la victoria que jamás abandonó, expresó: «¡ahora sí ganamos la guerra!». Su genialidad de líder revolucionario fue decisiva para que aquel destacamento exhausto, que luego pasaría por situaciones muy difíciles, se convirtiera en el victorioso Ejército Rebelde.

Admiré su intrepidez y capacidad de prever los planes del enemigo, su audaz idea de crear nuevos frentes guerrilleros e invadir el centro y el occidente de la Isla, que me anticipó en diciembre de 1957 en un lugar conocido como Balcón de La Habanita, al regreso de la tropa que bajo mi mando libró acciones combativas entre Pilón y Manzanillo. Parecía tener el don de la profecía, su inteligencia y capacidad de análisis le permitían anticiparse a los acontecimientos.

De la misma forma, su sensibilidad y humanismo fueron ejemplos para mí y el resto de los combatientes. Nada le afectaba más que una vida tronchada por la vesania de los asesinos del pueblo. Cada caído fue un duro golpe para él; al conocer el vil asesinato de Frank País García exclamó: «¡qué monstruos!, no saben la inteligencia, el carácter, la integridad, que han asesinado».

En Fidel convergieron los rasgos y virtudes del jefe militar y el dirigente político, que dejó profunda huella en todos nosotros: absoluta identificación con los intereses del pueblo; profundos conocimientos militares; elevada cultura, dada no solo por una vasta preparación profesional, sino por su dimensión política, militar e ideológica; modestia y sencillez en el trato, capacidad para formular con precisión sus ideas y habilidad para trasmitirlas con tal pasión que las hacían suyas cuantos lo escuchaban.

No es posible explicar la campaña victoriosa del Ejército Rebelde sin subrayar el papel de su Comandante en Jefe. La proeza militar contra la Ofensiva de Verano de la tiranía no tiene precedentes en la historia militar cubana y quizás universal.

Un pequeño Ejército no profesional, con escaso e inferior armamento, poco equipado y apenas sin posibilidades de supervivencia, venció a fuerzas entre 30 y 50 veces superiores en número, armas y demás medios. El factor esencial de aquella victoria determinante para el triunfo fue la sabia conducción de Fidel y su convicción de que las ideas de los hombres son la fuerza moral determinante.

No fue aquella mañana de julio de 1953, sino cinco años, cinco meses y cinco días después, el 1ro. de enero de 1959, cuando iniciamos la conquista del cielo, que para un revolucionario significa el progreso, el bienestar y la felicidad del pueblo. Desde su alegato en el juicio del Moncada, Fidel dejó claro que la Revolución nacía comprometida únicamente con el pueblo.

Como se advierte en el segundo volumen de esta colección, el poder revolucionario reivindicó resuelta y definitivamente la soberanía nacional, negada desde 1898 por la intervención estadounidense. Emprendió de inmediato medidas radicales de beneficio popular con la rebaja de los alquileres y las tarifas telefónica y eléctrica, el plan de viviendas y ahorro, y, sobre todo, con la Ley de Reforma Agraria, que eliminó el latifundio y entregó la tierra a quienes la trabajaban. Esas medidas, junto a la nacionalización de las empresas extranjeras, permitieron avanzar en la proyección socialista de la Revolución en un decisivo proceso histórico con Fidel al frente.

Desde muy joven, Raúl decidió acompañar al Comandante en Jefe en la construcción de esta hermosa obra que es la Revolución Cubana. Foto: Estudios Revolución

Inmersos en dar cumplimiento al programa del Moncada, los objetivos del proceso revolucionario fueron delineados en la Primera Declaración de La Habana. Quedó desterrada de nuestra tierra la explotación del hombre por el hombre, se fundó la sociedad basada en el trabajo y el aporte colectivo y se trazó el camino de lucha antimperialista. La Revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes había comenzado a fructificar. Cuando en abril de 1961 el Comandante en Jefe proclamó su carácter socialista no hizo otra cosa que ponerle nombre a una realidad ya existente.

En los días sucesivos, bajo su conducción personal en Playa Girón el pueblo, los combatientes del Ejército Rebelde, la Policía Nacional Revolucionaria y las nacientes Milicias, propinaron al imperialismo yanqui la primera gran derrota militar en América Latina; ese mismo año Cuba fue declarada Territorio Libre de Analfabetismo, proeza de nuestra juventud al llamado del Comandante en Jefe.

Al año siguiente enfrentamos la Crisis de Octubre, en la que Fidel demostró con creces sus cualidades de estadista en defensa de los principios de la Revolución.

Poco después, en 1965, en el camino de la consolidación de la unidad revolucionaria, se constituyó el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba. El líder de la Revolución, elegido por sus méritos Primer Secretario, afirmó que teníamos ya un Partido con una única ideología verdadera y científica, heredero del Partido de la independencia de José Martí. Esa noche nos leyó la inolvidable carta de despedida del Che, el heroico guerrillero que fuera para Fidel y todos nosotros, símbolo de los más altos valores humanos, ejemplo extraordinario y paradigma de revolucionario.

El Comandante en Jefe consagró su vida a la solidaridad y el internacionalismo, a la lucha anticolonialista, antiapartheid y antimperialista, por la emancipación y la dignidad de los pueblos. Siguiendo su ejemplo, permanecerá inquebrantable nuestra fidelidad al marxismo-leninismo y el internacionalismo proletario.

Posiblemente, no exista otro caso en la historia en que la dirección de una revolución haya contado con el apoyo abrumador, la confianza y el entusiasmo consciente de las masas, como la ofrecida por nuestro pueblo a su Revolución, sus dirigentes y especialmente a Fidel, su querido e indiscutible líder.

En 1989, previsoramente nos advirtió sobre la posibilidad de la desaparición de la URSS y el Campo Socialista, y aseguró ante el mundo que si se dieran esas circunstancias, Cuba y la Revolución Cubana continuarían defendiendo las banderas del socialismo. Cuando muchos en el mundo apostaban por su fin tras producirse la debacle, fue determinante su liderazgo y relación entrañable con el pueblo para que el país en las difíciles circunstancias del Período Especial, preservara las conquistas fundamentales alcanzadas. Una década después, frente a la despiadada ofensiva enemiga, pasó a la contraofensiva estratégica.

En su persona coincidían dos grandes virtudes: su excelente pensamiento táctico y ser a la vez un estratega militar y político. Cumpliendo el precepto martiano de que trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras, perfeccionó nuestra concepción estratégica Guerra de Todo el Pueblo, esencial en la preparación del país para la defensa, y con ello profundizó y aportó al arte militar cubano como nunca antes. De igual forma, las batallas a que nos convocó por el regreso del niño Elián y de los Cinco Héroes, con la certeza de que volverían a la Patria y la seguridad de que podríamos lograrlo con la unidad, son ejemplo de su excelencia como estratega político.

Fidel nos enseñó que sí se podía avanzar en la Educación, la Salud, la Cultura y en los decisivos campos de la ingeniería genética y la biotecnología; que podíamos lograrlo pese al genocida bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los gobiernos estadounidenses por más de seis décadas.

Tanto en Cuba como en el cumplimiento de gloriosas misiones internacionalistas, nos impregnó su invariable confianza en el triunfo y su fe en la victoria; fue un experto en el empleo de las pequeñas fuerzas disponibles, supo poner a cada hombre en el lugar y el momento preciso, nos enseñó a combatir lo mucho con lo poco, lo fuerte con lo débil, la superioridad tecnológica con la inteligencia.

En las páginas de esta edición se advierte el desarrollo de las relaciones bilaterales con Estados Unidos y el resto de los países capitalistas, su capacidad para el diálogo y la cooperación sobre la base del respeto y los principios. Ser un antimperialista convencido no le impidió reconocer al pueblo estadounidense méritos y expresarle solidaridad en momentos difíciles.

En foros internacionales su voz se alzó en representación de los pueblos del Tercer Mundo, al defender la paz y su derecho al desarrollo, denunciar al imperialismo, la carrera armamentista y alertar sobre la imposibilidad económica, política y moral de pagar la deuda externa. Aunó esfuerzos para el fortalecimiento del Movimiento de Países No Alineados y lo convirtió en mediador eficaz de conflictos ante los peligros de la guerra. En iguales escenarios, advirtió sobre el costo que significaría postergar el cuidado del medio ambiente para la supervivencia de la especie humana.

Con su ejemplo de humanista revolucionario, sin apego a nada material, atendió problemas globales y cotidianos. No dudó en ofrecer su propia sangre, en brindar auxilio y asistencia médica a los damnificados ante la crecida de un río, el paso de un huracán, un terremoto u otras catástrofes. Nos educó en el verdadero sentido de la solidaridad: compartir lo poco que tenemos, no lo que nos sobra.

Promovió la unidad latinoamericana y caribeña y el principio de igualdad entre los hombres. En ese empeño, Chávez fue su hermano de lucha. Desde temprano vio en él a un líder y avizoró su futuro político, cuando todavía muchos ni lo conocían. Juntos, no dejaron de promover cómo convertir sus sueños en realidad.

Ni en los momentos más delicados de su estado de salud, dejó de aportarnos su sabiduría y experiencia ante cada problema y decisión cardinal. Hasta sus últimos días de vida lo vimos convertido en «soldado de las ideas», investigador y promotor de fuentes sostenibles para la alimentación animal y humana.

Fidel es Fidel. Fiel a la ética martiana de que «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz», insistió con fuerza en que su recuerdo de forma alguna pudiera interpretarse como culto a la personalidad. El mejor monumento a sus ideales y obra es continuar trabajando por hacer realidad su pensamiento, unidos en haz apretado bajo la dirección del Partido.

Manifestó su confianza en los jóvenes y la convicción de que perdurarían las ideas de los comunistas cubanos. Legó a las futuras generaciones una obra basada en el ejemplo personal y su férrea voluntad para alcanzar imposibles. Su legado nos hace fuertes, nos une y es bastión inexpugnable en la defensa frente a los intentos de destruir la Revolución.

En una ocasión expresé que la permanente enseñanza de Fidel es que sí se puede, que el hombre es capaz de sobreponerse a las más duras condiciones si no desfallece su voluntad de vencer, si hace una evaluación correcta de cada situación y no renuncia a sus justos y nobles principios.

Ante los diputados de la Asamblea Nacional, repetí e hice mía la certera afirmación del Che: «Y si nosotros estamos hoy aquí y la Revolución Cubana está aquí es, sencillamente, porque Fidel entró primero en el Moncada, porque bajó primero del Granma, porque estuvo primero en la Sierra, porque fue a Playa Girón en un tanque, porque cuando había una inundación fue allá y hubo hasta pelea porque no lo dejaban entrar. Por eso nuestro pueblo tiene esa confianza tan inmensa en su Comandante en Jefe, porque tiene, como nadie en Cuba, la cualidad de tener todas las autoridades morales posibles para pedir cualquier sacrificio en nombre de la Revolución».

Ser hermano de Fidel para mí es, además de un honor, un privilegio. Soy comunista porque él me enseñó. Desde muy joven decidí acompañarlo en la construcción de esta hermosa obra que es la Revolución Cubana.

Inmerso en estas reflexiones, se agolparon en mi mente hechos que revelan la multifacética personalidad de Fidel. Por su valor para las generaciones futuras, intento resumirlos en pocas líneas, aun consciente de que heriría su proverbial modestia de estar aún físicamente entre nosotros.

Fue el mejor discípulo de Martí: arropado en sus ideas y convicciones de lucha pudo completar la obra inconclusa del Maestro.

Fundó el primer Estado Socialista del hemisferio occidental y en su consecución creó un partido marxista-leninista, el Partido Comunista de Cuba, cuyos principios autóctonos han sido probados por más de seis décadas de construcción socialista. Sus aportes conceptuales sobre el Partido son garantía de su funcionamiento y de su papel dirigente de la sociedad cubana.

Ratifico lo que afirmé el 14 de junio de 2006: «El Comandante en Jefe de la Revolución Cubana es uno solo, y únicamente el Partido Comunista, como institución que agrupa a la vanguardia revolucionaria y garantía segura de la unidad de los cubanos en todos los tiempos, puede ser el digno heredero de la confianza depositada por el pueblo en su líder. Para eso trabajamos, y así será, lo demás es pura especulación, por no decir otra palabra».

Donde quiera que hubo que alzar la voz ante una injusticia que reparar, una causa justa que defender, allí estuvo Fidel. A fuerza de valor, sacrificio y ejemplo emergió y creció su autoridad. En 1959 expresé: «Fidel está donde quiera que se trabaje (…), dondequiera que un cubano se encuentra la borando honradamente, donde quiera que un cubano, sea el que fuere, se encuentre haciendo el bien. Dondequiera que un cubano, sea el que fuere, esté defendiendo la Revolución».

Consecuente con sus principios, Fidel no reparó en esfuerzos y sacrificios en aras de lo que se proponía, hasta los límites extremos. Con absoluta franqueza confesó: «milito en el bando de los impacientes. Milito en el bando de los apurados, de los que siempre presionan para que las cosas se hagan y los que muchas veces tratan de hacer más de lo que se puede».

Fue maestro de generaciones que lo admiraron y siguieron. Ser como él es la convocatoria a los revolucionarios cubanos, luchar por parecernos en sus cualidades y ejemplo, y convertirnos en dignos constructores de la sociedad que forjamos.

Los cuadros tienen en Fidel el ejemplo supremo del dirigente por sus virtudes, el estilo y los métodos de trabajo, que hizo del vínculo con las masas una de las fuentes principales para aprender, investigar, estudiar y dirigir. Ante una duda, un consejo necesario, acudamos a él con la certeza de encontrar sabia respuesta.

El concepto de Revolución que nos legó y que juramos enriquece la definición clásica y deviene aporte en tiempos complejos, en arma contra el dogmatismo y en brújula de cada batalla que libremos. ¡Nuestro mayor compromiso es hacer realidad sus postulados!

A lo largo de su vida, en Fidel se conjugaron las virtuosidades que concurren en un genio militar: el estudio de la historia y las experiencias de las guerras de independencia, pasando por la lucha y la guerra de liberación nacional, la doctrina de la defensa del país, hasta la dirección victoriosa de las tropas internacionalistas cubanas a 14 000 kilómetros de nuestra Isla. Sus aportes al arte militar en diferentes contextos de la lucha, bien merecen ser estudiados y aplicados cada vez que la situación lo exija.

Hacedor de sueños y proezas, luchó contra los más diversos «molinos de viento» con la fuerza renovadora y la hidalguía de un Quijote, el célebre personaje que tanto admiró. La historia lo reconoce y reconocerá por la trascendencia de su obra.

Un trabajo investigativo hizo posible estas Obras Escogidas de Fidel Castro Ruz, compiladas en 23 tomos, son una selección de 690 trabajos de diferente tipología: discursos, entrevistas, artículos, reflexiones, prólogos y otros materiales, algunos inéditos o poco conocidos, que incluye acertadamente en el último volumen la constancia de la entrañable amistad que lo unió a Hugo Chávez, a quien definió como «el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano».

La colección confirma lo que todos conocemos: Fidel reunía dotes de extraordinario comunicador, de orador profundo y vivaz que cautivaba multitudes. Es parte trascendente de la memoria histórica de la nación; no hay acontecimiento esencial que no esté comprendido en estas páginas, aunque sería pretensioso afirmar que está contenido lo más importante expresado por él. A la vez revela lo mucho que resta por investigar y escribir sobre la epopeya de la Revolución Cubana y su impacto en la historia y el futuro. Constituirá referente imprescindible para profundizar en el pensamiento, la vida, la obra y el ejemplo de nuestro eterno líder.

Para quienes trabajaron en estas magníficas y oportunas Obras Escogidas, con entrega martiana y fidelista, devino escuela y lecciones magistrales. Queda por delante el reto colosal al Centro Fidel Castro Ruz de editar las Obras Completas, una necesidad impostergable de la memoria histórica de la nación.

Las actuales y futuras generaciones tendrán en ellas una fuente inagotable para comprender los tiempos que vivimos y una formidable arma para continuar defendiendo la Patria con la fuerza de Baraguá y el espíritu de la frase inmortal de Maceo: «Quien intente apropiarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha».

Infinitas gracias, Fidel, por tus enseñanzas y ejemplo. Contigo ratificamos el compromiso que nos inculcaste: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos! ¡Hasta la Victoria, Siempre!

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